La última noche del caníbal


Ese extraño vagaba por los senderos y los montes con su sobretodo, su capa y su capucha negra. Recién había acabado su transformación y demoraría un rato en retornar a su estado normal. Aún mostraba trazas del engendro en que se convertía durante las noches de plenilunio. Sus enormes ojos brillaban como focos amarillentos, y su rostro cadavérico, de filosos dientes, aunque era humano reflejaba una expresión caníbal de animal voraz. Pero esta vez ya estaba agotado, harto de sangre, de matar para vivir. 

Por eso horas más tarde, cuando volvió a recobrar su apariencia humana, no se resistiría ante la pareja de inquisidores que venían desde el pueblo por él, y que habían ordenado encender la hoguera del sacrificio. No obstante, antes de ajusticiar al monstruo caníbal era preciso celebrar un breve trámite como justificación. Lo encerraron en un calabozo de la inquisición, donde lo amarraron con gruesas cadenas en sus brazos y sus piernas.

El inquisidor de barba blanca, luciendo su hábito monástico y escoltado por dos robustos guardias, lo interrogaba sin concederle descanso. Ante las acusaciones él no respondía, y solo observaba el vacío de la celda con gesto ausente. Entonces se hizo venir a familiares de las víctimas quienes, bajo la tenue llama de los candelabros, lo escrutaban a prudente distancia con una mezcla de temor y asco. Esos aldeanos serían los testigos de la metamorfosis. Luego, con sus declaraciones se labraría el acta de prueba judicial; documento necesario para fundamentar el pedido de condena a muerte por el crimen de licantropía. 

El religioso mandó correr la tapa de la claraboya enrejada y, al llegar la noche, despuntó la luna llena. Su lumbre se filtró desde el trozo de techo abierto iluminando al prisionero. El encadenado comenzó a retorcerse. Gritaba con furia lanzando blasfemias contra Dios; parecía que iría a romper los grilletes y saltaría sobre sus captores. Instantes más tarde aconteció lo increíble. De pronto su cuerpo se puso a temblar, al tiempo de que hilillos de baba escurrían de sus labios; atravesaba por un trance. El sacerdote inquisidor, los guardias y los aldeanos contemplaban atónitos las mutaciones que en el rostro del prisionero se iban produciendo.

Aquel hombre se estaba transformando frente a sus ojos. Las mejillas se le hinchaban, su cabello ralo crecía enmarañado como el de un animal, la nariz se le desfiguraba y en su lugar aparecía un hocico, una fila de colmillos sustituían a sus dientes y el cutis se le resquebrajaba. Pero lo peor vino después, cuando de súbito el mutante abrió sus párpados, y los encegueció con el brillo de su mirada perversa. 
Al menos esta fue la versión que esos testigos brindaron ante el magistrado instructor.

Al relato de lo ocurrido en aquella mazmorra se sumó la versión de los pocos que, sin convertirse en sus víctimas, lo vieron actuar. Esos pueblerinos contaron que el imputado, aunque al principio tenía forma de hombre, sufría un ciclo diabólico y se volvía una fiera. Su apariencia era semejante a un fornido lobo humanoide de gruesa piel velluda, manos con dedos afilados como garras, y fauces sedientas de sangre poblada por agudos colmillos. 

