La súplica del niño muerto
En el verano de 1937 el viudo Joe Alcott y su adolescente hija Liza eran flamantes inquilinos de una vieja casa en Brooklyn, condado de Nueva York. El padre estaba enfrascado en las reformas necesarias para volver confortable ese sitio, que tres días atrás les fuera entregado sucio y en completo desorden. El bajo precio del arriendo se compensaba con las refacciones que el arrendatario se comprometía a practicar, y la labor le venía resultando más ardua de lo imaginado. Para peor Liza, quien al principio se mostrara muy entusiasmada de vivir en esa casona, ahora le rogaba que, por favor, se largasen de allí sin mayor dilación.
Su abrupto cambio de opinión comenzó el día anterior, cuando se aprontaba para bañarse. La chica se quedó en bragas y camiseta, pero antes de terminar de desnudarse echó un vistazo al espejo. Le pareció ver algo extraño reflejarse en él en sus anteriores visitas al baño pero, al fijar la mirada, aquella silueta se esfumaba lentamente. No obstante en esta ocasión resultó diferente.
Detrás suyo se proyectaba con total nitidez una forma humana, un menudo jovencito pobremente vestido. Liza, paralizada por el susto, volvió a mirar, y la figura seguía reflejada en el cristal. El rostro del chiquito le suplicaba; parecía estar tan angustiado como lo estaba ella ahora. La jovencita reunió coraje y dio media vuelta. Buscó a su alrededor pero no había nadie. Nuevamente observó el espejo, y el rostro infantil aún se reflejaba con su mueca de súplica. Segundos después la aparición se desvanecía. La muchacha salió corriendo del baño y gritó pidiendo auxilio a su padre que, en la planta baja, reparaba la derruida sala de estar. Joe la tranquilizó lo mejor que pudo.
—La reciente pérdida de tu mamá te ha afectado mucho hija mía. No hay ningún niño oculto en esta casa. Sólo estamos nosotros dos.— le argumentó.
Finalmente la chica se dejó persuadir y se vistió para acudir al colegio secundario. Pese a que llegaría tarde, reunirse con sus compañeras de clase le ayudaría a olvidarse del niño fantasma.
A la mañana entrante el preocupado Joe Alcott continuó su trabajo de acondicionar la finca. Se propuso hacer unos orificios para fijar clavos en la pared de la cocina con el propósito de empotrar una alacena. Martillo y cincel en mano se volcó de lleno a la tarea. Al primer golpe el falso muro cedió, dejando al descubierto un amplio boquete. En lugar de una superficie sólida aparecía un hueco oculto tras un empapelado.
Fastidiado por lo que creyó era una torpe treta del dueño para hacerle creer que la vivienda no estaba tan calamitosa, arrancó de un tirón el papel a fin de ver qué había detrás. Estaba en penumbras, por lo que se sirvió de una linterna con cuyo haz lumínico enfocó un sospechoso bulto envuelto en una sábana. El aterrado inquilino no necesitó descorrer la tela para adivinar lo que contenía su interior. Su olfato agredido por el fétido olor que de allí procedía se lo anunciaba a las claras: se trataba del cadáver, en muy avanzado estado de descomposición, de un chiquillo estrangulado.
El niño fantasma que se le materializó a Liza reflejado en el espejo había logrado su propósito. Sus desconsolados padres por fin podrían inhumar debidamente sus restos. La desesperada súplica del niño muerto no había sido en vano. Y es que aquellos patéticos despojos pertenecían a quien en vida fuera Billy Gaffney, y su victimario lo constituyó un maníaco ejecutado el año anterior: el tristemente célebre Albert Fish.
El 11 de febrero de 1927 el infante jugaba en el patio exterior del apartamento de su familia en Brooklyn cuando desapareció. Un conductor de tranvía observó en los periódicos una foto del asesino, y lo identificó como el anciano que viese aquella tarde tratando de calmar a un niño sentado a su lado en el transporte. El chico lloraba clamando por su madre pero el hombre, sin hacerle caso, lo arrastró a la fuerza fuera del vehículo público. La policía cotejó la descripción sobre ese niño con la filiación de Billy Gaffney y concluyó que, sin duda alguna, se trataba del mismo chico.
El cuerpo del infortunado menor permaneció extraviado durante una década hasta ser descubierto por Joe Alcott en la vieja finca, entonces abandonada, donde su homicida lo mantuvo secuestrado y, luego de vejarlo y torturarlo, lo ahorcó.
