Diana, quien para ella tenía otro nombre, había sido muy generosa. No cualquiera hubiese acogido, proporcionando techo y comida, a una muchacha fugada de provincias, que llevaba consigo a su bebé bastardo. A una paria expulsada de la casa paterna, castigada por la deshonra pública, tras haber cedido a la tentación. Y todo por culpa de aquel caballero, que demostró rápidamente no ser más que un patán aprovechador. Un desconsiderado que le prometiera villas ycastillos, para después del parto desaparecer.
Debido a tan poderosa razón, ella iba muy confiada durante ese viaje, con su corazón alegre, dentro del espacioso carro. Sólo le afligía haberse tenido que apartar por ese fin de semana de su niñito. Pero las jóvenes que atendían a los críos en la guardería le parecieron de fiar. Eran humildes y trabajadoras. Las escasas semanas que las trató resultaron suficientes para hacerle sentir que se trataba de buenas madres sustitutas. Otra gentileza de su ama, quien también se hacía cargo de aquel gasto. Lo menos que podía hacer por la noble señora, a quien ya estimaba más una amiga que una patrona, era limpiarle y acondicionarle lo mejor posible su coqueta casita de invierno.
Corrían los primeros días de septiembre de 1888, el otoño no tardaría en hacer acto de presencia y, para entonces, su empleadora deseaba que el chalecito escondido en el bosque, a tiro de piedra del río, quedase confortable para poder recibir en él a sus glamorosas relaciones de Westminster.
Mientras el amable cochero guiaba a los caballos, la chica miraba por la ventanilla, adormilada por el monótono zarandeo. Había sido un trecho bastante largo que parecía llegar finalmente a su destino. En pocos minutos conocería el refugio del que tanto se le hablara. A la pálida luz del atardecer, avistó una solitaria construcción de madera. Desde largo rato el vehículo que la transportaba había dejado atrás regiones pobladas. Se le había asegurado que sólo el anciano cuidador la esperaba, que le entregaría las llaves y se retiraría usando el mismo carruaje; el cual retornaría dentro de dos jornadas a buscarla. La despensa estaría repleta y no precisaría comprar nada. Las libras que le habían dado y que celosamente guardaba en su bolsito de mano, no tendría en qué gastarlas.
No se divisaba por la zona almacén ni negocio alguno. A decir verdad, el lugar se mostraba más desolado de lo que pensó. Final del viaje. Arribaron a su destino. El cochero la ayudó a bajar la maleta y llamó a la puerta. Les atendió un hombre joven de cabeza rapada. Muy gentil y sonriente. Esa presencia no anunciada le sorprendió y no pudo evitar decirle:
—Esperaba que me recibiese un señor mayor.
El otro le contestó, manteniendo dibujada en su cara la deferente sonrisa:
—Mi padre sufrió un pequeño accidente mientras trozaba leña. Esta mañana debió acudir a la enfermería del pueblo. Yo vine a sustituirle.–
Y mientras la hacía pasar, seguida por el chofer que portaba la valija, agregó:
—La buena noticia es que hay madera de sobra para alimentar el fuego de la estufa. No sentirás frío alguno. Tu estadía aquí será muy acogedora.
Le extrañó que en la antesala no hubiese ningún mobiliario. Su interlocutor pareció darse cuenta y, a fin de aventar suspicacias, le informó:
—Acomodé todos los muebles en la sala mayor para que así te resulte más fácil asear este sector.
Se dirigió al fondo y entreabrió una puerta interior.
—Debes haber tenido un viaje muy agotador.— le dijo el joven.
—En esta habitación dispones de un lecho cómodo y dentro del armario encontrarás ropas adecuadas, pero tal vez sea mejor que antes de ponerte a trabajar tomes una siesta para reponerte, por tus ojeras se nota que te caes de sueño.
El conductor, a su vez, había cerrado el pórtico de ingreso, quedándose dentro de la casa con el trasto reposando a sus pies. Ella no dio trascendencia a ese detalle. El muchacho rapado le parecía muy atractivo y distraía su atención. Tras ingresar a la habitación ella comprobó que la cama estaba tendida y en el coqueto arcón entreabierto colgaban prendas femeninas. Un pequeño espejo y una mesilla de luz completaban el sobrio mobiliario.
