Los ladrones de tumbas

En el Edimburgo del siglo XIX la ley castigaba severamente a quienes osaban profanar tumbas y robar cadáveres, pero la codicia valía más que la prudencia para ese par de rufianes. Esa nublada noche de luna llena irrumpieron en un cementerio sin vigilancia. Mientras uno de ellos se quedó custodiando el otro emprendió en trabajo duro y valiéndose de su pala escavó hasta tocar el ataúd. Lo jaló con gran esfuerzo y los extrajo a través del hueco que acababa de practicar en la tierra. 
Al rato los profanadores de tumbas se fueron del cementerio, portando el cuerpo robado dentro de un largo saco de arpillera. En el consultorio del anatomista examinaron con escepticismo el cadáver que los rufianes ofrecían en venta. La paga fue mezquina, y William Burke y Willian Hare volvieron mascando rabia a la casa de hospedaje de la cual Margaret Laird, esposa de este último, se hacía cargo con la ayuda de Helen Mc Dougal, esposa de Burke. 
Al llegar al alojamiento, sus mujeres les recibieron con una sorpresiva novedad: el viejo Desmond había sufrido un ataque cardíaco y yacía muerto dentro de la habitación que rentaba. Los canallas se cruzaron una pícara mirada. El difunto debía cuatro libras de alquiler por la pieza que ocupaba. Vender sus despojos sería la manera de resarcirse, por lo cual cargaron el tieso y fresco cadáver hasta el consultorio del prestigioso médico Robert Knox, quien les abonó siete libras esterlinas y diez chelines. Ese dinero fácil les estimuló la ambición. Habían descubierto una forma de tornar más rentable su funesta actividad: el homicidio. 
Joseph, un humilde molinero habitual huésped de la casa de inquilinato de la señora Hare fue la primera víctima. Aquel individuo se vio invadido por una intensa fiebre que lo condujo al delirio, y a la cual puso fin William Burke emborrachándolo, y luego ahorcándolo. La maniobra de estrangulación practicada por el asesino pasaría a la historia forense con el calificativo del “Método Burke” el cual actualmente es tildado como "Burking" (forma de asfixia en la cual uno de los matadores aferra al agredido por detrás, mientras el otro lo asfixia hasta matarlo).
 La segunda presa humana fue un inglés oriundo de Cheshire que también tuvo la desgraciada idea de enfermar en el hospedaje regentado por los Hare. Burke asistió a la habitación del debilitado convaleciente, y le aplicó aquel riguroso mecanismo de sofocación. 
El siguiente asesinato no sucedió en la residencia de huéspedes sino en la vivienda de Constantine Burke, hermano del homicida. La víctima resultó una adolescente de quince años que ejercía el meretricio. William Burke la abordó en un bar y, tras invitarla a pasar una velada en la finca de su hermano, la joven fue embriagada y asfixiada hasta la muerte a través del método "Burking". Un joven de 18 años, cojo y con retraso mental, llamado James Wilson y conocido como "el Bobo Jamie", también caería en manos de la mortífera pareja. El chico intentó resistirse, y tuvo que ser reducido entre los dos victimarios. Cuando el doctor Knox destapó el cuerpo en su clase a la mañana siguiente, varios alumnos lo reconocieron. El médico negó que aquel chico fuera Jamie. Según parece, el cirujano y sus ayudantes apresuraron la disección, empezando por la cara, antes de que los rumores se expandieran y pudiesen atraer a la policía hasta el pabellón quirúrgico. 
La anciana Mary Docherty constituyó la última asesinada por los profanadores. La señora Docherty había arribado a Escocia procedente de Irlanda en busca de un hijo perdido. Entró a una taberna donde Burke bebía un whisky tras otro, y preguntó a los parroquianos sobre el paradero de aquel hijo, a la vez que pedía limosna. Fingiendo caridad, el criminal la invitó a pernoctar en el hospedaje, y la condujo allí dejándola en compañía de su cónyuge. Después salió en busca de su socio, a quien avisó que esa noche, que era Halloween, tendrían “trabajo”. 
Se hallaba también en la pensión el soldado James Gray, ocupante de una de las habitaciones, junto a su familia. Los asesinos solicitaron al miliciano si no le importaba dejar libre su habitación para que así la anciana pudiese dormir en el cuarto que él rentaba. Gray accedió a la noble petición. 
A la mañana siguiente, la mujer del soldado retornó al alojamiento cedido a fin de coger ropa de sus hijos, pero fue interceptada por el estrangulador antes de poder entrar a la pieza. La señora intuyó que algo sucedía, pues la actitud del hombre, dándole torpes escusas para no dejarla ingresar, le pareció muy sospechosa. La esposa del soldado simuló retirarse, y aguardó oculta hasta asegurarse que Burke salía en busca de más whisky. 
Con el campo despejado, revisó el dormitorio comprobando que éste se hallaba sumido en completo desorden. Al levantar unas mantas descubrió, para su horror, que allí abajo yacía el cadáver de Mary Docherty. Alarmada ante los gritos de espanto proferidos por la mujer, Helen Mc Dougal acudió rápidamente al lugar de los hechos, y ofreció pagarle diez libras esterlinas semanales a cambio de no informar del macabro hallazgo a la justicia. Aún sin reponerse, y entre estupefacta e indignada, la señora Gray le espetó: “Dios prohíbe que los muertos nos reporten dinero”, y tras esa declaración, salió corriendo rumbo a la estación de policía. Sería el final de la carrera criminal de los sádicos.
 William Burke terminó siendo el gran perdedor dentro del equipo de asesinos, pues se lo condenó a expiar sus culpas pereciendo en el patíbulo. En la tarde del 28 de enero de 1829 fue ajusticiado en la más importante plaza pública de Edimburgo frente a una excitada muchedumbre, y –en cumplimiento de una draconiana sentencia acorde con la época- su cuerpo resultó diseccionado de forma semejante a cómo él lo hiciera con sus víctimas pasando, de tal suerte, a servir forzosamente a la ciencia. Su piel se vendió a curtidores que hicieron todo tipo de objetos con ella, desde zapatos hasta monederos, y hoy día su esqueleto se guarda en exhibición; incluso se diseñó un libro con su piel, el cual permanece en el museo de Edimburgo. 
A su esposa Helen Mc Dougal se le impuso la pena de muerte; pero apeló y le conmutaron la condena, por lo que pudo salir libre bajo una nueva identidad, para evitar la venganza pública. 
El matrimonio Hare logró salvar su pellejo llegando a un acuerdo con el fiscal, y acusando a su socio de los asesinatos. No obstante, estos cómplices a la larga no saldrían tan bien parados. La taberna y pensión de la mujer fue destruida por los indignados vecinos y ella se vio forzada a escapar con destino desconocido. 
William Hare, tras haber emigrado de Escocia hacia Gran Bretaña, mientras trabajaba en una fábrica de Londres, fue reconocido por algunos obreros como el abominable profanador. Lo atacaron y se lo lanzó dentro de un contenedor repleto de cal viva; agresión que le provocó quemaduras tan severas que perdería la vista. Terminó sus días ciego, deambulando por las aceras de Edimburgo, convertido en un pordiosero hasta su muerte acaecida en 1860. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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