La víctima equivocada
Caminaban por la empedrada callejuela bajo la luz de una farola a gas. Él la abrazaba ciñéndola de un hombro con su mano zurda, en gesto protector. En su diestra empuñaba el cuchillo. De pronto ella vio al vecino chismoso acercarse, y levantó el índice de su mano derecha para advertirle que debía esconder el arma.
Su cómplice siempre cometía esos tontos errores; quedaba en éxtasis después de perpetrar cada crimen, y se descuidaba. Ante el aviso, guardó el cuchillo dentro de su gabán antes de que ese metiche lograra observarlo. Cuando el viejo se aproximó para saludarla y lo vio, cambió de idea y, tragando saliva, cruzó la calzada con paso agitado. Estaba justificado su miedo; el alto y delgado encapuchado que iba con la chica provocaba escalofríos: pálido, ojos hundidos con destellos malévolos, y una torva mueca en su boca. Sus labios parecían muy rojos, como si se le escurriera sangre recién bebida, pensó el vecino.
—¡Qué sujeto más raro y siniestro! ¿Qué hacía Mary junto a ese tipo?— se preguntó.
Por cierto que aquel recio gandul no era Joseph, el amable cortador de pescado a quien él conocía como pareja habitual de la joven. Bien sabía que Mary se prostituía, pero el encapuchado del abrigo oscuro no tenía pinta de ser uno de sus clientes.
Cuando días más tarde acudió a la policía a brindar su testimonio, no le creyeron. A la hora en que él afirmaba haberla visto en la mañana del 9 de noviembre de 1888 la mujer ya estaba muerta, le reprocharon. Tenía que haberse confundido, su visión ya no era buena. Tal vez incluso chocheaba, debido a sus muchos años.
—Bueno, posiblemente sí me equivoqué y no era Mary, aunque se le parecía mucho. Apenas la miré un momento. La verdad es que el hombre que la acompañaba me causó mala impresión, y me alejé enseguida.— reconoció el testigo.
No bien se retiró de la comisaría, el agente de guardia rompió la hoja que contenía su declaración y, sin ocultar su fastidio, la arrojó a la papelera.
—Viejo idiota que me hizo perder tiempo.— masculló.
El policía no podía saber que, destrozada sobre ese camastro, habían encontrado a la víctima equivocada. Nadie podía imaginar que ese cuerpo irreconocible era el de la pordiosera. Ofrecerle comida y un sitio para que no pasara a la intemperie bastó para que entrara confiada a la pieza, sin sospechar que adentro él acechaba para estrangularla. Luego ella y el criminal acuchillaron con frenesí al cadáver, le extirparon órganos y, sobre todo, se ensañaron con la cara.
La víctima equivocada no podía ser reconocida; tenían que creer que era Mary, la inquilina de ese cuartucho número 13 en la "Pensión del Molino", la joven mutilada. Ese fue el último de aquellos homicidios de prostitutas. Jack el Destripador desaparecería para siempre sin ser descubierto. Nunca sabrían que en realidad habían sido dos: ella y él, dos asesinos, dos dementes.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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