Su anfitrión se despidió y cerró con suavidad la puerta. La joven no tuvo tiempo de agradecerle, pues una modorra cada vez más intensa fue invadiéndola, y se acostó vestida sobre el lecho. Rato más tarde recobró la consciencia. No recordaba haberse quedado dormida sobre aquella cama, aunque sí el viaje que la había llevado hasta allí.
¿Qué le había dado a beber el cochero para apagar su sed? Quizás lo que que ingirió le causara esa soñolencia que fue creciendo hasta provocarle el desmayo. Tampoco recordaba haberse desvestido. Se reincorporó aún mareada. Su joven y sensual cuerpo desnudo. Tal vez sus ropas estuvieran en la sala ingreso. Se sorprendió de no sentir miedo sino una irrefrenable curiosidad por recorrer aquella finca misteriosa, por lo cual salió de ese cuarto y pasó por la sala principal que estaba vacía. Al final vislumbró un pasillo. Lo atravesó con paso vacilante hasta adivinar entre las sombras un nuevo habitáculo. Una fuerza extraña la impulsaba a entrar allí. Por ello no dudó en penetrar en aquella habitación a través del acceso entreabierto. No bien dio un par de pasos dentro de aquel ambiente debió cubrirse los ojos con una mano. El fulgor resultaba deslumbrante.
—¿Qué es esto?— exclamó. No podía advertir las decenas de velas negras encendidas. La descomunal fogata generada por aquellas lumbres la privaron del uso de la vista. No percibiría nada hasta tanto sus retinas se acostumbrasen a ese resplandor. Al brillo infernal del salón ceremonial.
Cuando pudo volver a ver ya estaba aferrada. Unas manos le liaron sus muñecas a la espalda. Otras capturaron sus tobillos y la levantaron en vilo. Rumbo a aquel túmulo cubierto con un paño rojo. Presidido a un lado por la escultura de esa cabra repugnante, y al otro por la cruz invertida tallada en ébano. Gritó y gritó. Luego únicamente pudo emitir sollozos ahogados por la mordaza. Como no se quedaba quieta y, a despecho de los amarres, se revolvía espasmódica sobre la tosca mesa donde la acostaron, procedieron a inmovilizarla totalmente. La ataron tanto que solo podía alzar su cabeza torciendo hacia arriba el cuello, que le dejaron sin apoyo.
Había también una mujer entre aquellos dementes. Alta, cabellera muy negra, vestido escarlata y rostro tapado con un antifaz. Llevaba en sus manos un amplio cuenco dorado. Se agachó a su vera y dejó en el piso ese recipiente, centímetros debajo de su cuello colgante. De soslayo, en el paroxismo de su terror, creyó reconocerla; pese al disfraz y al embozo que la ocultaba.
¡No era posible! Su ama.
A ello, el joven rapado había echado, por encima de su chaqueta de obrero, una burda toga marrón. Se ubicó detrás de la amarrada joven y la jaló por los cabellos de su nuca obligando a erguir la cabeza. Le ajustó todavía más la mordaza. Desde esa posición la prisionera no podía dejar de ver a quien, sin duda, era el jefe de todos. A ese gigante enfundado en una oscura capa azulada y bajo cuya cogulla exhibía la máscara con semblante de pájaro diabólico. Lo oyó canturrear en una lengua exótica. La pérfida dama de pupilas color esmeralda que la había traicionado también profería sonidos broncos, que retumbaban ensordecedores. Un intenso mareo fue apoderándose de su conciencia. El griterío cesó. El ave rapaz enorme se le aproximaba. Sostenía un puñal reluciente, de tan afilado. Ella apretó los ojos con todas sus fuerzas.
—Es solo un mal sueño, una pesadilla. No puede ser verdad.—-se dijo.
