Periodista y detective
Anochecía en el Westminster de 1888, y ella llamó a la puerta de la mansión. No usaba para tal fin los nudillos, sino sus cuidadas uñas pintadas. Empero, se hacía oír. Al menos su amado la sabía escuchar. «Esa manera de tocar a la puerta compone parte de tu personalidad, femenina y sagaz», solía decirle; aunque la joven no se creía el elogio. Nadie acudió. Volvió a repercutir la madera con ese tamborileo, y nada.
Él no estaba. Arrimó su oreja al que y captó un rumor procedente desde el otro lado. La vieja y la cocinera sí estaban adentro.De seguro aquellas malditas idiotas oían sus llamados, pero no le querían franquear el paso. Golpeteó con su palma zurda, que era su mano hábil. Lo hizo con fuerza en esta ocasión. Tres, cuatro veces. Finalmente le abrieron.
—El señor no regresó aún, pero por favor pase usted señorita Bárbara.
Pasó. Las suelas de sus sobrios zapatos negros taconearon suaves por la alfombra persa mientras la mujer de renta años, que para ella era «la vieja», la dirigía hacia el espacioso living. Allí se despojó del chal que llevaba puesto sobre el también sobrio traje sastre. Se aprestaba a colgarlo en uno de los percheros, pero Juliana –así se llamaba aquella señora– se le adelantó extendiendo sus manos y lo recogió con ademán deferente.
—¿Tuvo un buen día de trabajo en su periódico señorita?
—No es un periódico. Es una agencia noticiosa de prensa.— puntualizó Bárbara, con cierta sequedad. Supuso que esa ignorante desconocía la diferencia. No obstante era preferible no discutir, y dulcificando el tono, al tiempo que se sentaba en el mullido sofá principal, agregó:
—Pero tienes razón Juliana. Hoy fue un día de mucho ajetreo, aunque provechoso.
Luego de que la gobernanta se retirase ella fue hacia la habitación donde su amado tenía su imponente biblioteca. Recostándose contra el escritorio, en ese ambiente lleno de libros y bajo la luz de las velas de las elegantes arañas y candelabros, la chica extrajo de su bolso la carpeta donde guardaba el fajo con las anotaciones que esa jornada, a escondidas de sus colegas –todos ellos varones– había ido registrando. Puso la libreta arriba de su falda y continuó tomando apuntes con un lápiz minúsculo, abstraída en esa tarea.
Juliana volvió en dos oportunidades a la biblioteca valiéndose de sendas excusas, solo para espiarla. ¿Qué estaría escribiendo tan afanosamente la mocosa remilgada?
Las dos mujeres se trataban con fría cortesía, pero no se toleraban.
A la puntillosa asistenta, que servía en esa residencia dos días a la semana, aquella joven le parecía una excéntrica arrogante.
—¿Cómo un señor distinguido como Arthur Legrand salía con esa fulana sin clase? Por lo menos esta vez vino más discreta, con ropa que le cubría el busto y sin mostrar tanto las piernas como otras veces.— se dijo.
La muchacha, a su turno, creía que su querido se acostaba con la ayudante. Mal que le pesara debía admitir que, aunque ya tenía por lo menos cuarenta años, la tipa estaba entera todavía. Buen cuerpo bajo aquella blusa amplia y ese faldón anticuado.
Se la imaginó retozando con él en el lecho estilo matrimonial que compartían. No había olfateado aroma a piel o a perfume femenino, pero Juliana no iría a ser tan estúpida de dejar rastros obvios. Era ella misma quien se encargaba de hacer lavar las sábanas y asear el dormitorio.
Llegó el dueño de casa. Ella depositó, adrede, la libreta de notas y su bolso abierto encima del sofá. Cenaron. La cocinera se había esmerado. Sabrosos platos. La gobernanta retiró el servicio tras los postres y, sin preguntar, trajo la plateada bandeja portando dos tazas con té digestivo, porque sabía que a su patrón no le apetecía el café. Su acompañante sí prefería esa infusión, aunque no la pidió. No estaba tan mal aquel té tampoco. El detective mandó venir a un cabriolé y se despidió de ambas servidoras, quienes retornarían a sus hogares. Las escoltó hasta la acera y tras asegurarse que hubiesen subido a la caja de los pasajeros y que los caballos, obedeciendo la señal del cochero, pusieran en marcha el vehículo, reingresó a su finca. Bárbara habló primero:
—¡Por fin se fueron! La cena estaba rica, lo reconozco. Pero prefiero zamparme unos embutidos y una cerveza en una taberna de Whitechapel que comer caviar vigilada por esa arpía.— bromeó maliciosa.
