Los fantasmas de la culpa
Las había matado. Ya no estaban en este mundo. Eran fantasmas que de golpe, sin previo aviso, se le presentaban. Se le aparecían cuando acudía a su gran casa de campo. En las noches de luna llena esas mujeres levitaban entre los árboles. Vestían de blanco con sus largos cabellos al viento y, aunque bellas, sus lívidos rostros y sus miradas perdidas mostraban la fría quietud de la muerte. Él sabía bien quienes eran o, mejor dicho, quienes habían sido cuando vivían pues, por su culpa, ya no pertenecían al plano terrenal.
A veces creía verlas también mientras daba su matinal paseo por los jardines y calles de Londres, con el Big Ben y el Palacio de Buckingham al fondo. Y también se le aparecían en atardeceres gélidos, con el viento levantando las hojas que el otoño desprendía a los árboles. Mientras caminaba absorto en sus tristes pensamientos, portando su largo gabán, su chistera y su bastón preferido, creía que ellas lo espiaban.
Habían transcurrido varios otoños ya desde aquello. Ahora el demonio que entonces lo poseía le había dejado en paz. Y él había vuelto a ser, por fin, el noble caballero inglés de siempre. El buen padre de familia, el médico, vecino y amigo respetado. ¿Por qué volvían ellas? El nunca las había odiado, no les deseaba mal alguno. En realidad le resultaban indiferentes. Solo eran prostitutas que vendían su cuerpo por cuatro peniques. Eran pobres «desdichadas» como les llamaban los buenos ciudadanos de la Inglaterra victoriana. Nunca había querido sus servicios en verdad.
Cuando ellas lo conducían a los oscuros callejones creyendo que era un cliente él no las deseaba. Solo sus gargantas lo atraían, le producían esa sensación extraña, esa urgencia. Un descuido y su cuchillo rasgando, una vez, dos veces, la sangre salía de los cuellos. Unos cortes rápidos. No les daba tiempo a gritar. Se desplomaban en el suelo adoquinado. Luego él abría su maletín y sacaba el bisturí, el escalpelo y los demás instrumentos de su profesión médica idóneos para hacer la disección. Debía hacerlo a toda prisa, necesitaba sus entrañas.
Su Padre Infernal se lo exigía. Solo si recibía esas ofrendas las voces dentro de su cabeza se callaban, dejaban de acosarlo. Pero tras haber transcurrido varios otoños, cuando por fin el Maligno lo había abandonado, aparecían ellas. Veía sus figuras espectrales por todos lados.
Las mujeres que apenas conoció durante unos minutos llegaban para hacerle compañía. Estaban en el aire, sus imágenes flotaban y eran gigantescas. No lo miraban, le ocultaban su rostro. Sin embargo sentía sus reproches. Ya no podía soportarlo. Por primera vez asumía la enormidad de sus crímenes, y lo ahogaba la culpa.
Esos fantasmas lo asediaban, y ahora sí lo miraban con ojos desorbitados, con terror. Los mismos ojos llenos de espanto que vio cuando les cercenaba el cuello y la sangre empezaba a fluir. Ahora él caminaba por las cercanías del río Támesis mientras la noche se volvía más brumosa y helada, con la luna arrojando su pálida lumbre sobre las aguas que corrían bajo el puente. Una fuerza extraña lo forzaba a acudir a ese lugar siniestro. Quería regresar al calor de su hogar, pero aquel poder invisible lo seguía conduciendo hacia allí, a su pesar.
Dirigió su vista hacia un callejón y vio venir a una de ellas. Su apariencia había cambiado. Su rostro ya no era bello sino que parecía el de un cadáver. De su cuello cortado brotaba sangre que manchaba sus senos y su blanco vestido. De su boca de dientes putrefactos salían muecas de angustia y desesperación. Luego los fantasmas de otras mujeres aparecieron mostrando sus cuerpos dolientes y heridos.
Ellas sufrían, continuarían padeciendo eternamente por sus injustas y violentas muertes no vengadas. Finalmente él lo comprendió: Debía hacer que dejaran de sufrir, y para lograrlo sólo había una manera. Tenía que ir hacía el río, debía entrar en las frías aguas del Támesis y dejarse morir allí. Debía estar con ellas para siempre.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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