Tal vez se habría quedado dormida dentro del coche durante el prolongado trayecto. Sí, eso tenía que ser. Un esfuerzo de voluntad y lograría al fin despertarse. Abrió los párpados. Pero no; no se hallaba en el interior del carruaje. El ave rapaz enorme continuaba allí y blandía el mismo cuchillo. A su vez su artera empleadora se había aproximado y colocó una vela blanca encendida sobre un tosco túmulo puesto a los pies de la mesa de sacrificio.
Ella no podía dejar de contemplar la ardiente lumbre, y tampoco el rostro de la malvada que, con estudiada lentitud, iba quitándose la careta tras la cual lo escondía. Ahora al fin iba a reconocer su cara verdadera. Pero no. Lo que vio no fue la faz de esa crápula, no fueron esas facciones delicadas, casi pálidas, ni esos hermosos ojos color esmeralda.
—Estoy drogada-— pensó–. —No fue solo agua fresca lo que el cochero me dio a beber por el camino. Seguramente fue un narcótico muy potente que ahora finalmente hace efecto y me trastorna.
¡No! no podía ser cierto lo que sus ojos se empeñaban en mostrarle. Las bellas pupilas verdes se ennegrecían y titilaban feroces hasta tornarse de un tono rubí sangriento. También de rojo sangre era la túnica y la capucha que llevaba Diana, y bajo la cual sobresalían sus negros cabellos cayendo a ambos lados de la pálida frente. Pero al mirar hacia abajo de esa frente le esperaba lo peor: la nariz, la grácil nariz de aristócrata de su patrona ya no estaba allí. En su lugar había un agujero. El asqueroso hueco de una calavera. Tampoco estaban ya sus pómulos ni sus tersas mejillas; no había carne, solo el hueso.
El rostro monstruoso se acercaba más y más por detrás de la flama de esa vela. También había cráneos blancuzcos que flotaban por delante y por detrás de la toga escarlata. Todo daba vueltas y vueltas enloquecedoras. Ahora volvía a oír el cántico retumbante. Estaba inerme, amarrada a merced de las calaveras, de la mujer horrible de la túnica y la cogulla escarlata, del pájaro demoníaco con el afilado cuchillo de sacrificio en su mano...
Para su fortuna ya no supo cómo proseguiría esa pesadilla, que era su realidad. Se desmayó.
Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago. El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco. —¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entraña...
En lo profundo del bosque, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las espesas ramas, se alzaba una edificación decrépita conocida como «La casona del atardecer». Su fachada destartalada y sus ventanas rotas contaban historias de decadencia y desolación. La leyenda que rodeaba a esa finca hablaba de un turbio pasado, marcado por la tragedia, y por un siniestro pacto con lo sobrenatural. Un grupo de jóvenes aventureros, atraídos por la mística de «La casona del atardecer» decidieron explorarla en una noche fría y lúgubre. La luna se asomaba entre las nubes arrojando luces fantasmales sobre el terreno desolado que rodeaba a la vieja casa. A medida que se acercaban, el crujir de las ramas secas bajo sus pies producía murmullos inquietantes. La puerta de la casona se abrió con un chirrido desgarrador, como si la estructura misma se quejase por la intrusión. Una vez dentro, el grupo se encontró con un ambiente cargado de polvo y decadencia. El aire estaba impregnado ...
—Primero pensé que se trataba de un saco flotando. Después me di cuenta de que era el cadáver de una joven.— declaró a la agencia de noticias A.P Walter Arnold, el hombre que descubrió en Texas (E.E .U.U.) el cuerpo sin vida de Irene Garza el 21 de abril de 1960. Los periódicos de entonces calificaron a la joven mexicano-estadounidense como "una belleza de cabello negro" y "profundamente religiosa". La víctima, una maestra de primaria de 25 años y reina de belleza, había desaparecido hacía seis días tras visitar la iglesia católica del Sagrado Corazón en la ciudad texana de McAllen, con el propósito de confesarse. Jamás regresaría a su casa. Según su autopsia, fue violada, golpeada, asfixiada y arrojada a un canal de irrigación. La bonita chica solía presentarse a los concursos de belleza locales, y en el año 1958 había devenido coronada Miss Sur del estado de Texas. De acuerdo indicó la prensa: —"Tenía una encantadora combinación de belleza e inteligenci...
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