La transformación
Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago.
El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco.
—¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entrañas y parecía estar matándolo, aunque no sufría dolores, sino un estado anímico jamás antes experimentado. Quiso abrir los párpados, pesados como anclas en medio de la honda somnolencia que le embargaba. María, su sirvienta y ayudante en esos experimentos, inclinado sobre él, cogía con fuerza sus manos. Pero su patrón no reaccionaba; continuaba rígido como si hubiese muerto mientras, con angustia, ella lo cacheteaba tratando de reanimarlo.
El hombre se hallaba consciente, aunque no podía despertar. No sabía si soñaba o si vivía una nueva realidad. De pronto su cuerpo se puso a temblar, al tiempo de que hilillos de baba escurrían de sus labios; atravesaba por un trance. María observó su rostro y percibió las extrañas mutaciones que en esa faz se iban produciendo.
Su empleador se estaba transformando delante de su vista. Las mejillas se le hinchaban, su cabello ralo crecía enmarañado como el de un animal, la nariz se le desfiguraba y en su lugar aparecía un hocico, una fila de colmillos sustituían a sus blancos dientes y el cutis se le resquebrajaba; pero lo peor vino después, cuando él abrió los ojos de súbito, y la cegó con el brillo de esa mirada perversa.
—¡Virgen Santa!— gritó la mujer, y le soltó la mano irguiéndose y buscando la salida para darse a la fuga; pero no podía hacerlo, la puerta estaba cerrada con llave.
El científico, exultante, comprendió que el brebaje no lo había matado sino que había mutado de forma, que un demonio interior lo poseía y ya nada sería como antes. No sentía ningún temor, su natural timidez se había esfumado; por fin estaba libre de las represiones sociales que antaño le habían maniatado. Se puso de pie sintiéndose más vital, más joven, con la sangre circulando a toda velocidad por sus venas. María lo miraba presa de pánico.
—¡Por favor no me lastime señor!— le suplicó.
—No temas, a ti no te haré daño alguno— repuso.
Buscó en uno de los cajones del escritorio y cogió la llave con la cual abrió la puerta. Ella escapó corriendo. El científico soltó una carcajada al comprobar el miedo que generaba, nunca antes le habían temido. Se miró en un espejo, le urgía saber qué había aterrado tanto a la mujer. Entonces supo que ya no tenía una apariencia humana, su cara era un horror y su interior estaba transformado; se agitaba desbordante de odio y furia. Descendió por las escaleras y fue hacia el perchero, del cual tomó su sombrero y su bastón de roble con empuñadura de mármol. Se dio cuenta de que no podía salir así a la calle, debía esconder su nuevo y horrible rostro. En su sala de estar se colocó una careta teatral, la máscara con expresión triste que usaba en las festividades británicas.
Se dirigió a la puerta de ingreso y, tras abrirla, salió rebosando de maldad en el corazón, y deseo de venganza palpitando en el alma. Ya en la calle sintió que su sangre corría cada vez más vertiginosa, mientras azotaba con su bastón las farolas y las paredes. Al verlo, los peatones se encogían y protegían de su ira. Y eso que aquellos idiotas no podían ver su verdadera cara oculta por la máscara teatral, se dijo. Se acercó al río Támesis y cruzó por los bulevares más bulliciosos, atravesando calles serpenteantes y retorcidos callejones. Las ratas y los gatos callejeros escabullían ante su amenazante presencia, y él gozaba al percatarse que la gente a su alrededor corría para ponerse a salvo.
Finalmente, comprendió a dónde lo dirigían sus frenéticos pasos: rumbo a la casa del amigo felón que le había robado a su adúltera esposa. Tras andar un trecho se encontró frente a la mansión del canalla. Golpeó con el llamador y dio fuertes palmadas en la madera. Al rato la puerta de roble se abrió y un sujeto mucho más corpulento que él, de pie en el umbral, le miraba con enfado. Aunque lucía el disfraz teatral el otro no albergaba dudas sobre su identidad.
—Cómo te atreves a venir aquí, gusano.— espetó furioso. —¿Acaso quieres recibir otra paliza? ¿Crees que no te romperé la cara, pese a esa ridícula careta que llevas puesta?
