A la luz de la luna
Un asesino encapuchado y desquiciado aterrorizó a la ciudad fronteriza de Texarkana, entre Kansas y Arkansas en 1946, cobrando cinco víctimas mortales. Sus desmanes recibieron el mote de "Los crímenes a la luz de la luna", porque el fantasmal sujeto atacaba en las noches de plenilunio. Todos sus violentos delitos se perpetraron en la primavera de 1946 durante un breve período. El hombre de la capucha con orificios nunca fue capturado.
El primer ataque a la luz de la luna del enmascarado ocurrió alrededor de las 23:55 del viernes 22 de febrero de 1946. Jimmy Hollis, de 25 años, y su novia, Mary Jeanne Larey, de 19 años, estacionaron en una zona apartada, conocida como la calle de los enamorados, después de haber visto una película.
Un individuo portando una máscara de tela con un par de agujeros para los ojos y una linterna se acercó al coche de los novios por el lado del conductor, los apuntó con un arma y les exigió que salieran. Acto seguido, requirió al hombre que se quitara los pantalones, a lo cual este al principio se negó, y solo acató la orden ante el ruego de Mary Jeanne. La joven se percató de que ese asaltante no estaba bromeando, por lo que creyó preferible seguirle la corriente. Su novio se aflojó el cinturón y dejó caer los pantalones; momento que el otro aprovechó para golpearlo violentamente en la cabeza con un tubo de hierro, dejándolo inconsciente.
Mary Jeanne trató de huir, pero el agresor la tomó de un brazo por la espalda y la empujó, ordenándole que se pusiera a andar delante suyo. La chica caminó a través de la arboleda iluminada por la luna llena, seguida por el encapuchado. Aunque temblaba presa del pánico continuó avanzando, acechada por aquel sujeto. Alentaba la esperanza de que su novio se recuperase de la golpiza y pudiera pedir auxilio. El perpetrador la fue guiando en su caminata hasta que la jovencita llegó cerca de un automóvil estacionado a un lado de la carretera. Al advertir que él querría obligarla a subir al rodado para secuestrarla decidió oponer resistencia. Frenó su marcha y dio media vuelta enfrentando al criminal quien, curiosamente, le preguntó por qué corría, a lo cual ella contestó que lo hacía porque él se lo había ordenado.
—¡Zorra mentirosa!— le espetó furioso el delincuente, al tiempo que se le abalanzó y empezó a aporrearla con la barra de hierro. Tras desmayarla, el abusador le desgarró las bragas y la agredió sexualmente usando el cañón de su revólver. El sufrimiento hizo volver en sí a la desvanecida quien, al comprender lo que estaba ocurriendo, rompió a sollozar.
—¡Máteme de una vez por todas!— suplicó Mary Jeanne, estremecida por el dolor.
Su desesperada reacción pareció desconcertar al ejecutor, quien cesó su ataque y se apartó de ella, dándole tiempo para levantarse y echar a correr. El asaltante no la persiguió, y la joven cruzó la carretera hasta lograr dar aviso a la policía. Mientras tanto, Jimmy Hollis había recobrado el conocimiento y fue socorrido por un transeúnte. Lo trasladaron de urgencia al hospital donde suturaron sus graves heridas y le salvaron la vida.
El sheriff del condado de Bowie, William "Bill" Presley arribó al sitio del delito, acompañado de tres agentes. Localizaron los pantalones del herido a varios metros del coche aparcado. Tras mejorar de sus lesiones, tanto el joven como su novia brindaron testimonios contradictorios sobre el atacante: Hollis sostuvo que se trataba de un varón blanco de cutis oscuro y unos treinta años, mientras que Larey lo señaló como un afroamericano de tez clara y, a diferencia de su novio, afirmó que la máscara que portaba también tenía un orificio para la boca. Causó suspicacia a los pesquisas que los agredidos describiesen la fisonomía del ofensor, pese a que nunca le habrían visto el rostro oculto bajo la capucha.
Un mes después, el 24 de marzo, tuvo origen el primer doble asesinato. Richard Griffin, veterano de la marina de guerra de 29 años, y su novia, Polly Ann Moore de 17 años, fueron encontrados muertos en el sedán del joven, entre las 8:30 y las 9:00 de la mañana. El vehículo resultó localizado cerca de un bar llamado Club Dallas. Ambos habían recibido un disparo en la cabeza mientras estaban fuera del rodado, y luego los volvieron a colocar dentro. Se detectó un casquillo de cartucho de calibre 32, posiblemente disparado desde un revólver Colt. La policía local emprendió una pesquisa en toda Arkansas, a la cual se unieron los departamentos de sheriffs de los alrededores y agentes del FBI. Las autoridades entrevistaron a más de sesenta testigos y ofrecieron una recompensa en pos de obtener información fiable para develar el caso. Lamentablemente estos esfuerzos no dieron fruto y, al contrario, se generaron muchas pistas falsas que complicaron aún más las ya de por sí difíciles indagatorias.
El sábado 13 de abril volvió a brillar la luna llena. En el salón de veteranos de la guerra de Texarcana tuvo efecto una cena bailable que comenzó a las 20 horas. La banda musical del joven Gerry Atkins animaba la reunión, y sus componentes eran en su mayoría chicas adolescentes. Entre ellas destacaba por su belleza y sus dotes como trompetista Betty Jo Booker, una jovencita de dieciséis años. La sesión concluía a la una de la mañana, y el director del grupo se encargaba de trasladar a las muchachas a sus respectivos hogares.
