Los malditos



La ceremonia nupcial había sido perfecta. Tal cual lo soñaran, ella lucia su blanco vestido de seda con el coqueto velo de novia, y él su elegante smoking negro. Solo en una cosa los recién casados se diferenciaban de tantos jóvenes enamorados: no salían de una iglesia, sino de un recinto infernal. Y la vida eterna, a cambio de la cual vendieron su alma al Príncipe de las Tinieblas, tendría el más alto de los precios. 

Aunque jóvenes y hermosos ante los ojos humanos, al volver a su cripta y a la lumbre de la luna llena, se veían como realmente eran: dos cadáveres vivientes, con rostros convertidos en calaveras y la carne pudriéndose eternamente. Y es que el Maligno no dejaría de reclamarles su ofrenda de sangre. 
Cada noche, nuevas víctimas caerían bajo el filo de sus cuchillos. La bella maldita distraería a los hombres y él los atacaría por la espalda, desgarrándolos una y otra vez. El esposo maldito haría lo propio con las mujeres. Las prostitutas resultaban las presas más fáciles. Aceptaban gustosas la oferta del seductor caballero para acompañarlo a los sombríos recovecos. Entonces ella emergía de súbito y se les abalanzaba, cortándoles la garganta. 
Consumado el acto letal transportaban los cuerpos sin vida en su carruaje, los despojaban de las ropas, y los mutilaban empleando hachas y sierras. Finalmente, arrojaban los restos a las aguas del río. 
Así fue como la historia registró aquellos crímenes horrendos y absurdos. Los asesinatos del Támesis perpetrados desde 1873 a 1889 en el Londres victoriano no serían resueltos. Nunca se sabría que en realidad habían sido ella y él los causantes de aquel espanto; una pareja de homicidas poseídos por Satán, dos sirvientes del averno. 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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