Él se quedó estático mientras el dueño de la residencia, muy confiado, se ponía en guardia con los puños en alto para pegarle, como ya había hecho en el pasado. Pero antes de que pudiera lanzar el primer puñetazo, el mango de mármol del bastón se estrelló contra su nariz, quebrándola y dejándola ensangrentada. El hombre transformado, volvió a levantar el báculo y le atizó a su rival en plena cabeza. Una, dos, tres veces. El agredido se dobló sobre su cintura, emitiendo quejidos de dolor. Gritó tanto que una joven salió de la finca, corriendo despavorida. Era la esposa infiel.
El científico siguió ensañándose con su víctima, lo tomó por la chaqueta y arrojó al piso. Con una lluvia de golpes le partió los huesos, mientras la mujer chillaba con desesperación. Por fin el amigo traidor quedó exánime sobre las baldosas de la acera, con la vida huyendo ante cada nuevo feroz impacto del cayado con pomo de mármol.
Entonces el loco se abalanzó sobre la mujer, le aferró la garganta, y vio con deleite cómo los ojos se le salían de las órbitas. Ella se iba desplomando y, cuando cayera desmayada, él sacaría su puñal para rematar la faena. Pero de repente sonó un silbato y, al mirar hacia atrás, avistó a tres agentes de policía venir en su dirección. Soltó a su presa y echó a correr, entró en un callejón, y fue internándose por estrechos caminos rumbo al terraplén hasta que logró burlar a sus perseguidores. Resoplando henchido de satisfacción prosiguió su raudo escape, y se fundió con la oscuridad.
El científico disfrutaba la mejor noche de su vida. O al menos eso creía su mente afiebrada, mientras trotaba por los recovecos del pobre distrito a dónde sus alocados pasos lo condujeron. Tras dar muchos giros y vueltas, logró despistar a los policías que lo perseguían. De eso estaba seguro. La extraña y terrible droga consumida lo volvía más fuerte, ágil y decidido que cualquier oponente humano. Un intenso deseo de destrucción y caos lo embriagaba. Seguía exultante, poseído por el frenesí diabólico. No podía pensar claramente; es más: no podía en realidad pensar, únicamente actuaba, era todo instinto. Un vago recuerdo de su pasado, de cuando hasta pocas horas atrás fuera un hombre respetable, se cruzó por su cerebro. Pero aquello no le trajo sino una mueca de desprecio. Cuarenta años desperdiciados, pensó.
¿De qué valía ser respetable y buena gente? Demasiado bueno había sido y para nada le sirvió. Incluso fue burlado por su mujer y por ese colega traidor que fingió ser su amigo y que, a sus espaldas, se acostaba con la infiel. Pero lo habían pagado muy caro esos dos cerdos. El bastón con cabeza de mármol ya no se veía blanco sino rojo, y aún chorreaba sangre fresca. ¡Qué hermoso gozo sintió al destrozarle la cara a golpes a ese puerco felón! Y en cuanto a ella …disfrutó al recordar cómo la estrangulaba, al ver el terror reflejado en los bellos ojos azules de su esposa, cuando sus manos, poderosas como nunca, la ahogaban. Solo le faltó quitarse el embozo para mostrarle su nueva y monstruosa apariencia; así la zorra se hubiese estremecido de miedo antes de morir. Se exaltó al rememorar esas escenas.
¡Pensar que casi pudo culminar su venganza! Ya estaba por extraer la daga para concluir el trabajito cuando aparecieron esos policías cretinos gritando y agitando sus porras, mientras corrían hacia él. No le quedó más remedio que largar a la maldita arpía y huir a todo trapo. De pronto, un sonido a su espalda lo sacó de sus recuerdos.
—Una limosna míster, unos peniques por amor de Dios.
Se dio vuelta y descubrió de dónde provenía la quejumbrosa voz. Era el mendigo más desarrapado que había visto. Estiraba hacia él su sucia mano envuelta en un rotoso guante de lana y vestía con harapos que le hicieron fruncir la nariz, de tan malolientes. Repuesto de la sorpresa, el hombre transformado lo encaró, con una sardónica sonrisa bajo el embozo teatral.