Arthur sonrió. Adivinaba los celos que su amante sentía por Juliana. Pese a que no tenía intimidad carnal con su asistenta, inflaba su ego saber que también la cuarentona, por su parte, estaba celosa de la otra. Le reconfortaba creerse codiciado.
La besó en la mejilla pues la joven, simulando estar molesta, no le ofreció sus labios. Luego miró hacia dónde estaba la cartera abierta, con el labial, los polvos para el cutis y los afeites desparramados. A un costado yacía la libreta de reportera y, reposando en la alfombra, el lápiz con su grafito quebrado.
Recogió aquel desorden y fue colocando los objetos dentro del bolso; con disgusto vio la cajilla de cigarrillos. Ella se había trepado descalza en el sillón y, cuando él se aprestaba a introducir también la libreta, le susurró.
—No la guardes. Ponte a mi lado y relájate mi cielo. Debes haber tenido un día muy cansador. Por eso tu dulce Barbi, te trajo un regalito. Es una crónica muy breve. En no más de diez minutos ya te la lees. La elaboré durante esos ratos ociosos, cuando no hay trabajo para hacer en la Agencia Central.
El anfitrión se reclinó quitándose los zapatos y se distendió. No tenía urgencia por llevarla a la cama y darle lo que ambos deseaban. Por un momento pensó fingir indiferencia, para que creyera que sí se acostaba con Juliana. Para que le montara una escena de celos. Pero al verla despojada del saco sastre, con la vaporosa camisola traslucida por sus turgentes senos de rotundos pezones, supo que la quería tener desnuda sin más, y pronta para el placer. Ella le interrumpió aquel pensamiento.
—¡Vamos léela de una buena vez! La escribí para que te distraigas y puedas olvidarte durante un rato de esos cochinos crímenes. Tú me enseñaste que uno debe burlarse de sus fantasmas para que estos dejen de acosarnos.
Tendría que tragarse primero las condenadas notas. Ocultando su malhumor, Arthur arrimó una mesilla y ubicó allí aquel borrador, que iluminó mediante una candela a gas. Forzaría su vista para esculcar en aquella grafía pulcra y diminuta. Pero no iría por sus gafas. Jamás haría eso delante de la muchacha.
Se dedicó a repasar ese texto; en tanto esta, apoyando su pompis en el mullido brazo del sofá, escrutaba la expresión que, durante el proceso, la cara del lector adoptaba.
Inexpresiva al principio, incrédula mientras avanzaba en ese relato, enarcando las cejas al promediarlo, sonriéndose más tarde. Y prorrumpiendo en carcajadas, una vez que llegó a los últimos párrafos. Con esos folios asidos aún entre sus manos, volteó el rostro hacia su compañera, terminando de reír.
—Por cierto pequeña zorra, que no te permitirán publicar esto.
—Claro que no. Y me habrían despedido si se me hubiese ocurrido mostrárselo al redactor jefe. Como ya te mencioné, lo escribí exclusivamente para ti. Hay que saber burlarse de los fantasmas que nos acosan, me has dicho tantas veces .
Lo había logrado, se dijo orgullosa. Finalmente pudo hacer desaparecer las sombras que amargaban a su querido por esos días. Sobre todo desde la muerte de Mary Jane Kelly. Comprendía que el detective se culpaba de no haber podido salvarla. ¡Tan cerca que estuvieron esa noche en que la mataron! La periodista y detective se sentía más responsable que él todavía. Pensar que aseguró que Jeanette no corría peligro, que no hacía falta cuidarla porque no era del paladar del asesino. Y tan solo unas horas más tarde destrozarían a aquella infortunada.
—¡Y ahora, a la cama!— exclamó Bárbara.
Se desembarazó de las prendas, ofreciendo su cuerpo fragante y ansioso. Le tomó de la mano conduciéndolo rumbo al dormitorio. Por el trayecto el hombre dejó caer en el piso la libreta de notas.
* Créditos: Gabriel Antonio Pombo
La muchacha, a su turno, creía que su querido se acostaba con la ayudante. Mal que le pesara debía admitir que, aunque ya tenía por lo menos cuarenta años, la tipa estaba entera todavía. Buen cuerpo bajo aquella blusa amplia y ese faldón anticuado.
Se la imaginó retozando con él en el lecho estilo matrimonial que compartían. No había olfateado aroma a piel o a perfume femenino, pero Juliana no iría a ser tan estúpida de dejar rastros obvios. Era ella misma quien se encargaba de hacer lavar las sábanas y asear el dormitorio.
