El hotel de los horrores

Por medio de una sucesión de estafas el médico Herman Webster Mudget (alias H. H. Holmes) compró un terreno y emprendió la construcción de un fastuoso hotel que semejaba una fortaleza medieval. Diseñó personalmente el interior del lugar, dado que las compañías que habían iniciado los trabajos edilicios abandonaron la empresa. De esa forma resultó el único que conocía los escondrijos de la imponente arquitectura.

Las habitaciones contaban con trampas y puertas corredizas que desembocaban en un laberinto de pasillos secretos, y en las paredes había mirillas disimuladas desde donde el vesánico galeno observaba a sus desprevenidas invitadas deambular por la finca. Debajo de los pisos de madera instaló una conexión eléctrica que le posibilitaba, a través de un panel indicador dispuesto en su oficina, rastrear a sus futuras víctimas.
Manejaba, además, grifos para bombear gas los cuales, conectados a las habitaciones, le permitían eliminar a varias mujeres sin tener que moverse de su sitio. Cuando tiempo más adelante los errores incurridos por el terrible cirujano determinaron su aprehensión, los policías que allanaron aquella extraña morada en busca de pruebas se llevarían una sorpresa rayana en el estupor.
Ocurrió que descubrieron que el hotel también había sido utilizado como cámara de torturas y sala de ejecuciones.Este aberrante artificio estuvo concluido un año antes de inaugurarse la exposición de Chicago, el 1º de mayo de 1893.
El doctor Mudget puso en funcionamiento su hotel de los horrores llevando hasta ella a todas las jóvenes solas y ricas que conocía en la feria, procurando que éstas residieran en estados alejados para evitarla inoportuna visita de amigos y parientes. Muchas de las féminas fueron atraídas hasta ese recinto mediante promesa de matrimonio, y luego se las forzaba bajo tortura a firmar poderes en favor del médico donde le cedían toda su fortuna. A otras chicas las asesinaba con el objeto de cobrar los seguros cuyas pólizas obligaba a transferirle.
En el macabro hotel las víctimas eran ultrajadas, sometidas a tormento y, finalmente, asesinadas. Acto seguido transportaba los cadáveres sobre montacargas y los trasladaba hacia los sótanos donde los disolvía en grandes piletas con ácido sulfúrico o los cremaba dentro de una enorme estufa.
Otro método de eliminación consistía en sumergir despojos humanos en cal viva. Todos los artilugios obrantes en el sórdido palacete estaban preparados con el fin de saciarlos perversos instintos de su dueño. Había construido una habitación en cuyo interior guardaba abundante cantidad de instrumentos de suplicio.
Entre ellos –y aunque parezca increíble- instaló una máquina para hacer cosquillas en los pies con la cual mataba de risa a quienes así atormentaba. Antes de desembarazarse de los organismos solía desmembrarlos o despellejarlos para practicar bestiales experimentos.
Las ganancias que le reportaba su hotel mermaron pronunciadamente al terminar la exposición, por lo que se vio en la necesidad de buscar otras salidas a fin de sanear su empobrecida economía. Elucubró entonces prender fuego al último piso de su mansión con el propósito de que la compañía de seguros tuviera que pagarle una cuantiosa indemnización de sesenta mil dólares de aquella época.
El proyecto delictivo se frustró pues la empresa aseguradora indagó a fondo y constató el fraude. Al quedar en descubierto, se fuga hacia Texas. En esa ciudad comete varias estafas que lo conducen por primera vez a la cárcel. Sale libre bajo fianza y trama una nueva defraudación. Junto con un cómplice llamado Benjamin Pitizel proyecta un plan.
Su compañero debía contratar un seguro de vida en la ciudad de Filadelfia y, transcurrido un tiempo prudencial, la esposa de este hombre se presentaría reclamando la prima. Antes la mujer debía concurrir a la policía llevando consigo un cadáver anónimo, previamente desfigurado, pretendiendo que era el de su infeliz marido muerto en un incendio.
No obstante, tal cual era de suponer, el médico se resiste a compartir las ganancias con la beneficiaria. En realidad, su plan siempre consintió en asesinar a su cándido socio fingiendo un accidente y presentarse a requerir el pago del importe del seguro. También proyectaba deshacerse de la señora Pitizel y de sus hijos.
Una vez concretado el homicidio contra su socio, se dirigió a la morgue pretendiendo ser un amigo del occiso y pidió reconocer el cuerpo. Luego buscó a la viuda para que fuese a cobrar el dinero de la póliza. Lo que el estafador asesino no tuvo en cuenta fue que un ex compañero de celda -quien estaba al tanto del complot- iría a delatarlo.
La compañía de seguros se negó a abonar, contrató a investigadores privados y denunció el fraude alas autoridades. Los inquiridores emprenden una minuciosa pesquisa hasta que el doctor Holmes confiesa ser el autor de los crímenes de Pitizel y sus hijos menores. Aunque muchos policías mancomunaron esfuerzos en procura de la resolución del enigma, el investigador que tuvo el mérito de revelar el caso fue Frank Geyer, quien trabajaba para la renombrada agencia de detectives Pinkerton contratada entonces por la aseguradora.
Una vez iniciado su proceso penal, Mudget/Holmes sorprende a fiscales y jueces por su habilidad para manipular y mentir. Acosado por la esposa de Pitizel para que confiese ser el matador de su marido y de sus hijos trata de disuadirla escribiéndole una melodramática carta donde termina exhortándola:
“Ud. me conoce bien señora. No puede creerme capaz de asesinar a niños inocentes sin ningún motivo”.
El pérfido reo se divertía adjudicándose asesinatos que no había consumado de personas que aún estaban con vida en ese momento. De paso, mientras se comprobaba si la información era verídica, lograba retrasar la dilucidación de su juicio criminal. No existe una cifra segura del número de muertes que provocó. Aunque en unas memorias escritas durante el lapso en que estuvo recluido previo a su ejecución confesó ser culpable de haber cometido veintisiete homicidios, las pruebas forenses recogidas en su fúnebre hotel apuntan a que la sumatoria de víctimas podría haber excedido las ciento cincuenta.
El “doctor torturador” -mote con el cual lo tildó el periodismo de aquellos tiempos- fue condenado a perecer en la horca por el tribunal de Filadelfia, y la sentencia se llevó a efecto el 7 de mayo de 1896. Contaba con la edad de treinta y seis años al momento de acaecer su forzado deceso.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo. 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión