Encargo fallido


El corpulento Richard había recibido el encargo y, fiel a su costumbre, se limitó a aceptarlo. El únicamente formulaba a sus clientes las preguntas básicas a fin de ejecutar sin errores su trabajo. Por eso venía desde cuatro días atrás espiando a aquel muchacho, aguardando el momento adecuado. 
El objetivo era un buen mozo, un varón blanco de cabellos castaños y facciones delicadas que vestía con elegancia y exhibía finos modales. Sin duda no era un gánster. Richard sabía olerlos. Tras largo tiempo metido en el negocio su experiencia le decía si estaba frente a un delincuente o un individuo común. Durante las jornadas en que lo acechó sólo advirtió en aquél un rasgo apto para justificar el encargo de matarlo. Pero no rápidamente, la orden clara y tajante consistía en que la muerte debía llegar precedida por tortura, el objetivo tenía que sufrir mucho; caso contrario no le pagarían la recompensa. 
Ese rasgo que lo condenó debía tener relación con la atractiva presencia del muchacho; simpático, exitoso con las mujeres, a las cuales besaba dentro de su coche, y a las que galantemente dejaba por las noches en sus casas, después de pasar con ellas un rato en el hotel alojamiento. Siempre concurría con las chicas al mismo hotel. Cliente preferencial debía ser, se dijo el sicario, cuando otra vez lo vio salir de esa residencia. Sí, ese debe ser el motivo, pensó Richard, el tipo es un mujeriego y seguro que se emparejó con la joven esposa del jefe. La rubia debía haberle montado los cuernos con este sujeto. No la reprocharía si así hubiese sido. Acostarse con ese viejo gordo y calvo tenía que resultar todo un agobio por muchos lujos y comodidades que aquel le brindase. 
 Por fin Richard tuvo su oportunidad. No había moros en la costa, el objetivo se hallaba sin compañía y caminaba con aire despreocupado. El matón apuró el paso desde atrás de este, y cuando lo tuvo a tiro extrajo la pistola y apuntó. No a la cabeza sino a la pantorrilla. El joven emitió un quejido, más producto de la sorpresa que del dolor; algo le había pinchado. Se inclinó para quitarse ese objeto clavado en su carne, que había atravesado la tela de su pantalón. Se trataba de una aguja hipodérmica cuyo líquido lo adormecía. El hombrón se aproximó aún más, y cuando el agredido se desvaneció lo tomó entre sus fornidos brazos. 
La calle estaba desierta, continuaba sin haber nadie a la vista. Arrastró el exánime cuerpo hacia su camioneta y lo introdujo en esta. Una vez allí procedió a atarlo, vendarlo y amordazarlo. Acto seguido, arrancó el vehículo y puso rumbo a aquella caverna, donde tenían su nidada las ratas. Ellas lo conocían y lo recibían con chillidos, que a Richard se le antojaba de gozo, cuando sacaba de la bolsa trozos de carne. Debía darles muy rápido el alimento pues corría riesgo de que lo mordieran en el fragor de su voracidad; pero más allá de esta precaución el matón se sentía seguro. Era el proveedor, no la presa; las ratas conocían la diferencia, no eran tontas. 
También en esta ocasión estaban alegres por verlo, creyó Richard, mientras arrastraba ese cuerpo bien atado hacia el interior de la gruta. La víctima se había despertado por el camino y sollozaba, nadie oía sus gritos amortiguados bajo la mordaza. Pero ya era hora de quitársela, y también la venda. Lo dejó tendido sobre la tierra mientras los roedores aguardaban con agitada expectación desde la penumbra El captor mostró un cuchillo a su presa y con gesto veloz le rasgó la frente, que empezó a sangrar. Luego jaló los pantalones al maniatado joven, y practicó varios tajos en los muslos desnudos. Las ratas olfatearían el fluido. 
Antes de retirarse, armó la cámara y la dejó prendida enfocando la escena. Dentro de unos días regresaría para llevarse el rollo con la filmación. Así acreditaría la eficacia de su faena, y no tendrían excusas para regatear el monto su merecida paga. Pero cuando el asesino a sueldo salía de la gruta algo inusual sucedió. Lo trababan desde uno de sus tobillos. Tironeó enérgicamente sin lograr mover su pierna, que seguía inmovilizada. Quizás el infeliz había reptado arrastrándose hacia él y le agarraba el pie para rogar clemencia, pensó. ¿De dónde sacaba tanto vigor ese enclenque? 
Miró hacia atrás pero la cerrada bruma no le permitía visualizar nada. 
—¡Maldito desgraciado!— se dijo con fastidio, mientras buscaba en su chaqueta la pistola recortada que usaba para matar a corta distancia. No tendría más remedio que pegarle un tiro para que lo soltara, aunque sólo debía herirlo, no liquidarlo. Las ratas tenían que finiquitar la tarea. No tuvo tiempo de extraer su arma, sin embargo. 
Aquello que lo tenía aferrado era una mano gigantesca. Por cierto no pertenecía a su prisionero, y poseía una fuerza descomunal. La garra lo arrastró con increíble violencia, y él resbaló impactando su corpachón contra el suelo barroso de la caverna. Lo estaban atacando con saña. 
A la pálida claridad de la filmadora encendida lo vio. Era un sujeto inmenso y espantoso. Vestía un mameluco azul de obrero manchado de sangre. También salpicada de sangre fresca estaban su cara, sus desgreñados cabellos, sus hombros y su musculoso pecho. Parecía un carnicero demente que acabara de consumar una faena atroz. Desde su rostro deforme, un par de ojos llenos de odio miraban con expresión de animal salvaje. La boca del gigante exhibía una dentadura que, más que de un ser humano, se asemejaba a la de un cocodrilo de afilados colmillos. De las sucias encías escurría saliva, por la anticipación del alimento con que saciaría su hambre. Su respiración agitada y ronca cortaba el aire enrarecido. 
Esgrimía una enorme cuchilla en su diestra aquella bestia humana. Con el revés de esa arma apaleó una y otra vez al sicario, que rodó atontado sobre el suelo húmedo. El desmayo le evitó comprender cuál sería su trágico destino. Aquel desquiciado levantó nuevamente la cuchilla, ahora con el filo apuntando hacia el inerme sicario. Con un movimiento seco, de terrible violencia, rasgó el aire y cortó. La cabeza limpiamente cercenada se desprendió del cuello, y dando tumbos se detuvo al pie de la máquina filmadora. 
 Durante la refriega, el joven cautivo zafó las ataduras de sus piernas. Con las muñecas liadas a la espalda, haciendo un supremo esfuerzo, se incorporó y, enredado con sus pantalones, se echó a andar en paños menores. Emergió de la cueva huyendo sin mirar atrás; corrió y corrió, librándose de una muerte tan horrible como segura.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo. 



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