Llegó el dueño de casa. Ella depositó, adrede, la libreta de notas y su bolso abierto encima del sofá. Cenaron. La cocinera se había esmerado. Sabrosos platos. La gobernanta retiró el servicio tras los postres y, sin preguntar, trajo la plateada bandeja portando dos tazas con té digestivo, porque sabía que a su patrón no le apetecía el café. Su acompañante sí prefería esa infusión, aunque no la pidió. No estaba tan mal aquel té tampoco. El detective mandó venir a un cabriolé y se despidió de ambas servidoras, quienes retornarían a sus hogares. Las escoltó hasta la acera y tras asegurarse que hubiesen subido a la caja de los pasajeros y que los caballos, obedeciendo la señal del cochero, pusieran en marcha el vehículo, reingresó a su finca. Bárbara habló primero:
—¡Por fin se fueron! La cena estaba rica, lo reconozco. Pero prefiero zamparme unos embutidos y una cerveza en una taberna de Whitechapel que comer caviar vigilada por esa arpía.— bromeó maliciosa.
Arthur sonrió. Adivinaba los celos que su amante sentía por Juliana. Pese a que no tenía intimidad carnal con su asistenta, inflaba su ego saber que también la cuarentona, por su parte, estaba celosa de la otra. Le reconfortaba creerse codiciado.
La besó en la mejilla pues la joven, simulando estar molesta, no le ofreció sus labios. Luego miró hacia dónde estaba la cartera abierta, con el labial, los polvos para el cutis y los afeites desparramados. A un costado yacía la libreta de reportera y, reposando en la alfombra, el lápiz con su grafito quebrado.
Recogió aquel desorden y fue colocando los objetos dentro del bolso; con disgusto vio la cajilla de cigarrillos. Ella se había trepado descalza en el sillón y, cuando él se aprestaba a introducir también la libreta, le susurró.
—No la guardes. Ponte a mi lado y relájate mi cielo. Debes haber tenido un día muy cansador. Por eso tu dulce Barbi, te trajo un regalito. Es una crónica muy breve. En no más de diez minutos ya te la lees. La elaboré durante esos ratos ociosos, cuando no hay trabajo para hacer en la Agencia Central.
El anfitrión se reclinó quitándose los zapatos y se distendió. No tenía urgencia por llevarla a la cama y darle lo que ambos deseaban. Por un momento pensó fingir indiferencia, para que creyera que sí se acostaba con Juliana. Para que le montara una escena de celos. Pero al verla despojada del saco sastre, con la vaporosa camisola traslucida por sus turgentes senos de rotundos pezones, supo que la quería tener desnuda sin más, y pronta para el placer. Ella le interrumpió aquel pensamiento.
—¡Vamos léela de una buena vez! La escribí para que te distraigas y puedas olvidarte durante un rato de esos cochinos crímenes. Tú me enseñaste que uno debe burlarse de sus fantasmas para que estos dejen de acosarnos.
Tendría que tragarse primero las condenadas notas. Ocultando su malhumor, Arthur arrimó una mesilla y ubicó allí aquel borrador, que iluminó mediante una candela a gas. Forzaría su vista para esculcar en aquella grafía pulcra y diminuta. Pero no iría por sus gafas. Jamás haría eso delante de la muchacha.
Se dedicó a repasar ese texto; en tanto esta, apoyando su pompis en el mullido brazo del sofá, escrutaba la expresión que, durante el proceso, la cara del lector adoptaba.
Inexpresiva al principio, incrédula mientras avanzaba en ese relato, enarcando las cejas al promediarlo, sonriéndose más tarde. Y prorrumpiendo en carcajadas, una vez que llegó a los últimos párrafos. Con esos folios asidos aún entre sus manos, volteó el rostro hacia su compañera, terminando de reír.
—Por cierto pequeña zorra, que no te permitirán publicar esto.
—Claro que no. Y me habrían despedido si se me hubiese ocurrido mostrárselo al redactor jefe. Como ya te mencioné, lo escribí exclusivamente para ti. Hay que saber burlarse de los fantasmas que nos acosan, me has dicho tantas veces .
Lo había logrado, se dijo orgullosa. Finalmente pudo hacer desaparecer las sombras que amargaban a su querido por esos días. Sobre todo desde la muerte de Mary Jane Kelly. Comprendía que el detective se culpaba de no haber podido salvarla. ¡Tan cerca que estuvieron esa noche en que la mataron! La periodista y detective se sentía más responsable que él todavía. Pensar que aseguró que Jeanette no corría peligro, que no hacía falta cuidarla porque no era del paladar del asesino. Y tan solo unas horas más tarde destrozarían a aquella infortunada.
—¡Y ahora, a la cama!— exclamó Bárbara.
Se desembarazó de las prendas, ofreciendo su cuerpo fragante y ansioso. Le tomó de la mano conduciéndolo rumbo al dormitorio. Por el trayecto el hombre dejó caer en el piso la libreta de notas.
* Créditos: Gabriel Antonio Pombo

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