Previo a ser localizados los restos del occiso su desconsolada madre había visitado en la prisión al confeso asesino, y rogó que le dijera donde tenía escondido el cadáver de su hijo, para así poder brindarle cristiana sepultura. El desalmado Albert Fish respondió entregándole una carta en la cual describía los sádicos tormentos que había infligido al secuestrado y donde, entre otras aberraciones, relataba:
"...Me dirigí con él a la zona de Riker Avenue. Ahí hay una casa que permanece sola no lejos de donde lo rapté. Llevé al chico ahí dentro, lo desvestí, até sus manos y pies, y lo amordacé con un harapo sucio que recogí en el fregadero. Entonces quemé sus ropas y arrojé sus zapatos al tiradero. Regresé, cogí el tranvía de la 59 Street a las 2 a.m. y caminé desde allí a mi hogar. Al día siguiente, cerca de las 2 p.m., volví a la casa abandonada llevando herramientas y un muy buen látigo casero con mango corto. Corté uno de mis cinturones a la mitad, y luego corté esas mitades en seis tiras de unas ocho pulgadas de largo. Azoté su trasero desnudo hasta que la sangre corrió entre sus piernas. Después le corté las orejas y la nariz, y le tajeé la boca de oreja a oreja. También le saqué los ojos. Estaba muerto entonces. Enterré el cuchillo en su vientre, acerqué mi boca a sus heridas y bebí su sangre."
Las parafilias de este monstruo incluían la práctica de canibalismo, como quedó evidenciado en su siguiente crimen.
En efecto: el 3 de junio de 1928 la humilde familia Budd creyó recibir una buena noticia. Necesitados de dinero habían puesto un aviso en el periódico solicitando un empleo para Edward, el primogénito de sus dos hijos; y aquel día, un individuo de edad avanzada y aspecto respetable, que decía llamarse Frank Howard, llamó a la puerta de su apartamento con un ejemplar en la mano. Explicó que tenía una granja en las afueras de Long Island y que, si al joven no le molestaba pasar la vida al aire libre en el campo, estaba dispuesto a darle una oportunidad.
Puede que fuera por la gratitud que sintieron, o quizás confiaron demasiado en aquel hombre bajito de cabellos grises. Fuese cual fuese la razón, Albert y Delia Budd aceptaron que ese extraño llevara a su hija Grace a la fiesta infantil que casualmente la hermana de éste iba a dar aquella misma tarde. Naturalmente, no había ninguna fiesta. La desdichada niña fue dirigida hacia una finca deshabitada donde Albert Fish -el impostor que se hacía llamar Frank Howard- la asesinó.
Semanas después arribó una esquela al domicilio de los Budd, en la cual “Howard” confesaba haberlos engañado y ser un caníbal. La cruel misiva finalizaba narrando:
“…La fiesta infantil era un pretexto, conduje a su hija Grace a una casa abandonada donde la estrangulé, la corté en pedazos y comí parte de su carne. No tuve sexo con ella. Murió siendo virgen”.
Una dirección semi borrada en el dorso del sobre permitió a la policía seguir la pista de Albert Fish, de sesenta y seis años, hasta una mísera pensión de Nueva York, donde fue arrestado. El detenido aseguró que torturaba y mataba niños acatando órdenes directas de Dios, cuya voz oía con frecuencia. En cuanto al homicidio de la nena y la posterior canibalización de su carne, sostuvo que tales actos le producían un éxtasis sexual tan delicioso que se veía impelido a repetirlos, sin mirar los riesgos.
Este perturbado infanticida, cuyo aspecto semejaba al de un inofensivo ancianito constituyó, a despecho de su frágil apariencia, uno de los más depravados asesinos en serie de los Estados Unidos de Norteamérica.
Cuando se lo apresó los investigadores policiales registraron sus cínicas confesiones, y así supieron que el crápula había segado la existencia de -cuando menos- una docena de niños pobres a lo largo de una sanguinaria orgía en sus andanzas por varios estados de Norteamérica. Los médicos que lo examinaron en la prisión tendrían que haber emitido un inapelable reporte acreditando su desquicio psíquico, y ello hubiere sido suficiente para salvarle de la pena capital. Sin embargo, aunque sus abogados defensores alegaron que era inimputable por demencia, sus aberrantes delitos contra la infancia repugnaron tanto al jurado que se lo reputó consciente de la criminalidad de sus acciones.
El 16 de enero de 1936 fue ejecutado en cumplimiento de una sentencia que lo condenó a morir por electrocución en la silla eléctrica de la famosa prisión de Sing Sing. Lejos de aterrorizarse, según parece, casi disfrutó con el episodio y ayudó a los guardias a amarrarle las correas, pues quería saber qué se sentía al ser recorrido por la corriente eléctrica.
—Será el último estremecimiento y placer que sentiré en mi vida— declaró ante los asombrados funcionarios y policías que lo condujeron a la sala de ejecución.
Soportó un par de choques eléctricos antes de fallecer. Fueron precisas dos tentativas para acabar con su existencia y recién expiró después de la segunda, y mucho más potente, descarga de electricidad. La primera descarga hizo cortocircuito (no es broma) debido a los alfileres y agujas que el reo tenía insertos en sus testículos y escroto.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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