Cita a ciegas

 
La bella joven yacía sentada con los ojos cubiertos por una venda en un rincón de su celda. Estaba descalza y su única ropa consistía en el bonito vestido que había estrenado días atrás para que él la hallase atractiva en su cita a ciegas, cuando aún era libre. Uno de sus tobillos estaba prensado por una cadena fijada a la pared con un aro de hierro, y unas ataduras en torno a sus muñecas la inmovilizaban.
 Había perdido la noción del tiempo. ¿Cuánto llevaba allí? ¿Una semana? ¿Más? Tenía que ser más tiempo, se dijo. Al principio, cuando su miedo se hizo controlable y comprendió que él no la iba a matar todavía, trató de medir el transcurrir de los minutos por sus visitas y mediante los ruidos desde fuera. Pero ahora todo se encontraba muy silencioso, ni siquiera oía gente trabajando como indicio de la hora, y su captor había pintado los vidrios de las ventanas de negro para que no se filtrara la luz del día. Su única compañía era el rumor del río, y después de un tiempo la joven presa perdió toda noción del mundo exterior. 
Se sentía dolorida, no solo por la falta de movimiento sino por la fiebre. La gélida humedad de los ladrillos había calado en sus huesos temblorosos, y había momentos en que el pánico se apoderaba de ella. No ante la idea de que su secuestrador volviera, sino por la sensación de que si su estado empeoraba no podría respirar por la nariz debido al ahogo que ese antro sombrío y lleno de humedad le provocaba. Lloraba a menudo bajo la venda, preguntándose si ya estaría muerta. Cada tanto en la oscuridad una rata pasaba a su lado, y al sentir su roce se le acalambraba la vejiga a causa del miedo. Comprendía que su horrible odisea todavía estaba muy lejos de acabar. 
¿Porqué aceptó esa cita a ciegas y, sin pensarlo, se subió al coche con él? 
Luego de haberlo conocido en ese furtivo encuentro, ese desconocido la había impresionado con su invitación a enseñarle su negocio. Ella quería comprarse un vestido nuevo además de experimentar un poco de emoción, ansiaba que un caballero la cuidase durante una semana o hasta que perdiese el interés. Habían sido tiempos duros y ya no medía los riesgos. Empezó a gemir de nuevo, llorando su propia muerte incluso antes de fallecer. 
 Aun cuando su mente febril lograba imaginar razones para explicar que su secuestro no terminaría en su muerte (¿Quizás fuera a venderla como esclava al extranjero? ¿O tal vez quisiera conservarla para siempre como su mascota?) no llegaba a creerlas. Ese sujeto estaba loco y la mataría, eso era evidente. Sin embargo aun así todo le seguía pareciendo irreal. Alguien la estaría buscando. Pero no, de nuevo volvió a llorar porque sabía bien que nadie la buscaría. Había cambiado de lugar demasiadas veces y no tenía amigos de verdad. Nadie que no estuviera también de paso. Su familia de origen se hallaba lejos y no la había visto en varios años, esa era la verdad. Iba a morir, y sin que nadie se diera cuenta siquiera.
 En una ocasión él la despojó del vendaje que cegaba su vista, encendió una lámpara, la miró y comenzó a hablarle con expresión desgraciada. Caminó de un lado a otro lloriqueando y le juró que no sabía que hacer con ella, que no había sido su intención raptarla, que le habían obligado. Al principio se arrodilló a su lado y le suplicó que no se lo dijera a nadie, que si la soltaba por favor no lo denunciara. 
 La prisionera sintió un inmenso alivio, asintiendo con la cabeza desesperadamente, sollozando. En ese instante quiso abrazarle e incluso besarle, pero él no la dejó marchar porque sabía que por mucho que se lo prometiera al final lo acabaría contando. Entonces la joven comprendió que nunca saldría de allí. 
A veces, cuando le traía comida, luego se volvía de repente como si hubiera visto algo con el rabillo del ojo. En esos momentos parecía desesperado, se frotaba la espalda como si quisiera sacudirse algo de encima. En otra oportunidad empezó a gritar y ella trató de correr rumbo a la puerta pero él la agarró con un movimiento brusco, y tras aquellos perversos ojos azules vio el mal, la fría ira. Nunca saldría de allí.
 Las últimas ocasiones que había venido parecía enfermo a la luz de la lámpara, estaba pálido y sudoroso, tenía enormes manchas en la cara y, entonces, advertir su desmejorado aspecto la inundó de un pavor completamente distinto. 
¿Qué ocurriría si su carcelero enfermaba, y le hacían guardar cama? ¿Quién le traería comida y agua? ¿O simplemente fallecería de sed allí, en la oscuridad? 
De improviso una llave giró en la cerradura y todo su cuerpo se tensó, los sollozos murieron en su garganta. En su primera visita de esa jornada le había quitado la venda permitiéndole ver, lo cual raramente hacía. Pero si él ya había estado aquel día, ¿porqué volvía ahora? Sus orejas palpitaban y la cara le abrasaba del terror que la invadía. La puerta chirrió al abrirse y la mujer creyó vislumbrar la noche antes de que él la cerrara tras de sí, y guardara la llave en uno de sus bolsillos. Le oyó moverse arrastrando los pies rumbo a la mesa donde estaba la lámpara, y cerró los ojos al oír que encendía una cerilla. El resplandor amarillento del fanal se filtraba a través de sus párpados y los abrió lentamente, desacostumbrada incluso a tan escasa luminosidad tras haber pasado tanto tiempo con los ojos vendados.
 El rostro de su carcelero se mostraba sereno y su cuerpo quieto. Su actitud carecía de la ansiedad habitual y transmitía tranquila determinación. Aun a metros de distancia podía divisar sus ojos inyectados en un color rosáceo, y las manchas de su cara que parecían ahora hematomas de varios días, rabiosos y morados. Su enfermedad lo había enloquecido. Se agachó y abrió el baúl, y aunque la reclusa intentó zafarse de las ligaduras, él ni siquiera levantó la mirada mientras sacaba sus herramientas y las colocaba arriba de la mesa: una sierra, un cuchillo y un martillo brillaban bajo la mísera luz; y a la chica le pareció ver sangre en el mango de todas. Las lágrimas nublaron su visión desdibujando el perfil del individuo. Él se volvió y le sonrió con cinismo. 
—No tardaré, solo tengo que prepararme— le susurró. 
La cautiva entendió lo que sucedería a continuación y empezó a sollozar de nuevo. Su secuestrador se acercó. Ella gritó y gritó, enloquecida por la certeza de su inminente destino. Quiso incorporarse pero era imposible. Además de no poder usar sus manos para defenderse, al tener atadas sus muñecas, su tobillo seguía prensado por la cadena. 
El hombre se inclinó blandiendo un filoso puñal en su mano diestra, y se aproximó hacia su presa humana que continuaba inerme. Quería terminar con su faena, herirla en el cuello y cortarle la vena yugular. Pero entonces lo milagroso hizo acto de presencia. 
En ese preciso instante el desquiciado criminal oyó a su espalda aquel estrépito. Se dio vuelta mirando hacia donde provenía el griterío. Estaban rompiendo desde fuera las ventanas pintadas de negro, los vidrios estallaban. Esos intrusos vestían de azul portando sus uniformes de la policía de la ciudad. Ya saltaban dentro de la guarida, lo superaban en número y empuñaban armas de fuego. Él únicamente contaba con su afilado cuchillo para defenderse pero comprendió que resultaría inútil resistir. Cuando el jefe de los policías lo encañonó apuntando a su cabeza con el revólver, dejó caer el arma y levantó ambos brazos en señal de rendición. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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