—¡Oh, claro que sí amigo!— respondió, impostando un tono cordial. —Un buen cristiano jamás abandona a un hermano necesitado de ayuda— agregó, y con gesto ampuloso llevó su diestra al bolsillo interior de su chaqueta. Al menesteroso se le hizo agua la boca, era raro encontrarse con un señorón tan finamente vestido en aquel barrio. Y qué amable parecía. ¿Por qué llevaría puesta esa graciosa máscara? se preguntó. Sin embargo no lo preocupó ese curioso detalle; tal vez el caballero viniera de una alegre fiesta de disfraces, supuso.
—Gracias míster, gracias, con tres peniques bastaría para comer algo en esta noche tan fría, no he comido nada en to…
No pudo terminar de articular la frase. El horror le había paralizado pues, con un gesto brusco, el otro se sacó la máscara dejando ver su espantoso rostro. Luego el pordiosero se llevó las manos a la garganta, en un acto reflejo, tratando en vano frenar el flujo rojo que se escurría desde su cuello mutilado. No había sido dinero lo que extrajo de su chaqueta aquel pérfido, sino el puñal que no pudo usar para liquidar a su adúltera esposa. Y esa arma ahora sí mostraba su eficacia hiriendo el cuerpo del viejo, que cayó de espaldas sobre los adoquines. El loco, arrodillado a su vera, levantaba su brazo y lo bajaba con frenética virulencia una y otra vez. El cuchillo aferrado por su diestra se hundía muy hondo, tajando los andrajos y cortando la carne. Los espasmos y los quejidos de dolor del moribundo le excitaban. No podía ni quería detenerse, aunque su víctima ahora no era más que un guiñapo sangrante. En el frenesí de su satánica rabia ya solo empuñaba el mango de bronce. El filoso acero roto, de tanto rasgar los huesos del cadáver, había quedado clavado en el corazón, cual una estaca.
En ese callejón desierto nadie escuchó los gritos. No había curiosos a la vista. El que una vez fuera un noble científico dejó atrás aquella barbarie. Sintió la sangre manchando su rostro horrendo. Volvió a ponerse la careta y agitando su bastón de roble corrió rumbo a su mansión. Por primera vez durante esa noche de furia el pánico superaba a su ansia asesina. El poder de la droga se diluía, y al fin pudo razonar. Continuaba siendo un malvado y, aunque su apariencia había vuelto a ser humana, él era una sombra del hombre que fuera. No sentía arrepentimiento por sus crímenes, únicamente pavor y angustia ante la inminencia del castigo. Cuando cruzó la esquina antes de llegar a su residencia su vista, aguda como de lince, pudo advertirlos sin ser reconocido. El carruaje aparcado frente a la entrada pertenecía a la Policía Metropolitana de Londres. Los tipos de vestidos de civil que custodiaban la puerta eran agentes. Adentro habría más detectives. Ya habrían interrogado a la servidumbre, y su fiel sirvienta María lo habría delatado para evitar ser condenada como su cómplice.
En unos segundos él supo cuál sería su destino: la horca. Debió haber matado a la perra. Su gran error fue dejarla viva. Ella lo había denunciado y condujo a los polizontes hasta su mansión. Se dio vuelta sin ser visto y corriendo, sintiendo fatiga ahora, siendo más humano ahora, se internó por la calle lateral hasta llegar a la entrada trasera. Introdujo la llave en la cerradura, abrió la ruinosa puerta y, una vez dentro, la cerró de golpe. Allí estaba oculta su habitación secreta. Se sentía seguro en esa pocilga. Ni siquiera su asistenta conocía ese escondrijo separado de la casa principal. No le pondrían las manos encima. Fue hacia el arcón polvoriento y extrajo la pequeña botella. Sacudió el contenido y, tras quitar el corcho, lo traspasó a un vaso. No lo atraparían vivo, se juró. Se quitó la careta teatral. No necesitaba mirarse en el espejo para saber que su fisonomía ya no era la de un monstruo.
Cuando horas después los policías irrumpieron rompiendo la puerta, lo hallaron. En el aire enrarecido del cuchitril se percibía un intenso olor a almendras amargas. El fuego de la chimenea iluminaba su rostro pétreo, convertido en una masa lívida y pavorosa. Su cadáver yacía rígido sobre las tablas del suelo. El vaso roto, caído cerca de su mano derecha, mostraba rastros de veneno.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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