La expedición
El 25 de enero de 1959 dio inicio una expedición compuesta por diez estudiantes de la Unión Soviética, ocho varones y dos mujeres. Salvo uno de ellos, todos los demás integrantes eran jóvenes que cursaban en el Instituto Politécnico de los Urales de Ekaterimburgo. El objetivo del grupo expedicionario consistía en avanzar por los montes Urales (cadena montañosa que opera como frontera natural entre los continentes de Europa y de Asia) y escalar una montaña.
Por cierto que no se estaba ante una expedición improvisada sino que, por el contrario, cada etapa del periplo había sido planificada con minucia. No era para menos, pues el propósito devenía en extremo riesgoso, por lo que no podía dejarse nada librado al azar. El objetivo final del viaje radicaba en ascender al pico montañoso Otorten, ubicado al norte de la cordillera.
Al comando del entusiasta equipo iba Igor Dyatlov, un vigoroso montañista de veintitrés años, en quien confiaban ciegamente sus compañeros. El lugar que se planeaba recorrer sería, con justicia, bautizado como Dyatlov en honor al apellido de este chico. A su vez, el extraño y trágico destino que recaería sobre los expedicionarios se designaría para la posteridad como "El misterio del paso Dyatlov". Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
Igor, cámara en mano, iría registrando cada avance de la travesía, y a tales fotografías se debe, en gran parte, el conocimiento que actualmente poseemos de aquella expedición. El grupo avanzó desafiando el clima helado, los furiosos vendavales y las constantes nevadas. El invierno soviético no había sido tan desapacible en décadas, pero la providencia quiso que a fines de ese enero de 1959 la naturaleza se complotase contra aquellos valientes. Sin embargo, lejos de retraerlos o amedrentarlos, esas dificultades extras estimulaban a los animosos jóvenes. Solo uno de ellos abandonó, ya desde el comienzo, la aventura; pero no lo hizo por cobardía sino por que le aquejó un severo quebranto de salud.
Aquel jovencito llamado Yuri Yudin, de veintiún años, aparece en las fotografías tomadas por Igor Dyatlov forzando una sonrisa, mientras era despedido por sus camaradas. Aunque Yudin maldijo los fuertes dolores que entonces sentía y que lo obligaron a renunciar a la empresa, esta aparente desgracia terminaría constituyendo una inmensa suerte para él, como más adelante podremos comprobar.
La inicial parada en su trayecto la efectuaron el 27 de enero en la localidad de Vizhai y, tras un breve descanso en este minúsculo poblado, los expedicionarios se internaron en un terreno hostil e inhóspito. Finalmente se llegó a la noche entre el 1º de febrero y la madrugada del día 2. Pese al entrenamiento que los integrantes del grupo poseían cometieron una equivocación fatal. Debido a un error de cálculo, se alejaron del sendero previsto, y la noche los sorprendió antes de lo esperado. Ante ello decidieron levantar un campamento en la ladera de la montaña Kholat Syakhl – cuyo nombre significa "Montaña de la muerte", en el idioma nativo.
Algunos especularon que los excursionistas armaron su carpa en ese sitio tan peligroso solo por el afán de desafiar los riesgos, imbuidos por una sed de aventura. Otros opinaron que se hallaban exhaustos de tanto enfrentar las condiciones hostiles de su marcha y que, rendidos por el cansancio, se limitaron a levantar la carpa donde habían llegado, con la esperanza de que no se produjera un alud o que las condiciones climáticas no se volvieran aún peores mientras dormían. Lo único comprobable es que emplazaron su lona de campaña en el lugar más inadecuado.
No se tendría ninguna noticia de ellos hasta transcurridos cuatro días, cuando otro equipo de excursionistas, que transitaba por aquellas gélidas tierras, se aproximó hasta su campamento para establecer contacto. Lo que allí vieron les heló la sangre, pues se toparon con un ambiente desolado. La tienda de campaña estaba hecha jirones desde adentro, cómo si los ocupantes hubieran huido aterrados, y una fiera destrozara la tela. Dentro de la destruida carpa estaban las pertenencias de los ausentes. Las ropas y la vituallas se hallaban prolijamente acomodadas, listas para ser usadas. No obstante, excepto por los grandes tajos en la lona, no se advertían indicios de violencia. Pero parecía notorio que los ocupantes se habían ido allí en una fuga apresurada, pues en el exterior se detectaban numerosas huellas.
Las impresiones sobre el terreno nevado mostraban marcas de pies descalzos que se dirigían torpemente ladera abajo. El rastro se perdía en un bosque y, junto a una roca, semiocultos entre la nieve caída en esas últimas jornadas, se veía un par de cadáveres. Se trataba de dos jóvenes en ropa interior yaciendo boca abajo, cerca de los restos de una fogata apagada. Debido al tremendo frío los cadáveres permanecían casi intactos, sin signos de putrefacción. Sin embargo, las palmas de sus manos estaban en carne viva, con la piel desgarrada como si hubiesen intentando subirse a los árboles de forma desesperada.
