Acoso en las sombras

 

El sueño atroz se repetía. Sin embargo ella no sentía miedo. Sumida en su honda somnolencia intuía que, aunque resultaba espantosa, tan solo se trataba de una pesadilla y que, mediante un acto de voluntad, en poco tiempo lograría despertarse. Pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía recobrar la consciencia. Cuanto más veces lo intentaba más inmóvil continuaba. Sus músculos yacían rígidos negándose a obedecerle, como si ya hubiese fallecido. Su cuerpo tieso sería introducido en un ataúd, y acabaría reposando bajo tierra para siempre.  

Al no poder escapar del sueño el pavor la invadió. Se creyó envuelta en tinieblas. De pronto, un par de ojos de mirada hipnótica y malvada se le aparecían. Aquellas pupilas de brillo sangriento la atisbaban desde el rostro huesudo de un difunto. Una rotosa capucha enmarcaba el cráneo del muerto viviente. Después a aquel zombi se le unían otros seres similares, con sus carnes corruptas y sus cabellos desgreñados. Arriba de estos mutantes, surcando por un cielo plomizo, volaban bandadas de aves rapaces. La penumbra la envolvía, y esos monstruos la acosaban en las sombras.

La durmiente era una mujer hermosa. Esa noche había regresado muy cansada luego de realizar su trabajo nocturno. Lucía ropa interior de encaje: medias blancas con liguero en sus torneados muslos y pantorrillas, y un bodi de seda ajustaba su delgada silueta cubierta por una fina chaqueta de cuero. 

Tras ingresar a su vivienda se abrigó tapándose con un par de frazadas y, sin siquiera desvestirse, cayó rendida encima del colchón. Casi de inmediato fue que experimentó aquel extraño sueño en donde los cadáveres vivientes la rodeaban. Tras unos instantes que le parecieron interminables logró emerger del sopor onírico. Comprobó, sintiendo inmenso alivio, que sus músculos ahora le respondían y podía volver a moverse. Se había despertado finalmente; los fantasmas cadavéricos ya no la perseguían. No obstante, notó que no se encontraba sola, que una presencia malévola reptaba bajo su cama y, al intuirla, la joven abrió sus párpados sobresaltada. 
Tan grande devenía su temor a inclinarse, y revisar bajo el lecho, que de nuevo se quedó paralizada. Segundos más tarde ella se veía retirándose de allí. Avanzando por la sala de estar de su finca y dirigiéndose a la puerta de entrada. Ésta se hallaba sin la llave puesta. La chica la abría y traspasaba el umbral. 
Una fuerza irrefrenable la forzaba a emprender su camino. Ya se encontraba en el exterior. Era de noche. El viento agitaba la calle y ululaba feroz. Sin embargo eso no era lo peor. Sentía mucho frío. En ese instante se percató que había salido a la intemperie vistiendo la misma ropa con la cual se quedase dormida. Continuó su marcha sin rumbo, no podía evitar avanzar dando pasos de autómata; la compulsión que la embargaba era irresistible. Caminó por la acera mientras una enorme luna llena se cernía sobre el horizonte de un cielo nublado, semejante al que viera en su sueño reciente. 
No advirtió al monstruo que la espiaba acurrucado en el alfeizar de la ventana de una vieja casa. Desde la oscuridad aquella faz perversa, ahora gigantesca, la observaba ávidamente; y ella presentía la sórdida presencia flotando en el aire detrás de su espalda, aunque no se atrevía a darse vuelta y enfrentarla. 
Debía seguir adelante, tenía que llegar hasta el puente y cruzarlo, atravesar el ruinoso puente de madera, con matas de hierbas y desolados arbustos a ambos costados. No sabía por qué, pero se trataba de un sueño, y los sueños poseen sus propias reglas; en ellos no rige la lógica de la vigilia, todo allí deviene irracional, e incluso demencial. 
La animaba una necesidad imperiosa de ir a aquel puente, y de cruzarlo. Eso era lo único que en ese momento le importaba. Sin embargo, de súbito, algo aterrador ocurría. Se frenó en seco, y entonces los vio. Ya no era solo uno el engendro monstruoso que la acosaba, sino decenas, cientos. 
Avanzaban en dirección a la joven formando una masa compacta. Irrumpían en tropel, cual si fuesen integrantes de una manifestación gremial. No obstante, no portaban pancartas ni entonaban cánticos revolucionarios. Esa tropa ni siquiera era humana. Eran zombis, muertos vivientes, sombras espectrales. 
Le bloqueaban el paso al otro extremo del puente, comenzaban a venir hacia ella. Y la muchacha no podía retroceder para huir. Se había quedado rígida, sus piernas no le respondían. 
Mientras tanto, esa turba horrible se aproximaba. Ya podía ver claramente sus rostros desfigurados, sus muecas siniestras; hasta podía olerlos. La durmiente percibía el olor fétido a cadáveres en descomposición inundándolo todo. 
Tenía que despertarse, y debía hacerlo ya. ¿Y si estaba dentro de su casa, por qué sufría tanto el frío si recordaba estar en la cama vestida, arropada con dos frazadas de lana? ¿Debido a que extraña razón en esta oportunidad era distinto? ¿Por qué no podía de una vez por todas levantarse? 
Por mucho que lo quisiera no se despertaba. El sueño abominable no desaparecía. Ellos ahora estaban casi encima suyo, la rodeaban. Los espectros macabros la acosaban en las sombras. Al sentirse atrapada la joven y bella mujer gritó presa del pánico. Ya sentía sus manos de hielo tocar su piel indefensa, sus sucias y filosas uñas rasgarla... 
 *Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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