La leyenda del wendigo

La leyenda de la maligna criatura de los bosques conocida como el «Wendigo» se remonta a 1660. El primer reporte histórico sobre tal ser se debe a un grupo de misioneros franceses que ese año arribaron a la inhóspita región de Los Grandes Lagos (Canadá). 

Su propósito consistía en catequizar a las tribus locales, y a tal fin organizaron una expedición. La inicial etapa de su proyecto consistía en acudir a un asentamiento de colonos, formado el año anterior; dado que con la ayuda de éstos planeaban construir nuevas viviendas y sitios dedicados al culto religioso. Cuando llegaron a aquel paraje no encontraron sino restos, nada había quedado en pie del asentamiento. Esparcidos en torno a esa zona boscosa localizaron cadáveres mutilados. 
Aterrados, se dirigieron a la vecina aldea de los Ojibwa, nativos pacíficos, a quienes preguntaron si sabían qué había sucedido. Estos aborígenes les explicaron que los habitantes del asentamiento fueron atacados por un wendigo. El primero de los colonos que sufrió un mordisco de esa fiera no falleció, pero se transformó en caníbal y agredió a sus compañeros quienes, a su vez, se fueron transformando en wendigos y se devoraron entre ellos. Por cierto que los frailes no se creyeron esta historia. Pero tomaron nota e informaron a sus autoridades eclesiásticas sobre el horrible suceso y, a partir del mismo, fue que los europeos conocieron el tenebroso mito del espíritu inmundo que habita en los bosques. 
Esta leyenda ancestral ha ido en aumento desde aquel lejano año. Hoy día disponemos de muchos más datos respecto de ese ser o grupo de seres. Así por ejemplo, se sabe que el sonido de la respiración de este malvado duende del bosque es un siseo profundo que causa un miedo atroz. 
Cuando esta criatura acomete a la luz del día, antes de su ataque ocurre una situación inusual: no se oye ningún sonido en el ambiente. Esto resulta muy raro pues aun durante el invierno, en las regiones boscosas de los Grandes Lagos, habitan aves y otros pequeños animales que hacen ruido; siempre se siente allí el ulular de los pájaros. 
Sin embargo, cuando el wendigo se aproxima todo sonido desaparece de repente, y tan solo se logra percibir el jadeo de su respiración, que va tornándose más intensa. Otra característica es que su aspecto varía dependiendo del tiempo que lleve cazando. Según las creencias más antiguas, este engendro al principio adopta la apariencia de un ser humano, pero cuando usurpa el cuerpo de una víctima es porque esta se halla en una situación extrema; en muchas ocasiones ya está esquelética por falta de alimento. Acomete a hombres y mujeres devastados por la hambruna y el humano víctima de su ataque, mordido por esta bestia, sufrirá una transformación en los días venideros. Se despojará de sus vestimentas y, prisionero de un frenesí demencial, atacará, mutilará y devorará a sus compañeros.
 En el acto caníbal es cuando tiene lugar la transmutación. Primero su cuerpo mejora, gana en peso y musculatura; pero por más que coma continúa sintiendo apetito. Esa es su condena, siempre padecer hambre, ansias de despedazar. 
Entonces, con el correr de los días, irá perdiendo partes de su cuerpo, y su aspecto se volverá macabro. No obstante, el humano convertido en wendigo no muere, porque goza del don de regenerarse a sí mismo. Las manos se le convierten en garras, una cornamenta similar a la de un ciervo crece sobre sus sienes, y la piel toma un color amarillento y se le llena de llagas. Luego, la criatura comienza a deambular entre los árboles en procura de más carne humana; y así proseguirá hasta el inicio de la primavera cuando, abrumado por el cansancio, buscará una cueva donde refugiarse para recuperar fuerzas. 
En esa madriguera pasará el resto del tiempo totalmente ausente. Al retornar el invierno saldrá ansioso por devorar todo cuanto se tope en su camino. Los primeros días del invierno suelen ser los peores. En ellos el wendigo merodea por campamentos y aldeas, y allí es cuando un mayor número de personas desaparecen sin dejar rastro alguno. 
¿Cómo dar muerte a un wendigo? Es muy difícil terminar con este engendro, pues restaña sus heridas si estas no devienen letales. Un flechazo poco daño le hará, y si una trampa dentada atrapa una de sus patas, podrá arrancársela pero el monstruo sobrevive, y al poco tiempo recobra la porción corporal perdida. Si se atraviesa su corazón muere, pero no resulta fácil hallarlo, dado que su anatomía no es humana. Ultimarlo disparándole con balas de plata, en especial si tales municiones están bendecidas, parecería constituir un mito no comprobado.
 Los nativos aseguran que únicamente es posible librarse de él clavando una flecha en su corazón y, sin darle tiempo a reponerse, cortarlo en pedazos con cuchillos o hachas. Seguidamente, es preciso quemar en una hoguera sus restos malditos. Y si eso no fuera factible, hay que rociar con sal las extremidades amputadas para que nunca más vuelvan a regenerarse. 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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