El monstruo del Támesis
Encendió su primera pipa de la jornada y, desde el interior de su fino carruaje, observó el muelle del Támesis con el Big Ben y el palacio de Buckingham al fondo, en ese nuboso atardecer. Estaba preocupado y ansioso, tanto que olvidó quitarse la escamosa máscara verde de monstruo marino, que estrenaría en el ritual. Se justificaba su preocupación considerando que el trabajo a ejecutar en el improvisado templo siempre entrañaba riesgos.
Se había aburrido de usar su careta en forma de calavera, con una abertura para respirar, dos huecos bajo los cuales asomaban sus pupilas, y la oscura cogulla que cubría su cabeza. Su nueva apariencia aterraría más que nunca a la víctima que sería inmolada a Satán. Incluso sus seguidores, quienes le conocían en persona, cambiaban de súbito su expresión cuando él surgía enfundado en su atuendo ceremonial. Y si los suyos le temían, cuán enorme era el horror que producía a sus presas humanas. Gozaba provocando miedo.Cuando la chica destinada para el sacrificio lo vio con su disfraz de pulpo horrendo no pudo parar de temblar, e implorar clemencia.
Aquella noche de plenilunio en que la asesinaron todo le salió a pedir de boca a la secta diabólica. La joven pordiosera había sido atraída mediante engaños. Luego de ser llevada ante el Maestro se le forzó a ingerir un brebaje tan potente que, cuando su cuerpo inerme fue depositado en el altar, estaba tan drogada que casi no sufrió al ser apuñada en la garganta.
Aquel rito impío resultó perfecto, consumado en medio de flameantes antorchas, presidido por la estatua del macho cabrío y la gran cruz invertida. Tras la invocación al amado Satán los acólitos cargaron el organismo sin vida hasta el taller anexo, en el cual pasaron a la segunda etapa de la infame ceremonia, y desmembraron a la occisa. Después se debían esparcir los mutilados restos por el río , para que toda Inglaterra se estremeciera de pavor al conocer el resultado de la diabólica faena.
Introdujeron en bolsas los trozos de la difunta y los cargaron dentro del rodado. Ya despojado de su disfraz, ascendió a su carruaje y ordenó emprender la marcha. El cochero atizó su látigo sobre los caballos dando comienzo a la travesía. Iría rumbo a su buque privado, donde lo esperaban otros subalternos, y lanzaría los restos al río. No en vano la gente se refería a él mediante el apodo de "El Descuartizador del Támesis" o "El monstruo del Támesis". No imaginaban que los crímenes eran obra de un grupo de dementes, y no de un homicida individual.
Durante el viaje fue relajándose, su nerviosismo y ansiedad desaparecieron. Ningún sobresalto había sobrevenido en esta ocasión. Se sintió invencible; Satán lo protegía. Extrajo su pipa, la llenó de tabaco y aspiró el humo con satisfacción.
Pero el perverso jefe satánico no sabía que el destino tenía otros proyectos. Cuando subió a bordo de su barco no lo aguardaban sus secuaces. Todos estaban muertos.
También él fue sorprendido por sus enemigos. Estos le cortaron el cuello, y su cadáver arrojado a las frías aguas del río jamás fue identificado.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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