El pacto de la condesa
La condesa creía ver a la negra silueta del maligno flotar en el horizonte durante las noches de luna llena, mientras caminaba vestida de rojo por sus posesiones. Se había aficionado a las prácticas de brujería y satanismo y, cuando finalmente se sintió preparada, celebró un pacto con el demonio. Haría los sacrificios humanos que aquél le exigía a cambio de conservar su atractivo y lograr la eterna juventud. La receta malvada consistía en impregnarse con la sangre de sus doncellas; en especial si éstas eran vírgenes. El resto del vital fluido lo ofrendaría a Satán, en cumplimiento del nefasto pacto.
Cuando sus esbirros traían a las chicas ante su presencia, las cautivas temblaban de espanto. No era para menos; provocaba escalofríos contemplar a esa pálida aristócrata de rojos cabellos y ojos que destellaban como rubíes sangrientos, sentada en su trono rodeado de calaveras.
En su pánico creían que el rumor oído en el pueblo era cierto: La condesa era una sierva de Satán. Entonces, de súbito, aparecía una figura encapuchada vestida de negro, con una calavera en lugar de rostro. En realidad se trataba de uno de los secuaces de la condesa, disfrazado así para generar terror. Erzebeth Bathory fingía hablar con aquel demonio, y luego se volvía hacia las aterradas jóvenes. La sádica las observaba con voracidad, y decidía cuáles de esas aldeanas sobreviviría y cuáles debían morir desangradas. Seguidamente, con un gesto de su mano, ordenaba a sus sicarios que las condujesen a la celda de castigo, mientras se aprontaban los instrumentos de tortura.
La dueña del tenebroso castillo era un monstruo; una sierva del demonio, al cual se había asociado para, entre ambos, alimentarse con la sangre de sus víctimas. La diabólica noble húngara Bathory, había nacido en el año 1560 y pertenecía a la más rancia estirpe de su país. Era prima del Primer Ministro de Hungría y sobrina del Rey de Polonia, además de poseer una inmensa fortuna. Si bien la extravagante patricia siempre mostró un temperamento sádico y solía azotar sin motivo a sus criadas, su furia demencial se desató al superar sus cuarenta años ante el temor de perder su belleza y lozanía.
A tal efecto dispuso que sus matones le proporcionaran mozas para su servicio a quienes atraían mediante falsas promesas. Una vez prisioneras, obedeciendo lo acordado con Satán, previo a matarlas se las sometía a terribles suplicios. El propósito final de la condesa consistía en bañarse con la sangre de esas desgraciadas y, para extraerles el esencial fluido, mandó construir un muñeco mecánico hueco abierto al medio, cuyas dos planchas metálicas se cerraban. En el interior de la trampa estaban fijos múltiples pinchos agudos que desangraban atrozmente a las víctimas introducidas a la fuerza. Ese vesánico artificio era izado a través de unas poleas.
La aristócrata se ubicaba abajo, desnuda dentro de una tina de porcelana, para recibir su anhelada ducha sangrienta; haciendo caso omiso a los ruegos de clemencia y a los alaridos de dolor proferidos por las jóvenes mujeres atormentadas.
Pero todo llega a su fin, y también tuvieron su término las inconcebibles crueldades de la satánica dueña del castillo. Los pobladores comenzaron a quejarse frente a las autoridades y -aunque el monarca húngaro al principio hizo oídos sordos- emprendieron una revuelta tan extensa y amenazante que el mandamás se vio obligado a tomar cartas en el asunto para impedir el caos en sus tierras. Así fue como en el año 1610 el Rey Mathías envió al castillo una tropa capitaneada por el propio primo de Erzebeth Bathory a fin de investigar si eran veraces las demenciales fechorías que, según se denunciaba, estaban ocurriendo allí.
Detuvieron a la aristócrata y a sus súbditos, y de inmediato surgieron a la luz pruebas concluyentes de las prácticas horrendas que se verificaban en aquel lúgubre recinto. Tras ser arrestada junto a sus cómplices fue condenada a sufrir el encierro, y a una dieta de hambre que la llevó a la tumba cuatro años más tarde.
En su pánico creían que el rumor oído en el pueblo era cierto: La condesa era una sierva de Satán. Entonces, de súbito, aparecía una figura encapuchada vestida de negro, con una calavera en lugar de rostro. En realidad se trataba de uno de los secuaces de la condesa, disfrazado así para generar terror. Erzebeth Bathory fingía hablar con aquel demonio, y luego se volvía hacia las aterradas jóvenes. La sádica las observaba con voracidad, y decidía cuáles de esas aldeanas sobreviviría y cuáles debían morir desangradas. Seguidamente, con un gesto de su mano, ordenaba a sus sicarios que las condujesen a la celda de castigo, mientras se aprontaban los instrumentos de tortura.
La dueña del tenebroso castillo era un monstruo; una sierva del demonio, al cual se había asociado para, entre ambos, alimentarse con la sangre de sus víctimas. La diabólica noble húngara Bathory, había nacido en el año 1560 y pertenecía a la más rancia estirpe de su país. Era prima del Primer Ministro de Hungría y sobrina del Rey de Polonia, además de poseer una inmensa fortuna. Si bien la extravagante patricia siempre mostró un temperamento sádico y solía azotar sin motivo a sus criadas, su furia demencial se desató al superar sus cuarenta años ante el temor de perder su belleza y lozanía.
A tal efecto dispuso que sus matones le proporcionaran mozas para su servicio a quienes atraían mediante falsas promesas. Una vez prisioneras, obedeciendo lo acordado con Satán, previo a matarlas se las sometía a terribles suplicios. El propósito final de la condesa consistía en bañarse con la sangre de esas desgraciadas y, para extraerles el esencial fluido, mandó construir un muñeco mecánico hueco abierto al medio, cuyas dos planchas metálicas se cerraban. En el interior de la trampa estaban fijos múltiples pinchos agudos que desangraban atrozmente a las víctimas introducidas a la fuerza. Ese vesánico artificio era izado a través de unas poleas.
La aristócrata se ubicaba abajo, desnuda dentro de una tina de porcelana, para recibir su anhelada ducha sangrienta; haciendo caso omiso a los ruegos de clemencia y a los alaridos de dolor proferidos por las jóvenes mujeres atormentadas.
Pero todo llega a su fin, y también tuvieron su término las inconcebibles crueldades de la satánica dueña del castillo. Los pobladores comenzaron a quejarse frente a las autoridades y -aunque el monarca húngaro al principio hizo oídos sordos- emprendieron una revuelta tan extensa y amenazante que el mandamás se vio obligado a tomar cartas en el asunto para impedir el caos en sus tierras. Así fue como en el año 1610 el Rey Mathías envió al castillo una tropa capitaneada por el propio primo de Erzebeth Bathory a fin de investigar si eran veraces las demenciales fechorías que, según se denunciaba, estaban ocurriendo allí.
Detuvieron a la aristócrata y a sus súbditos, y de inmediato surgieron a la luz pruebas concluyentes de las prácticas horrendas que se verificaban en aquel lúgubre recinto. Tras ser arrestada junto a sus cómplices fue condenada a sufrir el encierro, y a una dieta de hambre que la llevó a la tumba cuatro años más tarde.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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