El monstruo del bosque

 

Los pocos testigos que sin convertirse en sus víctimas lo vieron contaron que, aunque al principio tenía forma de hombre, sufría un proceso diabólico y se transformaba en una fiera. Su apariencia era semejante a un fornido lobo humanoide de gruesa piel velluda, manos con dedos afilados como garras, y fauces sedientas de sangre poblada por filosos dientes y colmillos. 

Ocurrida la transmutación, extraía de su bolsa el ropaje de guerra con el cual se cubría: un taparrabos de piel, un collar y una desgastada chaqueta de cuero negro. Finalmente, aquella bestia del averno empuñaba el terrible hacha que usaría para matar y mutilar a sus víctimas. 
Entre el enredado ramaje se divisaba su musculosa mole, vestida con ese macabro atuendo. Pero el rasgo distintivo que los lugareños no podían olvidar, y que temblaban de pavor al recordar, consistía en esos ojos malvados de expresión gélida que parecían focos verdosos destellando en las oscuras brumas nocturnas. La mirada salvaje causaba horror, paralizaba a sus presas humanas, vencía su resistencia y les impedía la huida, dejándolas inermes frente a sus ataques. 
De las sombrías arboledas germanas del pantanoso bosque emergía, durante las noches de luna llena, aquel hombre lobo monstruoso que se dirigía al pueblo en pos de asesinar. Cadáveres de hombres, mujeres y niños despedazados, esparcidos por los caminos, daban cuenta de sus letales incursiones. Una vez consumadas las matanzas retornaba a su guarida en el bosque y se sumergía en las turbias aguas del pantano, ocultándose entre las ramas y las hojas de la vegetación que rodeaban al lago.
Ningún explorador, ninguno de sus perseguidores, osaba adentrarse más allá de las orillas del pantanal. Aunque iban armados con fusiles, y portaban antorchas para darle caza y acabar con su reinado de terror, no se atrevían a traspasar aquel límite invisible. Cuando salía del bosque ya nadie lo asediaba, y entonces regresaba a su existencia humana normal. Al amanecer siguiente vestía con sus sobrias y elegantes ropas, y volvía a asumir sus quehaceres habituales. Nadie, ni sus sirvientes, ni sus vecinos, sospechaban de ese caballero respetable que, durante los plenilunios, se transformaba en el lobo mutante al cual se apodó «El monstruo del bosque». 
Nunca se supo quien lo delató, ni como logró su denunciante convencer a los jueces para que ordenaran su aprehensión. En aquellos tiempos las garantías en los juicios contra humanos devenidos en monstruos, licántropos o brujos dejaban que desear. Tomando esto en cuenta, se especuló que la real identidad del monstruo de bosque pudo haber sido la de un asesino en serie; un maníaco sanguinario al cual la fantasía popular confundió con un hombre lobo o un gorila caníbal, de tan feroces y aberrantes que resultaron esos crueles homicidios con mutilación. 
Sin embargo lo cierto fue que producido su arresto, tras su proceso y ejecución, ya no acaecieron más muertes violentas, y la calma volvió a reinar en aquellas tierras. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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