La última víctima
Sin duda la bella irlandesa de ojos azules conocida por los motes de "Ginger", "Fair Emma" y "Jeannette", entre otros, devino la víctima de Jack el Destripador cuya muerte arroja más incógnitas.El domingo 9 de noviembre de1888 se encontraría yaciendo en un camastro en la habitación Nº13 de la pensión Miller´s Court (Whitechapel) al cuerpo mutilado de aquella a la cual se cree que constituyó la última presa humana del feroz asesino victoriano.
Resultó ser también la víctima más enigmática de todas, dado lo muy poco que se sabe acerca de su vida. Se ha especulado que la chica suministró información falsa o contradictora sobre sí misma, aunque no está claro si lo hizo por vergüenza de un pasado oscuro o debido al temor a ser localizada por sujetos peligrosos.
La futura víctima nació un día indeterminado del año 1863, se presume que en Limerick, Irlanda. Su padre era John Kelly, herrero y capataz de obra, que trasladó a su familia desde Irlanda a Gales, a la localidad de Carmarthen (otras fuentes indican que a la ciudad de Caernavonshire) siendo Mary Jane una niña pequeña.
La prole de John Kelly y su esposa constaba además de otros ocho infantes, seis varones y dos féminas. El único hermano que parece haber seguido apegado a ella una vez que dejó suelo galés fue Henry, apodado "Johnto", quien servía en el Segundo Batallón de la Guardia Escocesa, y le enviaba remesas con modestas sumas de dinero. Pero antes de abandonar Gales la tragedia se ensañó con la adolescente, que se había casado a sus dieciséis años con un minero de apellido Davis (o Davies), el cual falleció a causa de una explosión en la mina de carbón donde fungía. Pese a sus muchas gestiones, la flamante viuda nunca obtuvo el pago de la indemnización que se le adeudaba por el siniestro, y la necesidad económica la obligó a viajar, probablemente entre los años 1883 y 1884, rumbo a Londres, Inglaterra, en busca de un mejor provenir.
En el año 1884, durante el apogeo de su fresca juventud, residió en el West End de Londres y trabajó en una casa de lenocinio llevando un buen nivel de vida. Por entonces, de acuerdo le contó años más tarde a su pareja Joseph Barnet, recibió la propuesta de un caballero de llevarla a París y establecerla como su querida oficial con goce de los beneficios propios de tal estatus. Nunca se aclaró si la oferta era romántica o de negocios, pero lo cierto es que que una vez en la mansión de la señora francesa que la hospedaría, la muchacha advirtió que el baúl con sus pertenencias no había arribado a destino, lo cual la hizo recelar de haber sido engañada.
Es probable que fuera forzada a otorgar sus servicios sexuales para provecho de una banda mafiosa local, pero muy pronto logrará huir de la vigilancia de sus explotadores. Su apresurado regreso de a Londres se pudo haber debido a que era perseguida por los proxenetas franceses a quienes se le había escapado la presa. El miedo a la represalia de esos individuos habría sido la razón que la indujo a ocultar su pasado, brindando datos mendaces y confusos a los que la trataron durante los siguientes años de su existencia.
Lo concreto fue que tras su retorno a Inglaterra ya no se asentaría en el West End londinense. Su antigua buena vida, comodidades y lujos eran ya cosa del olvido. La joven recalaría ahora en el East End, en Ratcliff Highway, para trabajar vendiendo su cuerpo en la residencia del 79 de Penninngton Street esquina Breezer´s Hill, propiedad de una Madama, la señora Boekü.
Se supone que aquí fue que, por primera vez, adoptó la identidad de Mary Jane Kelly, pues en realidad no se llamaba así. Con este nombre apócrifo buscaría hacerles perder el rastro a los proxenetas que la retuvieron a la fuerza en París, y que ella temía que la hubieran seguido y tuvieran esbirros en Londres.
Una versión señala que mientras moraba en la mansión de la señora Boekü, en algún momento de 1887, se apersonó de improviso hasta allí un hombre de mediana edad pretextando ser el padre de Mary Jane. La joven no estaba en ese momento y, cuando al volver se le informó que la estaban buscando, abandonó precipitadamente aquel lugar y se dirigió a Whitechapel, donde se alojó en la casa de una mujer de apellido McCarthy (sin relación de parentesco con el casero de Miller´s Court).
Meses más tarde se retiró de ese hospedaje para convivir con un hombre apellidado Fleming, en una habitación amueblada en Bethnal Green Road. Pese a que la pareja parecía llevarse con armonía, el hombre era un alcohólico que la abusaba físicamente, por lo que, harta de los maltratos, ella lo dejó, y retornó a la casa de la señora McCarthy, a la cual le contó que se había vuelto a dedicar a la prostitución.
La próxima parada en su azarosa existencia sería la pensión de Miller´s Court, donde conviviría con el estibador Joseph Barnet hasta el 30 de octubre de 1888 cuando, después de una tremenda pelea, este se retiró del cuartucho que arrendaban.
El 8 de noviembre de 1888, en el penúltimo día de su existencia, su casi adolescente vecina Lizzie Albroock acudió a su pieza para visitarla, y allí emprendieron una ánimada plática que fue interrumpida bruscamente por Mary Jane, quien le aconsejó a su oyente: "Hagas lo que hagas, no termines como yo"; palabras sombrías y premonitorias si las hay.
El testigo más relevante que informó respecto a las horas postreras de la infortunada prostituta fue George Hutchinson, el cual en una tardía denuncia declaró haberla visto caminando asida del brazo de un cliente muy particular. El deponente describió con suma minucia el aspecto de aquel sujeto, al cual calificó como "extranjero, posiblemente judío".
La versión de este hombre fue convalidada por los dichos de la vecina Sarah Lewis. Dicha mujer, tanto en la encuesta judicial como en declaraciones formuladas para los periódicos, señaló haber concurrido a Miller´s Court entre las 2 y las 3 de la madrugada en la noche del crimen. Al ingresar observó a un sujeto sospechoso, cuya fisonomía coincidía con la de Hutchinson, rondando por la entrada del patio de aquel edificio.
La joven Sarah, de veintitrés años, alegó que había reñido con su esposo -luego se supo que era su concubino, del cual ya tenía un hijo y otro venía en camino, pues estaba embarazada de cinco meses por entonces-, y que fue a pernoctar al alojamiento de una familia amiga que allí residía. Sarah también testimonió haber escuchado, cerca de las 4 de esa madrugada, el grito de "Asesinato" prorrumpido por una voz femenina; pero adujo que no se molestó en salir del apartamento a fin de verificar de dónde procedía el llamado, pues tales barullos eran muy frecuentes por esos lares, y porque no volvió a oír nada más.
Tras la defunción de Mary Jane Kelly otro de los testimonios registrados en la encuesta judicial devendría especialmente conflictivo. Se trató del vertido por un sastre de la calle Dorset llamado Maurice Lewis -sin ninguna relación parental con la testigo homónima antes citada-. Este caballero insistió que conocía muy bien a la fallecida y al hombre que fuera hasta pocos días antes su concubino -Joseph Barnett- al cual él identificaba por el apodo de "Danny". Manifestó que el 8 de noviembre vio a ambos de jarana y bebiendo licor en la taberna "The Horn o´Pienty" ("El cuerno de la abundancia") en compañía de una mujer de nombre Julia.
Pero lo realmente preocupante fue que agregó haberla vuelto a ver en un bar a las 10 de la mañana del viernes 9 de noviembre de 1888. Ocurre que -de atenernos a los reportes forenses- la infeliz muchacha ya había sido brutalmente masacrada horas atrás y, desde entonces, su destrozado cadáver debía irremisiblemente estar yaciendo encima del tétrico lecho en la habitación del número 13 de la pensión de Miller´s Courts, donde Thomas Bowyer la onservara desde la ventana a las 10 y 45.
La historia contada por el sastre se sumó a otra que dio no pocos quebraderos de cabeza a los investigadores: la aportada por Caroline Maxwell. Pese a ser contradichas sus afirmaciones en la instrucción judicial, esta testigo se mostró muy sólida en sostener que se había visto cara a cara con Mary Jane Kelly después de cuándo aquella debía ya estar muerta. El encuentro se habría producido entre las 8 y las 8 y 30 del domingo 9 de noviembre en la esquina de Miller´s Courts. La declarante repitió que no le quedaba la más mínima duda acerca del horario porque su esposo siempre regresaba de trabajar a las ocho de la mañana.
