La venganza del hombre cabra

 

En una región boscosa a las afueras de Louisville, estado de Kentucky, Estados Unidos de Norteamérica, sobre el arroyo Pope Lick se extiende un viejo puente que, durante las noches, ha dejado de transitarse por culpa de un mito particularmente macabro. 

Aquel viaducto, y en general todo el lugar próximo al arroyo, ha sido señalado como un enclave maldito, el sitio donde se aparece la "Cabra humana". La silueta de este engendro se asemeja a la de un ser humano velludo, con patas de cabra y cuernos. La leyenda guarda ecos de Baphomet, un mitológico demonio cuya forma es mitad hombre y mitad cabra. 

Los desprevenidos viajeros que en horas nocturnas cruzan por esa pasarela o que, sencillamente, deambulan en sus cercanías, corren el riesgo de ser sorprendidos por una aparición horrenda. Un mutante que se parece a un hombre, pero con el aspecto de un macho cabrío de gran cornamenta y mirada diabólica.

La fiera emerge entre las sombras y acomete contra el caminante agrediéndolo con saña. En el fragor del ataque la atroz bestia cornea a su presa, la lanza por encima de la barandilla del puente, y la despeña al vacío. Segundos después todo ha concluido, y un nuevo cadáver mutilado será descubierto al amanecer del día entrante.

A la luz del sol, por la mañana y la tarde, esa zona resulta pacífica, y puede ser transitada sin problemas; pero al caer la oscuridad solo los viajeros más valerosos, o los más imprudentes, se atreven a andar por las orillas del arroyo. Jóvenes incrédulos, ansiosos de desafiar el tétrico rumor, han entrado en el bosque luego del atardecer. Impulsados por la curiosidad y portando armas de fuego ingresaron al antro de la cabra humana. Al ir en grupo lograron salvar la vida, y gracias a sus testimonios se conoce la fisonomía del esperpento que les agredió entre las brumas. Las armas que llevaron de poco sirvieron pues, por mucho que dispararon contra el monstruo, las balas impactaron en su fornido cuerpo peludo sin ocasionar el menor daño.

Cuenta la leyenda que todo comenzó cuando, al traspasar el puente, un ferrocarril descarriló y extravió uno de sus carricoches. Ese tren jalaba a un circo, y dentro de cada habitáculo viajaban los integrantes de esa troupe: payasos, mujeres barbudas, acróbatas, tragasables, forzudos, y también varios animales. El vagón perdido llevaba el camarote principal de la comparsa circense. Aquellas personas lograron sobrevivir al accidente. Aunque heridos, salieron arrastrándose sobre el terreno boscoso. Pero no habían llegado demasiado lejos, sus cuerpos estaban despedazados. Algo, o alguien, les había quitado la vida de forma en extremo violenta. 

En torno al escenario de la masacre se veían huellas. No se trataba de marcas causadas por patas de osos, coyotes ni de ningún depredador conocido. Las extrañas huellas parecían ser de una cabra. La policía quedó asombrada hasta el estupor. No era posible que una inofensiva cabra fuese responsable de perpetrar aquella matanza. Inspeccionando el vagón, los investigadores localizaron una jaula de hierro rota, abierta a la fuerza, cómo si quien estuviese prisionero dentro de ella hubiese escapado.

Durante las siguientes jornadas, los pesquisas dieron con un superviviente. Ese individuo no viajaba en el tren, pero trabajaba en el circo y brindó una declaración que sonaba increíble. Aseguró que dentro de la jaula traían encerrada a una criatura extraña. Los dueños del circo habían adquirido a un niño de aspecto espantoso que, aunque humano, tenía rasgos de animal; incluido un par de pequeños cuernos que sobresalían de sus sienes. Lo utilizaban como parte del show. Los espectadores pagaban por contemplar aquella rareza; aun cuando creían que se trataba de un infante disfrazado. 

Su verdadera naturaleza semi bestial solamente resultaba conocida por los miembros del circo. De hecho, por la década de mil novecientos treinta aquel niño mitad humano y mitad cabra había sido comprado como esclavo, y como tal era tratado. Fue creciendo y su aspecto se volvió cada vez más horrendo, pero el éxito de aquella troupe se basaba en ese espectáculo grotesco. Desde todos los pueblos acudían para verlo; ahora ya se sabía que no se trataba de un chico escondido tras un disfraz, sino de un ser deforme. 

La existencia de esta criatura fue trágica. Devino objeto de constantes abusos y vejámenes por parte de los miembros del circo. Durante años guardó su impotente resentimiento, hasta que un día se produjo el siniestro donde descarrilaron los vagones. Fruto del tremendo impacto su celda de hierro sufrió averías, y en ese momento el recluso supo que podía huir. Su fuerza descomunal le permitió forzar las rejas magulladas, y evadirse de su prisión. Lleno de esperanza se dirigió rumbo al bosque; allí al fin sería libre. Sin embargo, por el camino vio a sus verdugos lastimados, gimiendo de dolor y arrastrándose en busca de auxilio.

El odio tanto tiempo contenido estalló dentro del hombre cabra. No tuvo piedad con ellos. Uno por uno desgarró sus carnes, cortándolos con sus pezuñas y sus filosos cuernos. No obstante, su rencor hacia los humanos no se extinguió tras la matanza. Se refugió entre los árboles, y halló su alimento en los frutos silvestres y en pequeños animales. Durante las noches, su oído y su olfato agudos captan a los intrusos que merodean el arroyo y cruzan por el puente. Entonces, sale de su escondite, les dirige su mirada hipnótica y los deja inermes. Sus rojas pupilas brillan malévolas iluminando la penumbra. En cada una de sus víctimas el hombre cabra cree ver el rostro de alguno de sus torturadores.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.



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