Demonio al acecho

 

La bella pelirroja estaba sumida en tristes pensamientos, dentro de su pobre habitación. Al mirar de reojo hacia la pared descascarada creyó advertir una mancha extraña, con apariencia de demonio. Aunque la forma de la mancha tenía rasgos humanos, semejaba a una cabeza de cabra de la cual sobresalían unos cuernos y una puntiaguda barbilla de chivo. - Los rasgos del maligno están reflejados en esa mancha de humedad. - pensó. 

No era la primera vez que la joven Frances Coles experimentaba esa sensación incómoda, que sentía la compañía indeseada de una presencia malvada. Pero sin duda alguna se hallaba sola, en la más completa soledad. Fijó su mirada en la pared. Ya no se veía allí la imagen diabólica, sino únicamente rastros de suciedad y de humedad sobre la pintura descolorida. Sería mejor olvidarse de esas ideas extrañas y apartar de su mente aquel mal presentimiento, se dijo. La miseria y las penurias estaban enloqueciéndola; sí, eso tenía que ser. Por tal motivo su imaginación se desbocaba, y creía ver al demonio acechándola. 

Se dirigió hacia la pequeña ventana y, con expresión lánguida, se puso a observar el exterior. Se sentía preocupada, adeudaba la renta de la pensión donde residía, y no tenía nada de dinero. En el barrio rondaba el peligro; allí atacaba ese sádico al que apodaban "Jack el Destripador", aunque hacía bastante tiempo que no asesinaban a ninguna meretriz. La chica sabía que evitar prostituirse podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. No obstante no podía darse el lujo de que la desahuciaran por no pagar; los clientes no llamarían a su puerta para obtener sus servicios, sino que ella debía salir a buscarlos. Debido a esta poderosa razón se armó de valor y volvió a las calles.

 Esa noche varias vecinas y colegas de oficio verían a la pelirroja acompañada por clientes muy diversos, pero nunca regresó a la pensión. En la madrugada del 13 de febrero de 1891, el agente Benjamin Leeson acudió en respuesta a los insistentes silbidos de auxilio. Un frío glacial azotaba a Londres, y en los rincones desiertos la niebla ganaba espacio a la lánguida luz de las farolas a gas. La ronda del custodio iba desde de la Casa de la Moneda hacia el barrio de Swallow Gardens; esta zona circundaba un arco del puente en torno al cual discurría un ferrocarril y abarcaba las calles Royal Mint y Chambers. En Swallow el policía Leeson se encontró con el responsable de los estridentes llamados, el juvenil agente de la Metropolitana Ernest Thompson, junto a dos vigilantes nocturnos. 

– ¿Qué sucede? –interrogó Leeson. 

–Han matado a otra mujer –repuso Thompson y, luego de hacer una pausa para tomar aliento, exclamó. – ¡Ha sido Jack el Destripador! 

Thompson era un guardia bisoño que apenas llevaba seis meses en el cuerpo policial, y devenía evidente su pánico mientras apuntaba con su dedo índice al bulto que, caído sobre los adoquines, interrumpía el paso. Era el cadáver de una mujer cuya ropa lucía desarreglada, y a la cual habían apuñalado encarnizadamente. Un profundo tajo abría su cuello y exhibía otras heridas, también sangrantes, en la región inferior del tronco. Leeson conocía de vista a la víctima, una ramera de veintiséis años llamada Frances Coles cuyo alias era «Carroty Nell», por su cabello color rojo zanahoria. Al inclinarse para examinarla el policía comprobó que la joven aún respiraba, aunque resultaba notorio que estaba agonizante y nada podía hacerse ya para salvarla. Rápidamente se alertó a decenas de policías que rodearon el perímetro del crimen en procura de cortarte la vía de escape al homicida, y se organizó una búsqueda casa por casa. 

El médico forense George Bagster Phillips fue convocado a la comisaría a donde se trasladó el cadáver, y certificó el fallecimiento. Se arrestó a un sospechoso de haber matado a Frances Coles. Se trataba de Thomas James Sadler, un marinero cincuentón que, tras ser sometido a un breve proceso, salió absuelto por ausencia de pruebas en su contra. Este hombre contó que su amiga Frances le había puesto al tanto de su temor de morir trágicamente, pues creía que un demonio la acechaba en la pared de su habitación. Aunque hubo quienes adjudicaron el homicidio de Frances a Jack el Destripador, andando el tiempo se consideró que se trató de un asesinato de imitación, perpetrado por un criminal ocasional. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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