A la testificante le llamó la atención comprobar que la atractiva cortesana se hallaba con su ánimo sumamente decaído, dando indicios de obvios síntomas de malestar, por lo cual le ofreció ron a fin de levantarle el espíritu en el curso de una breve conversación. También indicó que, una hora más tarde, la volvió a contemplar hablando con un individuo en el club Britannia, popularmente conocido como el "Ringers" en honor al apellido del propietario de ese establecimiento.
Caroline suministró un recuento detallado tanto del aspecto que exhibía aquel hombre como de la ropa que vestía en ese momento la fémina. La presunta Kelly lucía una falda oscura, corpiño de terciopelo y un chal marrón. Maxwell expresó que dicha vestimenta era habitual en Mary, y reiteró que en esa segunda emergencia tampoco se había equivocado al identificarla. El detective Frederick Abberline interrogó personalmente a la testigo, la cual se mantuvo inflexible en sus aseveraciones.
Estos curiosos testimonios dieron pie a la suspicacia.
Por ejemplo, en una dudosa versión, se atribuyó al inspector Frederick Abberline haber consultado con un médico llamado Thomas Dutton si no era posible que Mary Jane hubiese sido finiquitada por una mujer que escapó del teatro del crimen usando las ropas de su víctima para disimular, y que fuera a ésta a quien los testigos confundieran aquella madrugada con la occisa.
Otras conjeturas más estrafalarias aún se formularon, aunque fueron presentadas a través de obras de ficción.
En la obra "The Michaelmas girls" ("Las muchachas de San Miguel"), publicada en 1975, el autor John Barry Brooks propuso que aquellos testimonios no estaban equivocados ni eran falsos. Efectivamente fue Mary Jane Kelly la mujer a la cual vieron los testigos en horas tan tardías de esa mañana.
¿La explicación?: la chica no fue la occisa cuyo mutilado cuerpo halló la policía en la lóbrega habitación. Por el contrario, insólitamente Mary Jane -con la asistencia de un cómplice masculino- constituía la victimaria, y el lacerado cadáver pertenecía a una pordiosera a la cual el perverso dúo atrajo con engaños. En consecuencia, la joven irlandesa y su compinche fueron los responsables de los crímenes atribuidos a Jack el Destripador.
Cuarenta y siete años más tarde nuevamente se nominó a Mary Jane Kelly como Jill the Ripper en el ensayo escrito por el español Juan Carlos Boiza titulado "Jack el Destripador. El mito equivocado", publicado por la editorial Oberon, Madrid, España, año 2022. El autor sugiere que su concubino Joseph Barnett al examinar el cuerpo destrozado se percató de que no pertenecía a su amada Mary Kelly. Comprendió que la víctima se trataba de otra chica, la joven prostituta que ese hombre refiere en la encuasta judicial por el nombre de"Julia", a la cual su novia había matado y desfigurado.
Como Barnett estaba enamorado de Mary no la delató ante la policía, y asimismo mintió al asegurar que habían perdido la llave de la pieza y que la abrían introduciendo el brazo a través de una rotura de la ventana que le permitía levantar por dentro el pestillo. Finalmente este escritor propone que Kelly tal vez no se hubiese fugado a Irlanda, pues no disponía de dinero para pagar el pasaje, sino que resultaba más probable que solicitase ser ingresada en un convento de monjas británico, donde habría dado una identidad falsa.
En el mundo de los hechos reales la policía concluyó, sin embargo, que los precitados Lewis y Maxwell se habían confundido en cuanto al horario o con respecto a las personas que creyeron ver. No quedaba otra opción que considerar erróneos estos testimonios. El informe de la autopsia redactado por los médicos forenses George Bagster Phillips y Thomas Bond precisaba con exactitud el tiempo en que acaeció el óbito el cual quedó fijado, como mucho, próximo a las cinco de la madrugada de la noche del crimen.
Lo que le había ocurrido a Mary Jane Kelly en ese día fatídico, por desgracia, forma parte de la historia conocida.
En la madrugada del domingo 9 de noviembre de 1888 un grupo de policías y dos médicos forenses ingresarían a la pieza del apartamento Nº 13 en donde la bella meretriz, unas horas atrás, había cometido el desatino de hacer pasar al cliente equivocado. Su cadáver destrozado e irreconocible daba cruel testimonio de su último y más trágico error.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
+ Nota: Este texto está audible desde el minuto 13, 40 en el video.



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