Cara de cuero

 

El cuerpo decapitado se balanceaba desde las vigas del cobertizo, suspendido por los tobillos. Estaba abierto en canal y, más que el cadáver de una mujer, parecía una res recién faenada. Al menos eso creyó el oficial ayudante al mirar por primera vez entre las brumas de ese recinto apestoso. Sin embargo, cuando enfocó el haz de su linterna advirtió su error. La viuda que desde días atrás buscaba ya no sería una persona desaparecida. 

Un ruido estridente lo había conducido hacia ese galpón. Hubiese jurado oír una motosierra en marcha. Ahora reinaba el silencio, pero el policía intuyó que no estaba solo en aquel antro. Al dirigir la lumbre hacia una esquina descubrió a ese sujeto enmascarado, oculto detrás de la tabla donde trozaba la carne. Daba escalofrío aquella sonrisa grotesca en la cara de cuero de un muerto desollado, cocida con gruesos hilos. El monstruo empuñaba la motosierra, y parecía estar a punto de volver a ponerla a funcionar. 
Le apuntó con su revolver de reglamento y, al recibir la voz de alto, el hombre disfrazado no ofreció resistencia; levantó los brazos en señal de rendición, dejando caer la letal herramienta. El oficial lo esposó a una tubería, y salió presuroso. Debía avisar al sheriff, quien se hallaba registrando otro sector de la residencia. Pero, antes de ir en procura de su superior, su revuelto estómago ya no pudo aguantar más, y vomitó. 
Los espantos salieron a la luz al proseguir la búsqueda dentro de la granja. Al revisar aquel lugar los policías también localizaron una mascarilla similar a las utilizadas en obras teatrales y, para colmo de horrores, más caretas confeccionadas con piel humana. Más tarde, él confesó que disfrutaba al observarse en el espejo y comprobar cómo iba cambiando su apariencia. Primero se quitaba la caretilla teatral y debajo surgía la careta de carne humana con los horribles costurones, tras cuyos orificios asomaban sus gélidos ojos celestes. Luego se despojaba también de ésta, quedando al descubierto el rostro real de ese homicida enajenado. 
El culpable era un granjero solterón que siempre había vivido con su madre, una fanática religiosa que dominaba toda su vida. Tras morir ésta, el hijo comenzó a desenterrar cadáveres en los cementerios. Los transportaba a su vivienda, donde los examinaba, tenía sexo con ellos, y se los comía. Con los cráneos fabricaba cuencos para beber sopa, y con el pellejo confeccionaba brazaletes y vestidos. Cubrir su desnudez con la piel de las fallecidas le daba placer. Pero pronto la carne descompuesta dejó de saciarlo, y necesitó sentir la calidez emanada de cuerpos humanos recién cortados. 
A su propiedad los vecinos la llamaron «Granja de los cadáveres». Corrió el rumor de que estaba maldita, habitada por espíritus malignos que forzaron al victimario a cometer esas aberraciones. Una vez recluido el responsable de los atroces desmanes, aquel establecimiento fue quemado hasta los cimientos.
 Esta sórdida historia había comenzado años atrás, y su protagonista fue un individuo menudito e insignificante que parecía incapaz de matar a una mosca. Edward «Ed» Gein -pues así se llamaba- siempre residió en una pequeña granja de Estados Unidos en la localidad de Planfield, Wisconsin, y se ganaba la vida haciendo reparaciones para sus vecinos. Nunca se casó, y compartió su vivienda hasta ser un adulto junto con su madre, mujer de religiosidad exacerbada que no permitía a su hijo mantener relaciones sexuales normales. 
En el año 1945 la señora falleció víctima de un ataque cardíaco, tras lo cual su hijo cayó en un declive aún más pronunciado de su frágil razón. Comenzó a merodear por el cementerio local con su vieja camioneta. Los lugareños veían esa costumbre como otra de sus excentricidades. No podían imaginarse el verdadero motivo que lo impulsaba a emprender aquellas raras excursiones: desenterrar cadáveres femeninos, para ejercitar sobre ellos lúgubres actos de necrofilia.
 El 8 de diciembre de 1954 ultimó de un balazo a Mary Hogan, la veterana dueña de una taberna, cuyo cadáver se llevó en su camioneta hasta su granja. En las indagatorias fueron interrogadas decenas de personas, pero a pesar de los esfuerzos policiales nada se supo respecto del paradero de la desaparecida. El nuevo crimen perpetrado por Edward Gein se produjo el 16 de noviembre de 1957. Entró a la ferretería del pueblo y realizó una compra. Una vez concluida la operación mercantil, en lugar de entregar el dinero, con su rifle calibre veintidós le disparó en la cabeza a Bernice Worden, la madura dueña de ese negocio. Después, y tal como había hecho con su anterior presa humana, arrastró el cuerpo inerte y sangrante hasta su furgoneta partiendo rumbo a su casa. 
En esta ocasión le resultaría fácil a la policía localizar al culpable puesto que la occisa, al registrar la compra efectuada, había anotado el nombre de su asesino en la boleta. El sheriff y su oficial asistente se apersonaron en la granja del principal sospechoso con la intención solo de interrogarlo pues, pese a la delatora evidencia que había dejado en la ferretería, a los agentes aún les costaba concebir que el aparentemente pacífico campesino fuera culpable de la violenta agresión. 
Luego de ser capturado el demente, además de las tétricas máscaras, se halló basura, revistas pornográficas, y toda suerte de deshechos, incluidos trozos de cadáveres, dentaduras postizas, fundas de cuchillos fabricadas con piel humana; y en la cocina fue ubicada una colección de cráneos aserrados que se usaban como ceniceros. 
Los médicos forenses detectaron los restos de únicamente dos mujeres victimadas. Los otros despojos humanos pertenecían a cadáveres que el psicópata había desenterrado tras profanar sus tumbas. Se libró de ir a la cárcel dado que la justicia lo declaró insano, y ordenó su encierro en un manicomio. Se admitió que este individuo había cometido sus crímenes en estado de aguda demencia, y gracias a ello no fue ejecutado sino que concluyó calmadamente su existencia tras pasar largos años recluido en un hospital psiquiátrico. 
El 26 de julio de 1984 falleció como consecuencia de insuficiencia cardíaca. Los restos mortales de «Cara de cuero» terminaron sepultados junto a los de su querida madre, bajo la tierra del cementerio de Planfield que tiempo atrás fuera mudo testigo de sus abominables incursiones. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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