El final de Jack el Destripador (venganza)

 

El corpulento sujeto rondaba por el desierto muelle del Támesis cercano al distrito de Whitechapel ubicado en el este de Londres, en ese lluvioso atardecer de diciembre de 1888. 

Entre la neblina avistó a una figura menuda que se dirigía hacia él. 
—Hola guapo, ¿quieres pasar un buen rato?— le preguntó una voz femenina. 
A punto de contestar, vio como la mujer se detenía de golpe y se llevaba las manos a la boca ahogando una exclamación de miedo. Al aproximársele, la veterana dama de la noche logró verle con claridad la cara, y algo en su interior le dio la voz de alarma. Supo que este no era un cliente más, por muy bien vestido que estuviese. Llevaba años ejerciendo en el oficio y había desarrollado su intuición; sabía olfatear el peligro, y de aquel individuo emanaba una aura siniestra. 
Debía alejarse rápido. Dio media vuelta para volver sobre sus pasos y escapar. Sin embargo él fue más veloz. Estaban en plena calle, a oscuras, ni un alma por los alrededores. Lo aprovecharía. La agarró desde atrás por el cuello y, con frenética violencia, la derribó. Ahora ambos forcejeaban sobre los adoquines húmedos. El cazador montado a horcajadas en la espalda de su presa, y ésta revolviéndose con desespero, tratando en vano de quitarse a su musculoso atacante. 
Ella sintió una fornida mano cerrarse como un cepo en torno a su garganta, mientras el peso de aquel desquiciado la inmovilizaba. Esos dedos apretaban más y más, todo se nublaba. Tumbada e inerme advirtió un chisporroteo. El leve resplandor provenía desde el filo del arma que el individuo empuñaba con la mano libre, y que ya rasgaba profundamente su cuello. Era el final para la infortunada meretriz. 
El asesino se separó de su presa ya difunta, guardó el sangrante cuchillo y se puso a andar; lleno de orgullo y exhibiendo honda satisfacción en su rostro. 
Entonces, de repente, un brillo metálico lo sorprendió. Confundido, notó que las piernas se le aflojaban. Otra vez aquel brillo y después una mano agarró su negra cabellera, y la alzó en el aire. Con terror e incredulidad, vio su cuerpo tendido en el suelo, y todo se oscureció definitivamente para él. 
El hombre que lo había decapitado miró a ambos lados. Nadie se había enterado, reinaba la calma. No tuvo tiempo de salvar a la prostituta pero eso no le importaba, su objetivo estaba cumplido. Todo le había salido de perillas. 
Llevaba varias horas acechando a ese tipo, a la espera del momento ideal para darle caza. Con cuidado de no ser advertido, había ido tras los pasos del matador de prostitutas. 
Enfundado en su gabardina y su capucha, al amparo de la penumbra, lo había seguido hasta el puerto. Sin darle oportunidad de resistirse, le asestó un brutal revés con el hacha de carnicero que blandía. La cabeza de su víctima quedó colgando a su espalda, unida por filamentos de músculos y piel. Un segundo hachazo completó la decapitación. Aferró la testa por los pelos y la introdujo en un bolsón. Utilizando con destreza su hacha trozó el organismo sin vida, y arrojó los restos al interior del sacón. 
El torso era muy grande, y tuvo que cortarlo desde el esternón en dos pedazos. 
Una vez colocadas las piezas cárnicas dentro del bolsón, lo arrastró por el húmedo suelo hasta el borde del muelle. Avistó un montón de piedras que se empleaban como lastre para los buques. Cogió varias, las introdujo junto al cadáver troceado y cerró el paquete con una cuerda. Luego pegó un fuerte puntapié al trasto arrojándolo a las sucias corrientes del río. 
El ejecutor observó a su alrededor y comprobó que nadie oyó el chapuzón. Del paquete ya no se veía nada. En el sitio donde había caído solo se adivinaba la silueta de unos troncos podridos. Sobre el escenario de la carnicería quedaba un reguero sanguinolento, que la lluvia borraría. Finalmente, ocultó el hacha manchada de rojo fluido dentro de un largo zurrón, y extrajo del bolsillo de su chaqueta una fotografía. Contempló con ojos acuosos la imagen de la bonita joven; una de las víctimas del sádico al cual acababa de despachar. 
—Mary, mi dulce Mary.— susurró. 
Guardó la fotografía y se alejó raudamente, internándose en las estrechas callejuelas. Su venganza estaba consumada. Jack el Destripador había muerto decapitado. Su cuerpo despedazado, sumergido en las turbias aguas del Támesis, jamás sería identificado. 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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