Traicionada

 Una modorra cada vez más intensa fue invadiéndola, y se acostó vestida sobre el lecho. Un rato más tarde recobró la consciencia. No recordaba haberse quedado dormida en aquella cama, aunque sí el viaje que la había llevado hasta allí. ¿Qué le había dado a beber el cochero para apagar su sed? Quizás durante el viaje hacia la casa de campo de su patrona lo que ingirió le causara esa soñolencia que fue creciendo hasta provocarle el desmayo.

La bella sirvienta tampoco recordaba haberse desvestido. Se reincorporó aún mareada. Su joven y sensual cuerpo desnudo. Tal vez sus ropas estuvieran en la sala ingreso. Se sorprendió de no sentir miedo sino una irrefrenable curiosidad por recorrer aquella finca misteriosa, por lo cual salió de ese cuarto y pasó por la sala principal que estaba vacía. Al final vislumbró un pasillo. Lo atravesó con paso vacilante hasta adivinar entre las sombras un nuevo habitáculo. Una fuerza extraña la impulsaba a entrar allí. Por ello no dudó en penetrar a aquella habitación a través del acceso entreabierto. No bien dio un par de pasos dentro tuvo que cubrirse los ojos con una mano. El fulgor resultaba deslumbrante.
—¿Qué es esto?—  exclamó aterrada. 
No podía advertir las decenas de velas negras encendidas. La descomunal fogata generada por aquellas lumbres la privaron del uso de la vista. No percibiría nada hasta tanto sus retinas se acostumbrasen a ese resplandor. Al brillo infernal del salón ceremonial. Cuando pudo volver a ver ya estaba aferrada. Unas manos le liaron sus muñecas a la espalda. Otras capturaron sus tobillos y la levantaron en vilo. Rumbo a aquel túmulo cubierto con un paño rojo. Presidido a un lado por la escultura de esa cabra repugnante, y al otro por la cruz invertida tallada en ébano. Gritó y gritó. Luego únicamente pudo emitir sollozos ahogados por la mordaza. Como no se quedaba quieta y, a despecho de los amarres, se revolvía espasmódica sobre la tosca mesa donde la acostaron, procedieron a inmovilizarla totalmente. La ataron tanto que sólo podía alzar su cabeza, torciendo hacia arriba el cuello, que le dejaron sin apoyo.
 Había también una mujer entre aquellos dementes. Alta, cabellera muy negra, vestido escarlata y rostro tapado con un antifaz. Llevaba en sus manos un amplio cuenco dorado. Se agachó a su vera y dejó en el piso ese recipiente, centímetros debajo de su cuello colgante. De soslayo, en el paroxismo de su terror, creyó reconocerla; pese al disfraz y al embozo que la ocultaba.¡No era posible! Su ama. Acto seguido uno de los captores se ubicó detrás de la amarrada joven. La jaló por los cabellos de su nuca obligando a erguir la cabeza. Le ajustó todavía más la mordaza. Desde esa posición la prisionera no podía dejar de ver a quien, sin duda, era el jefe de todos. A aquel gigante enfundado en una oscura capa azulada y bajo cuya cogulla exhibía la máscara con semblante de pájaro diabólico. Lo oyó canturrear en una lengua exótica. La pérfida dama de pupilas color esmeralda que la había traicionado también profería sonidos broncos, que retumbaban ensordecedores. Un intenso mareo fue apoderándose de su conciencia. El griterío cesó. El ave rapaz enorme se le aproximaba. Sostenía un puñal reluciente, de tan afilado. Ella apretó los ojos con todas sus fuerzas.
—Es solo un mal sueño, una pesadilla. No puede ser verdad— se dijo. 
Tal vez se habría quedado dormida dentro del coche durante el prolongado trayecto. Sí, eso tenía que ser. Un esfuerzo de voluntad y lograría al fin despertarse. Abrió los párpados. Pero no; no se hallaba en el interior del carruaje. El ave rapaz enorme continuaba allí y blandía el mismo cuchillo. A su vez su artera empleadora se había aproximado y colocó una vela blanca encendida sobre un tosco túmulo puesto a los pies de la mesa de sacrificio. Ella no podía dejar de contemplar la ardiente lumbre, y tampoco el rostro de la malvada que, con estudiada lentitud, iba quitándose la careta tras la cual lo escondía. Ahora al fin iba a reconocer su cara verdadera. Pero no. Lo que vio no fue la faz de esa crápula, no fueron esas facciones delicadas, casi pálidas, ni esos hermosos ojos color esmeralda.
 —Estoy drogada— pensó. No fue solo agua fresca lo que el cochero le dio a beber por el camino, seguramente fue un narcótico muy potente que ahora finalmente hacía efecto y la trastornaba. 
¡No! no podía ser cierto lo que sus ojos se empeñaban en mostrarle. Las bellas pupilas verdes se ennegrecían y titilaban feroces hasta tornarse de un tono rubí sangriento. También de rojo sangre era la túnica y la capucha que llevaba Diana y bajo la cual sobresalían sus negros cabellos cayendo a ambos lados de la pálida frente. Pero al mirar hacia abajo de esa frente le esperaba lo peor: la nariz, la grácil nariz de aristócrata de su patrona ya no estaba allí. En su lugar había un agujero. El asqueroso hueco de una calavera. Tampoco estaban ya sus pómulos ni sus tersas mejillas, no había carne, solo el hueso. 
El rostro monstruoso se acercaba más y más por detrás de la flama de esa vela. También había cráneos blancuzcos que flotaban por delante y detrás de la toga escarlata. Todo daba vueltas y vueltas enloquecedoras. Ahora volvía a oír el cántico retumbante. Estaba inerme, amarrada a merced de las calaveras, de la mujer horrible de la túnica y la cogulla escarlata, del pájaro demoníaco con el afilado cuchillo de sacrificio en su mano. El acero cortante del arma rasgó el aire y bajó alcanzando el cuello de la víctima, mutilándole la garganta. La sangre salpicó, luego de unos instantes el flujo mermó y chorreó anegando y enrojeciendo aún más el paño color escarlata que resguardaba la mesa destinada a la inmolación, era el final. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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