Ocurrida la transmutación, extraía de su bolsa el ropaje de guerra con el cual se cubría: un taparrabos de piel, un collar y una desgastada chaqueta de cuero negro. Finalmente, aquella bestia del averno empuñaba el terrible hacha que usaría para finiquitar y mutilar a sus víctimas.  Entre el enredado ramaje se divisaba su musculosa mole, enfundada en ese macabro atuendo. Pero el rasgo distintivo que los lugareños no podían olvidar, y que temblaban de pavor al recordar, consistía en esos ojos malvados de expresión gélida que parecían focos ambarinos destellando en las oscuras brumas nocturnas. La mirada salvaje causaba horror, paralizaba a sus presas humanas, vencía su resistencia y les impedía la huida, dejándolas inermes ante sus acometidas. 
De las sombrías arboledas del pantanoso bosque emergía, durante los anocheceres de luna llena, aquel hombre lobo monstruoso que se dirigía al pueblo para asesinar. Cadáveres de hombres, mujeres y niños despedazados, esparcidos por los caminos, daban cuenta de sus letales incursiones. Una vez consumadas las matanzas retornaba a su guarida y se sumergía en las turbias aguas del pantano, ocultándose entre las ramas y las hojas de la vegetación que rodeaba al lago. Ningún explorador, ninguno de sus perseguidores, osaba adentrarse más allá de las orillas del pantanal. Aunque iban armados con fusiles, y portaban antorchas para darle caza y acabar con su reinado de terror, no se atrevían a traspasar aquel límite invisible.
Cuando salía de la frondosa arboleda ya nadie lo asediaba, y entonces regresaba a su existencia humana normal. Al amanecer siguiente vestía con sus sobrias y elegantes ropas, y volvía a asumir sus quehaceres habituales. Nadie, ni sus sirvientes, ni sus vecinos, sospechaban de ese caballero respetable que, durante los plenilunios, se trocaba en el lobo mutante al cual se apodó «El monstruo caníbal del bosque». Nunca se supo quien lo delató, ni cómo logró su denunciante convencer a los jueces para que ordenaran su aprehensión.
En esa época lejana las garantías en los juicios contra humanos devenidos en monstruos, licántropos o brujos dejaban mucho que desear. Tomando esto en cuenta, en tiempos más recientes, se especuló que la real identidad del caníbal pudo ser la de un asesino en serie; un maníaco sanguinario al cual la fantasía popular confundió con un hombre lobo o un gorila brutal, de tan bárbaros y aberrantes que resultaron esos homicidios con mutilación. 
En los interrogatorios a los que lo sometió la inquisición (posiblemente realizados bajo tortura) el reo admitió que acudía al bosque en las noches de plenilunio para llevar a cabo su metamorfosis. Entre los árboles y bajo la lumbre de la luna ingería una pócima mágica, invocaba al Maligno y, acto seguido, se iba convirtiendo en un despiadado hombre lobo sediento de sangre. Según se pretendió, a lo largo de ese proceso de transformación, aunque al principio conservaba su fisonomía humana, era un engendro del averno. Mientras se iba trasmutando de hombre a bestia, aquel diabólico sujeto vagaba por los caminos vestido con su elegante sobretodo y su capucha oscura.  

Los testigos de cargo juraron ante la Corte que aquel individuo fue responsable de mutilar y despedazar a dentelladas a catorce infantes, cinco hombres y cuatro mujeres; de las cuales dos de ellas estaban en cinta. Se adujo que a tales féminas el engendro les habría devorado los fetos y los corazones y que, además, mantuvo relaciones sexuales forzadas con esas víctimas femeninas antes de ultimarlas. 
Una vez que fue detenido y juzgado el hombre lobo, el gentío congregado en la plaza pública tuvo ocasión de presenciar una inmolación espeluznante. Sin embargo, más allá de la fantasía, lo cierto fue que una vez producido su arresto, tras su proceso y ejecución, ya no acaecieron más muertes violentas, y la calma volvió a reinar en aquellas tierras. 
Cuando las llamas consumieron su cuerpo, el aire se llenó de un hedor imposible de describir. Algunos juraron ver, entre el humo que se alzaba al cielo, una silueta bestial que se retorcía intentando escapar de su destino. Otros aseguraron que escucharon un rugido, mitad humano, mitad animal… un grito que no pertenecía a este mundo.
Desde aquella noche, la luna volvió a brillar serena sobre los campos, y las aldeas durmieron en paz. Pero entre los susurros del viento, aún hay quienes dicen que, en las madrugadas de plenilunio, puede oírse el eco de pasos pesados cruzando el bosque… como si el caníbal no hubiera muerto del todo. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.​



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