Sorpresa en el ritual

Sir Gerard, además de ser un acaudalado diplomático, era el jefe de una orden demoníaca que tenía como sacerdotisa a su bella amante, una aristócrata llamada Diana. Ellos dos, secundados por sus acólitos, perpetraron homicidios rituales desde 1873 hasta 1889 en la Inglaterra victoriana. Los restos de las víctimas se arrojaban al río, y tales crímenes fueron atribuidos a quien la prensa y el público motejaba el «Descuartizador del Támesis» o el «Asesino del Torso del Támesis». 
El día anterior al último de sus asesinatos, una latente crispación estaba a punto de estallar entre los dos líderes de la camarilla. Diana estaba cansada de que que su amante no se decidiera a dejar a su esposa. Tan harta estaba que había amenazado con denunciar ante la policía los turbios manejos del diplomático, que malversaba la fortuna de su anciana cónyuge. Y finalmente él había cedido. Abandonaría a la vieja bruja esa misma noche, luego de consumado el rito maligno. La presa humana esta vez sería muy joven y atractiva. Una pobre campesina captada por la secta. Ya era hora de que los inútiles seguidores justificasen sus salarios consiguiendo atraer a una ingenua. La sacerdotisa no había tenido necesidad de hacer su trabajo en esta ocasión. 
La perversidad daría comienzo de un momento a otro. En la sala más espaciosa tendría efecto la ceremonia y, en medio de esta, se instalaría la amplia mesa con el mantel rojo, encima de la cual se tumbaría a la ofrendada. Sobre una esquina reposaba el cuenco dorado que se depositaría abajo del cuello de la sacrificada cuando, tras el derrame desde la vena cortada, la sangre comenzara a borbotear. Se oyó desde fuera el grito de «Lucifer», la contraseña dando aviso al comienzo del acto fatal. Un par de cofrades ingresaron a la habitación ceremonial, muy inquietos y agitados. Llevaban sus cabezas sin embozos y vestían ropa común. Dos novatos sirviendo al Ángel Tenebroso, se dijo la sacerdotisa. Pero, conforme parecía, habían cumplido a satisfacción con el trabajo asignado. La chica desmayada, cuyo cuerpo exánime cargaban, así lo atestiguaba.
¿Por qué no la habían atado? Torpeza de principiantes, pensó. Habrían creído que con forzarla, y luego darle el narcótico para sedarla, bastaba. Sin duda esos cerdos la habían poseído a la fuerza, pues la muchacha estaba casi en cueros, con su vestido negro desgarrado y los pechos al aire. La auparon sobre el túmulo del sacrificio. ¡Qué linda era! No le habían exagerado. Desmayada se la veía todavía más deseable. 
Hora de empezar la liturgia. Tras la caretilla, la secuaz cerró sus ojos a fin de concentrarse mejor en esas palabras en latín, carentes de sentido, que de memoria aprendiera. Impostó un tono de voz gutural y, a coro con el líder, entonó las notas de aquel lúgubre cántico. Eso impresionaba a los demás compinches; especialmente a los novicios. Un minuto duraba la canción funesta. Aunque en ocasiones era preciso interrumpirla, si la víctima daba muestras de despertarse. Pero esta vez concluyeron sin problemas. 
Al cesar sus voces, aquella aún permanecía inmóvil. Era el momento de ir por el recipiente color oro y depositarlo centímetros debajo del cuello de la víctima. Fue hacia el rincón en su busca y lo trajo. Sir Gerard ya había calentado la hoja, pasando el filo del puñal a través de la llama del cirio mayor. Un detalle sádico nuevo, supuso Diana. El Príncipe de las Tinieblas estaría contento y, ellos dos, sus fieles servidores, gozarían aún más. 
Se agachó bajo el borde del túmulo donde reposaba la joven desvanecida, cuyos negros cabellos caían desmadejados. Calculó el sitio en el cual ubicar el cuenco para que recibiera de lleno el flujo luego de cercenada la garganta. Estaba en la tarea de acomodar ese objeto en el punto exacto, cuando sintió un doloroso tirón en la nuca. Jalaban con vigor de su luenga cabellera azabache. Un segundo brazo la sujetó y la arrastraron violentamente sobre la mesa ritual. 
La víctima ya no yacía allí. Se había bajado de ese lugar destinado al sacrificio y ayudaba al discípulo a izarla en vilo. Una vez tumbada encima del rudimentario altar los otros esbirros la desnudaron con violencia, tras lo cual la ataron por sus muñecas y tobillos. Pese a los amarres, la sorprendida asistente se contorsionaba recorrida por espasmos de terror bajo las manos de sus captores. ¿Qué locura estaba ocurriendo? Una rebelión debía ser. Los secuaces se sublevaban, traicionaban al Gran Satán.
 Miró en dirección al jefe supremo en busca de ayuda. Entonces lo vio. No a su cara oculta bajo la máscara, sino a su enorme puño cerrado esgrimiendo la daga. Ese brillante filo que descendía cual un rayo en su garganta, y le rajaba la vena yugular. Entre tanto la falsa víctima, con los senos desbordando su vestido, aguardaba expectante, delante del túmulo cubierto por calaveras y blancas velas encendidas. Los ojos en blanco de Diana no pudieron ver el tremendo tajo producido en su cuello, ni cómo el cuenco dorado rebozó de sangre, que fue derramándose luego de la inicial copiosa salpicadura. Tampoco vio cómo la chica, tras comprobar que su degollada rival estaba muerta, violando las reglas de aquel rito sacrílego, quitaba el embozo del rostro de su Maestro y le besaba en la boca. 

 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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