Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago. El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco. —¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entraña...
En lo profundo del bosque, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las espesas ramas, se alzaba una edificación decrépita conocida como «La casona del atardecer». Su fachada destartalada y sus ventanas rotas contaban historias de decadencia y desolación. La leyenda que rodeaba a esa finca hablaba de un turbio pasado, marcado por la tragedia, y por un siniestro pacto con lo sobrenatural. Un grupo de jóvenes aventureros, atraídos por la mística de «La casona del atardecer» decidieron explorarla en una noche fría y lúgubre. La luna se asomaba entre las nubes arrojando luces fantasmales sobre el terreno desolado que rodeaba a la vieja casa. A medida que se acercaban, el crujir de las ramas secas bajo sus pies producía murmullos inquietantes. La puerta de la casona se abrió con un chirrido desgarrador, como si la estructura misma se quejase por la intrusión. Una vez dentro, el grupo se encontró con un ambiente cargado de polvo y decadencia. El aire estaba impregnado ...
—Primero pensé que se trataba de un saco flotando. Después me di cuenta de que era el cadáver de una joven.— declaró a la agencia de noticias A.P Walter Arnold, el hombre que descubrió en Texas (E.E .U.U.) el cuerpo sin vida de Irene Garza el 21 de abril de 1960. Los periódicos de entonces calificaron a la joven mexicano-estadounidense como "una belleza de cabello negro" y "profundamente religiosa". La víctima, una maestra de primaria de 25 años y reina de belleza, había desaparecido hacía seis días tras visitar la iglesia católica del Sagrado Corazón en la ciudad texana de McAllen, con el propósito de confesarse. Jamás regresaría a su casa. Según su autopsia, fue violada, golpeada, asfixiada y arrojada a un canal de irrigación. La bonita chica solía presentarse a los concursos de belleza locales, y en el año 1958 había devenido coronada Miss Sur del estado de Texas. De acuerdo indicó la prensa: —"Tenía una encantadora combinación de belleza e inteligenci...
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