Sin embargo, en aquella velada ocurrió una excepción. Betty tenía autorización de sus progenitores para quedarse a dormir en la residencia de una de sus amigas donde tendría lugar una clásica "pijamada de adolescentes". Un compañero suyo, el también adolescente Paul Martin, acudió para conducirla en su coche hasta la casa de la otra chica. Nunca llegaron allí. Horas después, policías alertados por la denuncia de los preocupados padres de Betty ubicaron dentro de su automóvil, en la carretera Nº 30, el cuerpo perforado a balazos de Paul Martin. Una milla y media más adelante se encontró el cadáver, también acribillado, de Betty Jo Booker. A ambos muchachitos los habían ejecutado con un revólver calibre 32, y la balística de la policía comprobó que se trataba de la misma arma de fuego con la cual habían finiquitado a los infortunados Richard Griffin y Polly Ann Moore.
Se supuso que en esta ocasión el Asesino de la luz de la luna no empleó su habitual máscara, sino que los adolescentes dieron un aventón al que terminaría siendo su verdugo, a quien probablemente conocían y que esta vez actuó a cara descubierta. Otra rareza consistió en que el saxofón de Betty estaba desaparecido. Pareció que a los absurdos homicidios se le había sumado un robo, pero días más tarde se localizó el instrumento botado en una barranca.
Los crímenes prosiguieron. El 3 de mayo, próximo a las 9 horas de esa noche de luna llena, Virgil Starks, de 37 años, granjero y soldador, y su esposa Katie, de 36 años, fueron agredidos dentro de su finca. Virgil devino asesinado a tiros desde una ventana cerrada, mientras leía un ejemplar del Texarkana Gazette.
Su cónyuge recibió dos disparos en el rostro, cuando intentaba llamar por teléfono a la policía después de presenciar el homicidio de su esposo. Logró escapar por la puerta trasera de su finca perseguida por el criminal enmascarado. Corrió a la casa de un vecino que la condujo al Hospital Michael Meagher. La señora Starks sobrevivió y, al salir de la sala de operaciones fue interrogada por W. E. Davis, sheriff del Condado de Miller, ante quien describió al homicida serial en forma coincidente con el testimonio suministrado por sus dos iniciales víctimas.
El ejecutor dejó una linterna, sin huellas dactilares, debajo de la ventana a través de la cual baleó al señor Starks. Aunque se creía que el arma en cuestión era un rifle automático calibre 22 y no un calibre 32, como el utilizado cuando mataron a Richard Griffin y a Polly Ann Moore, la semejanza en el modus operandi entre uno y otro atentado sugería que se trataba de una nueva incursión letal del Asesino fantasma.
Por entonces la población de Arkansas estaba histérica. Se vendieron por miles las armas de fuego y las cerraduras y candados para proteger las viviendas. También se crearon patrullas civiles en apoyo de la policía; pero pese a tanto despliegue no surgieron pistas relevantes para dar con el paradero del letal delincuente, al cual la prensa ya motejaba el Asesino fantasma o el Asesino de la luz de la luna. La consternación y el miedo provocados por las mortíferas fechorías perduraron durante todo el verano, mientras Los Rangers de Texas lideraban las acciones y adoptaban las medidas precisas a fin de evitar que el perpetrador volviera a atacar.
En mayo de 1946 un cadáver masculino apareció boca abajo sobre los rieles del ferrocarril Kansas City Southern, al norte de Texarkana, próximo a Ogden, Arkansas. Más tarde se descubrió que el fallecido había sido asesinado con un objeto afilado antes de ser arrojado a las vías. Se creyó al principio que este hombre, llamado Earl McSpadden, constituía la última presa humana del ejecutor. No obstante, dado que la autopsia fue confusa, se especuló que el difunto posiblemente había cometido suicidio. La ausencia de otros homicidios luego de ser hallado este cuerpo abonó la hipótesis de que el extinto era en realidad el Asesino de la luz de la luna; pero lo cierto es que se carece de pruebas eficaces para fundar debidamente una acusación de tal magnitud.
Dos años más tarde surgiría un nuevo y discutible sospechoso. El 5 de noviembre de 1948 se halló tendido sobre su cama al cadáver del universitario Henry Buck Tennison de 18 años, alias "Duddy". La causa del deceso consistió en suicidio por ingesta de cianuro de mercurio. Este individuo había integrado una banda musical junto a una de las víctimas, pero el dato que más lo incriminaba consistía en la nota de despedida que dejó en su habitación.
En dicha carta pretendía que decidió suicidarse agobiado por la culpa de haber cometido los homicidios de Betty Jo Booker y de Paul Martin, así como de herir a Katie Starks y matar a su esposo. Añadía que consumó esos ataques nocturnos mientras su madre estaba dormida; por lo cual ésta era inocente y desconocía la criminalidad de su hijo. En cuanto a las armas de fuego empleadas, arguyó que las desarmó y se deshizo de las piezas arrojándolas en distintas localizaciones. El juvenil suicida terminó siendo descartado como un candidato plausible por los investigadores. Múltiples testimonios confirmaron que no pudo estar presente en los lugares y en el horario de los crímenes. Se concluyó que su confesión estuvo motivada por el severo desequilibrio psíquico que padecía.
Ningún otro crimen ocurrido en Texarkana sería relacionado jamás con el Asesino Fantasma.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

Comentarios
Publicar un comentario