La madre y el monstruo

 

El 10 de marzo de 1928 una madre soltera que trabajaba en calidad de operaria de una telefónica ("Cool center"), cuyo nombre era Chistine Collins, regresó a su hogar sito en Los Ángeles tras una ardua jornada de labor. Vivía con su pequeño hijo Walter de nueve años, pero esa vez la finca se hallaba vacía. La alarmada mujer busca por el vecindario infructuosamente pues nadie sabe del paradero del niño. Finalmente, recurre a la fuerza pública y formula la correspondiente denuncia ante la inexplicable desaparición.

Buscaron al pequeño durante meses sin éxito, y el fracaso de las investigaciones pareció confirmar la opinión general que se tenía sobre la policía de Los Ángeles como inepta, además de corrupta. Pero un buen día al parecer Walter Collins es encontrado sano y salvo en Illinios y clama por retornar junto con la autora de sus días. El Departamento d Policía organiza una reunión de bienvenida convocando a los medios de comunicación, los cuales se congregan en la estación ferroviaria donde arribará el tren que traerá consigo al hasta entonces ausente.
Pero la alegría de la madre pronto se trocó en amarga decepción y desconcierto cuando la enfrentan con el infante que pretendía ser su vástago. Era muy claro para ella que se trataba de otro: "Ese chico no es mi hijo" le afirma prontamente el Capitán J.J. Jones. El jerarca policial insiste en que está equivocada: "El niño está cambiado pero sin dudas sí es su hijo" le replica. Jones la persuade de que debe llevar a casa al chico para "probar". La conmocionada señora finalmente accede. Los periodistas le toman fotografías abrazada con su presunto hijo sin que quede registro de su protesta, y la pobre madre se va con el niño sustituto a su hogar.
Lejos estaba de imaginarse por ese entonces que Arthur Hutchins Jr, un niño fugitivo de Illinois y oriundo de Iowa, se había hecho pasar por Walter Collins para poder viajar gratis a Califonia
La pesadilla de la mujer recién comenzaba. La policía no sólo desoye sus posteriores reclamos de que debían continuar la investigación porque el muchachito que le adosaron no era su hijo sino que terminan encerrándola ilegalmente en un hospital psiquiátrico. La oportuna intervención de un reverendo acompañado por un abogado y por otros honestos ciudadanos librará a la cautiva Collins de la insólita reclusión.
El revuelo y la indignación pública serán tan grandes que, al poco tiempo, se juzgará al corrupto Capitán J.J. Jones y a su jefe, y las autoridades gubernamentales se apresurarán a destituirlos para evitar más bochorno. Pero para que esta acción reparadora tenga que ocurrir primero deberá conocerse la espantosa noticia de que niños desaparecidos fueron asesinados en el rancho de un depravado granjero, y que entre los muertos probablemente se halla el verdadero hijo de la infortunada Chistine. 
Los espantosos crímenes acaecidos en el poblado rural de Wineville se conocieron asimismo bajo el mote de "Los asesinatos del gallinero de Wineville", y a Gordon Stewart Northcott la historia criminal lo registró como "El infanticida del gallinero". Se trató de una retahíla de secuestros seguida de atroces infanticidios verificados en al ciudad de Los Ángeles durante el año 1928. El modus operandi utilizado por el pervertido joven de treinta años consistía en recorrer con una vieja furgoneta las rutas próximas a Wineville, y aún las calles de ciudades más distantes. Cuando avistaba a algún niño que intuía apto a sus fines -y lo suficientemente ingenuo como para subirse a un vehículo con un desconocido- descendía del rodado y le soltaba al infante la primera historieta que le venía a la cabeza. Por ejemplo, le aseguraba que sus padres estaban internados tras sufrir un accidente y que a él lo habían enviado para llevar al chico al hospital. Como otro menor acompañaba al criminal -un adolescente de dieciséis años sobrino de Northcott, a quien éste mantenía amenazado- la presencia de aquél tranquilizaba a los jovencitos, los cuales acababan por aceptar subirse a la fatídica camioneta conducida por el monstruo.

No quedaron dudas de que Northcott fue un despiadado victimario y que mantenía cautivas a sus infantiles presas humanas. Menos claro están los motivos de los secuestros. Se rumoreó en la prensa que el matador trabajaba para adinerados clientes pedófilos y que entregaba a los muchachitos a cambio de dinero. Aquellos niños que eran rechazados por los degenerados clientes quedaban confinados en el rancho durante un tiempo hasta que su captor optaba por desembarazarse de ellos.
Adoptada la inhumana decisión los sacaba a la fuerza del cubículo, los golpeaba hasta desmayarlos sobre tocones de madera y, hacha en mano, trozaba los pequeños cuerpos. Aplicaba cal viva sobre los restos para acelerar su descomposición y los enterraba alrededor del gallinero.
Los infantes desaparecidos de sus hogares cuyos despojos serían ulteriormente identificados por los médicos forenses resultaron el hijo de Chistine Collins, extraviado el 10 de marzo de 1928 y los hermanos Lewis y Nelson Winslow, perdidos en la localidad de Pomona desde el 16 de mayo del mismo año. Sin embargo, se supuso que la lista fatal ascendió a veinte víctimas.
Tras veintisiete días de proceso penal el jurado encontró culpable a Gordon Stewart Northcott por cuatro cargos de asesinato que incluyeron el de Walter Collins, los de los hermanos Winslow, y el de un cuarto niño mexicano no identificado.
El veredicto se emitió el 13 de febrero de 1929 por el juez Freeman y la muerte del penado en la horca se produjo el 2 de octubre de 1930. Como último deseo el condenado rogó desde el patíbulo a los concurrentes que rezaran por la salvación de su alma. Únicamente el Capellán de la cárcel accedió a su petición.
La progenitora del homicida, Louisa, admitió su responsabilidad, y consiguiente complicidad en los terribles crímenes, y se la sentenció a purgar cadena perpetua en la prisión de San Quintín. No quedó esclarecido si la presunta madre de Gordon en verdad era su abuela, de acuerdo adujeron algunos medios de prensa.
Dentro del establecimiento rural fueron encontradas hachas con manchas de sangre, así como restos óseos, cabellos y dedos de tres de los occisos sepultados con cal próximos al gallinero del rancho de Northcott en Wineville pueblo que, luego de estos infaustos acontecimientos, cambió su nombre por Mira Loma a partir del 1º de noviembre de 1930 dada la negativa publicidad que el sórdido caso atrajo.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión