Jill la Destripadora

 La vieron atravesando las brumosas calles londinenses. Mostraba una sádica sonrisa en su rostro de ojos enajenados, y empuñaba afilados y sangrantes cuchillos en sus manos. Dieron aviso a la policía mientras aún deambulaba como una poseída, sumida en sus oscuras fantasías; y aunque portaba las armas mortales no se resistió, y se dejó reducir cuando los agentes le dieron la voz de alto.

Las fotografías que de ella se conservan la retratan como una chica delgada, de rostro poco agraciado y hombruno, en el cual resalta una amplia y prominente dentadura. Esta peligrosa fémina consumó los homicidios que la volvieron tristemente célebre el 24 de octubre de 1890, cuando llevó a término el despiadado acuchillamiento de la esposa y la pequeña hija del hombre que era su amante.
Algunos especularon que la joven victimaria había sido, asimismo, el psicópata que el mundo conoció bajo el mote de "Jack el Destripador". Fuera quien haya sido aquel asesino debió tratarse de una persona con gran vigor y fuerza muscular. Y, precisamente, la fortaleza física desplegada en aquellos cinco ataques letales, en la Inglaterra de 1888, conformó uno de los motivos para creer que Mary Eleanor, y no un hombre, fue quien perpetró esos crímenes.
La homicida se llevó a la tumba varios secretos. Entre éstos, el motivo que la impulsó a realizar un críptico mensaje que, en periódicos de Madrid, España, su abogado hizo publicar en cumplimiento de la última voluntad manifestada por su defendida.
El texto de dicho comunicado mentaba: "Para M.E.C.P último pensamiento de M.E.W. No te he traicionado". Esta extraña acción de la condenada a muerte se interpretó como un aviso dejado a un cómplice haciéndole saber que, pese a las presiones recibidas, mantuvo la boca cerrada y no delató ante la policía la participación de aquél en los asesinatos que la enviaron a la horca.
Nunca se acusó formalmente durante su proceso penal a Mary Eleanor Pearcey, la matadora de la época victoriana, de haber resultado la pretensa "Jill la Destripadora". Su postulación para tan tétrico cargo se debió a especulaciones muy ulteriores a su trágico deceso. El 23 de diciembre de 1890, contando con veinticuatro años, la condenada subió al cadalso de la prisión inglesa de Newgate para expiar la culpa impuesta por sus violentos crímenes.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo. 

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