Unos metros a la redonda se ubicaron otros tres cuerpos congelados, entre ellos el del líder del equipo, Igor Dyatlov. Los organismos sin vida parecían estar en buenas condiciones, sin señales de agresión ni heridas. Estaba claro que no habían expirado a raíz del ataque de animales feroces; no se podía culpar a los osos ni a los chacales, ni a ningún otro depredador. Pero todos los finados exhibían un rictus de terror en sus facciones; era evidente que aquello que acabó con sus existencias les había provocado un horror intenso.
A partir del macabro hallazgo, la noticia se propagó. Varias cuadrillas de salvataje recorrieron la región durante semanas, en pos de dar con los cuatro estudiantes que permanecían desaparecidos; pero la frenética búsqueda devino infructuosa. Transcurrirían dos meses hasta que los cuerpos faltantes fueran ubicados, y lo que entonces se descubrió aumentó todavía más el desasosiego y la incomprensión ante lo ocurrido.
Los nuevos cadáveres estaban escondidos bajo la nieve, aunque iban vestidos con ropa apropiada para enfrentar el frío. Además, en esta ocasión los difuntos presentaban trazas de una violencia atroz. Todos tenían mutilaciones; e incluso a una de las jóvenes, Ludmila Dubinina, le faltaban la lengua y los ojos. Se pensó que ese horrible daño fue obra de un animal carroñero, pero nunca pudo saberse con certeza. Las autopsias practicadas a las víctimas dieron origen a grandes dudas y a preguntas inquietantes que hasta el día de hoy siguen sin estar resueltas, a pesar de las múltiples teorías postuladas para explicar la tragedia.
Quedaba patente que la causa de muerte de los primeros expedicionarios hallados fue la hipotermia. Dos personas desnudas en un clima que marcaba 30 grados bajo cero en el termómetro era lógico que perecieran a raíz del tan intenso frío; intolerable para organismos humanos. Pero respecto del estado de sus dedos magullados y de sus uñas destrozadas, las autoridades no dijeron nada. Pareció no haber interés en explicar tales rarezas. En relación a los otros cuatro cuerpos extraídos de la nieve, se estableció que padecieron muertes traumáticas semejantes a las producidas en un accidente automovilístico a gran velocidad. De esta manera, se invalidó la teoría de que hubiesen devenido víctimas de una brutal agresión cometida por terceras personas.
Además, se detectaron en sus ropas indicios de radioactividad, pese a que tal cosa resultaba físicamente imposible debido al lugar desierto en el cual fueron encontrados. Sus familiares denunciaron que la piel de los occisos mostraba un extraño tono marrón, pero tampoco se aportó explicación alguna a tal circunstancia.
La historia tomaría un giro sobrenatural cuando los periódicos publicaron relatos de campesinos y montañistas afirmando haber visto, por entonces, grandes luces amarillas flotando en el cielo nocturno. Tal vez los jóvenes, al mirar el negro horizonte, se aterraron a causa de las repentinas flamas que los iluminaron. Quizás, luego de entrar a la carpa, los expedicionarios comprendieron que serían atacados por seres de otro mundo y, debido a ello, corrieron despavoridos aquella noche del 1º al 2 de febrero de 1959.
La teoría de que expiraron tras sufrir una agresión extraterrestre se volvió una de las más populares. Ese insistente rumor se expandió hasta transformarse en una leyenda urbana, y los investigadores poco hicieron para desacreditarlo.
Otra de las conjeturas en procura de develar la incógnita apuntó al ejército soviético. Como se localizaron en la zona trozos metálicos de procedencia desconocida, ese hallazgo, sumado a la alta radioactividad registrada en los cuerpos de las víctimas, ayudó a que esta versión se difundiese en forma notable. Se especuló que una prueba atómica realizada por los militares provocó aquel desastre, y que la verdad nunca salió a luz por un ocultamiento de las autoridades. La indagatoria oficial estuvo a cargo del coronel Lev Ivanov, y se clausuró al poco tiempo, sin arrojar resultados concluyentes. No se descubrieron móviles racionales que justificaran lo acontecido, ni se sugirieron posibles culpables. Todo quedó en el más hondo de los misterios, como un secreto soterrado bajo la nieve de la Montaña de la Muerte.
En época reciente, el investigador Mike Libecki en un controvertido documental aseguró que las evidencias demostraban la participación letal de una bestia salvaje desconocida para la ciencia: el abominable Menk o Yeti ruso.
En cuanto a Yuri Yudin, aquel jovencito que salvó su existencia gracias a la dolencia que le privó de unirse a sus compañeros en la nefasta aventura, falleció en el año 2013. Aunque con los años se convirtió en un destacado profesional y formó una familia, jamás pudo, supo o quiso olvidar el pasado. De hecho, se sentía culpable por haber quedado vivo, mientras que sus camaradas sucumbieron a un destino mortal. Tal vez si los hubiera acompañado podría haber hecho algo para evitarles ese sórdido y cruel final, pensaba. En un diario localizado tras su muerte resumió su angustia en una frase, donde consignó:
—Ojalá algún día Dios quiera responder la pregunta que tantas veces me formulé: ¿Qué les ocurrió en verdad a mis amigos aquella noche?
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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