El escudero del diablo
Espada en mano y vistiendo su uniforme militar, Gilles de Rais recorría sus tierras. Junto con su corte de encapuchados pasó desdeñosamente al lado del cadáver. De aquel sacerdote que había osado desafiarlo apenas quedaba el esqueleto, cubierto de jirones de su toga negra. La osamenta del religioso yacía sentada, y verla causaba escalofríos, mientras cráneos y huesos de otras víctimas se calcinaban en una fogata.
El aristócrata siguió su camino y se aproximó a la fosa donde arrojaba los cadáveres. Los buitres salieron volando de allí, chillando molestos por la intromisión. Sus presas humanas ya eran restos óseos, las alimañas y la naturaleza habían cumplido su obra de destrucción. Ni siquiera se había molestado en mandar que enterrasen a los cuerpos; tan grande era entonces su poder y su impunidad. Tras haber sellado su pacto con las tinieblas a nada le temía.
Sin embargo, el gran Barón Gilles de Rais al cual, entre otros motes criminales, se le conoció como "El escudero del diablo" no siempre fue un brutal asesino. Se trató de un personaje casi mítico a quien se consideró un héroe medieval de los franceses, dado que fue un notable guerrero en la lucha de su pueblo contra los británicos, llegando incluso a ser nombrado Escudero de la famosa heroína y visionaria cristiana Juana de Arco.
Lastimosamente de poco le valdrían estos méritos y las altas prendas personales que en apariencia lo engalanaban, pues había un costado oscuro que se fue apoderando cada vez más de él con el andar del tiempo. Cuando Juana de Arco resultó capturada por los ingleses y, posteriormente, ejecutada, su Escudero volvió desconsolado a sus posesiones, abandonando para siempre la vida castrense.
En sus castillos se dedicó a la nigromancia y a la búsqueda de la piedra filosofal de los alquimistas. Para ello contrató a Francois Prelati, un presunto mago y alquimista italiano que lo vinculó a la magia negra y a las prácticas de hechicería, como forma de conseguir la preciada piedra filosofal. Gilles De Rais seguía gastando ingentes cantidades de dinero sin encontrar la ansiada contraprestación, así que, desesperado, aceptó el consejo de Prelati de celebrar misas demoníacas.
A cambio de la obtención de poderes supremos, suscribió un pacto con Satán en el cual El Príncipe de las Tinieblas -conforme aduciría el Mariscal- lo conminó a sacrificar niños en su honor. Luego de realizada su primera ofrenda al Maligno, el noble adquirió el gusto por la sangre y, secundado por sus subordinados, empezó a seducir infantes de clase baja, a los cuales atraía mediante la promesa de que servirían de criados en sus posesiones.
Una vez dentro de sus castillos, el enajenado los hacía asesinar sádicamente. Arrancaba las cabezas de aquellos inocentes, no sin antes someterlos a inenarrables tormentos y vejámenes. Mandaba que los cadáveres fuesen arrojados a fosas abiertas en sus campos, tarea que encargaba a un grupo de fieles servidores vestidos con túnicas y capuchas oscuras. Dejaba que cuervos y buitres se alimentasen con la carne en descomposición de los infelices occisos.
Los rumores de estos homicidios satánicos llegaron a oídos del Obispo de Nantes, Jean de Malestroit, el cual ordenó que se abriera una investigación de los hechos. Así fue como el 13 de septiembre de 1440 el Obispo de Nantes atribuyó oficialmente al Barón Gilles de Rais los cargos de herejía, asesinato de menores, pactos demoníacos, y numerosos delitos contra natura. Dos días después, las tropas monárquicas lo detuvieron sin que ofreciera resistencia.
El juicio se formalizó durante un mes en el castillo de Nantes. Aunque al principio el arrestado negó la responsabilidad que se le imputaba y trató con desprecio a sus interrogadores, más tarde -ante el temor de ser torturado por la Inquisición- cambió de parecer, y se declaró culpable de haber inferido muerte, sodomizado, y sometido a suplicio a trescientos niños y adolescentes, aunque nunca se determinó con certeza la cifra exacta de sus víctimas.
El 22 de octubre de 1440 pidió públicamente perdón por sus desmanes y, cuatro días más adelante, fue ahorcado junto a dos cómplices. En atención a su calidad de noble los jueces mandaron que sólo fuera quemada una parte de su cuerpo -y no la totalidad del cadáver, cual era la costumbre-, y sus restos fueron incinerados. Antes de ser segada su vida, el condenado recibió la asistencia espiritual que había solicitado a manera de última voluntad.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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