Los crímenes del gallinero

— ¡Una oración! ¡Por favor, digan una oración por mi alma! — rogó, atado por la cintura y con las manos a la espalda, cuando le colocaron en torno al cuello la soga anudada, sobre el cadalso del patio de la prisión de San Quintín, .
Nadie accedió a su súplica, excepto el capellán de la cárcel, que pronunció un rezo apenas audible. La trampilla se abrió bajo sus pies, y la abrupta caída tensó la cuerda apretándole la garganta hasta desnucarlo. Tras un espasmódico pataleo, el cuerpo de Gordon Stewart Northcott quedó oscilando en el aire bajo el nublado cielo.
El condenado había fallecido; su rostro azulado delataba, sin dejar lugar a dudas, que la vida se le había escapado definitivamente. Pero debía cumplirse con el rito fúnebre. Mientras aún colgaba, los médicos forenses hurgaron bajo la camisa del reo y palparon su pecho examinándolo con sus espectrómetros, luego de lo cual, con parcos movimientos de sus cabezas, confirmaron el deceso.
La asistencia reunida en el patio soltó la respiración trabajosamente contenida. En la mañana del 2 de octubre de 1930 el hombre al cual la prensa y el público apodaban el «Asesino del gallinero» fue declarado clínicamente muerto.
La historia conocida de la tragedia provocada por este asesino ejecutado se remonta al 10 de marzo de 1928. Ese día una madre soltera que trabajaba de operaria en una empresa telefónica, cuyo nombre era Christine Collins, regresó a su hogar sito en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, tras una ardua jornada de labor.
Vivía con su pequeño hijo Walter de nueve años, pero esa vez la finca se hallaba vacía. La alarmada mujer busca por el vecindario infructuosamente, pues nadie sabe el paradero del niño. Finalmente recurre a la fuerza pública y formula la correspondiente denuncia, ante la inexplicable desaparición.
Buscaron al pequeño durante meses sin éxito, y el fracaso de las investigaciones pareció confirmar la opinión general que se tenía sobre la policía de Los Ángeles como inepta, además de corrupta. Pero un buen día al parecer Walter Collins es encontrado sano y salvo en Illinois y clama por retornar con la autora de sus días.
El Departamento de Policía organizó una reunión de bienvenida convocando a los medios de comunicación, los cuales se congregan en la estación ferroviaria donde arribará el tren que traerá consigo al menor hasta entonces ausente.
No obstante la alegría de la progenitora pronto se trocó en amarga decepción y desconcierto cuando la enfrentaron con el infante que pretendía ser su vástago. Estaba muy claro para ella que se trataba de otro niño:
—Ese chico no es mi hijo— le afirma prontamente al Capitán J. J. Jones.
El jerarca policial insiste en que está equivocada:
—El jovencito está cambiado pero, sin dudas, sí es su hijo— le replica. Jones la persuade de que debe llevar a casa al chico para “probar”.
La conmocionada señora finalmente accede. Los periodistas le toman fotografías abrazada con su presunto hijo sin que quede registro de su protesta, y la pobre madre se va con al niño sustituto a su hogar. Lejos se estaba de imaginar por ese entonces que Arthur Hutchins Jr., un niño fugitivo de Illinois y oriundo de Iowa, se había hecho pasar por Walter Collins para poder viajar gratis a California.
La pesadilla de la mujer recién comenzaba. La policía no sólo desoyó sus reclamos de que debían continuar la investigación porque el muchachito que le adosaron no era su hijo, sino que la encerraron ilegalmente en un hospital psiquiátrico.
La oportuna intervención de un reverendo acompañado por un abogado y por otros honestos ciudadanos libraría a la cautiva Collins de la insólita reclusión. El revuelo y la indignación pública serán tan grandes que, al poco tiempo, se juzgará al corrupto Capitán J.J. Jones y a su jefe; y las autoridades gubernamentales se apresurarán a destituirlos, a fin de evitarse mayores bochornos.
Sin embargo para que esta acción reparadora tenga que ocurrir, el público primero deberá conocer la espantosa noticia de que niños desaparecidos fueron asesinados en el rancho de un depravado granjero; y que entre los muertos probablemente se halla el verdadero hijo de la infortunada Christine.
Los espantosos crímenes acaecidos en el poblado rural de Wineville se tildaron bajo el remoquete de «Los crímenes del gallinero de Wineville», y a Gordon Stewart Northcott la historia criminal lo registró como «El asesino del gallinero».
Se trató de una retahíla de secuestros, seguida de atroces infanticidios, verificados en la ciudad de Los Ángeles durante el año 1928.
El modus operandi del pervertido joven de treinta años consistía en recorrer con una vieja furgoneta las rutas próximas a Wineville, y aun las calles de ciudades más distantes. Cuando avistaba a algún niño que intuía apto para sus fines -y lo suficientemente ingenuo como para subirse a un vehículo con un desconocido- descendía del rodado y le soltaba al infante la primera historieta que le venía a la cabeza. Por ejemplo, le aseguraba que sus padres estaban internados tras sufrir un accidente, y que a él lo habían enviado para llevar al chico al hospital.
Como otro menor acompañaba al criminal –un adolescente de dieciséis años sobrino del criminal, a quien este mantenía amenazado- la presencia de aquel adolescente tranquilizaba a los jovencitos, quienes acababan por aceptar subirse a la fatídica camioneta conducida por el monstruo.
No quedaron dudas de que Northcott fue un despiadado victimario serial, y que mantenía cautivas a sus infantiles presas humanas. Menos claro están los motivos de los secuestros. Se rumoreó en la prensa que el matador trabajaba para adinerados clientes pedófilos, y que entregaba a los muchachitos a cambio de dinero. Aquellos niños que eran rechazados por los degenerados clientes quedaban confinados en el rancho durante un tiempo hasta que su captor optaba por desembarazarse de ellos.
Adoptada la inhumana decisión, los sacaba a la fuerza del cubículo, los golpeaba hasta desmayarlos sobre tocones de madera y, hacha en mano, trozaba los pequeños cuerpos. Aplicaba cal viva sobre los restos para acelerar su descomposición y los enterraba en los alrededores del gallinero.
Los infantes desaparecidos cuyos despojos serían ulteriormente identificados por los médicos forenses resultaron el hijo de Christine Collins, extraviado el 10 de marzo de 1928, y los hermanos Lewis y Nelson Winslow, perdidos en la localidad de Pomona desde el 16 de mayo del mismo año. Sin embargo, se supuso que la lista fatal ascendió a un mínimo de veinte víctimas infantiles.
Tras veintisiete días de proceso penal, el jurado encontró culpable a Gordon Stewart Northcott por cuatro cargos de homicidio con premeditación y alevosía que incluyeron el de Walter Collins, los de los hermanos Winslow, y el de un cuarto niño mexicano que nunca sería identificado. A su vez, la madre del homicida, Louisa, admitió su responsabilidad, y consiguiente complicidad en los desmanes, y se la sentenció a purgar cadena perpetua en la prisión de San Quintín.
Fueron localizadas hachas con manchas de sangre, así como restos óseos, cabellos y dedos de tres de los occisos sepultados con cal próximos al gallinero del rancho de Northcott en Wineville; pueblo que, luego de estos infaustos eventos, cambió su nombre por Mira Loma a partir del 1º de noviembre de 1930 dada la negativa publicidad que el sórdido caso criminal atrajo. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.


Comentarios

  1. No sé ni qué comentar. La maldad existe.
    SAludos.

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    1. En este post recreo un caso criminal de los más terribles donde la realidad lamentablemente superó a la ficción. Muchas gracias por pasarte por aquí.

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