Dentro de aquel recinto en penumbras el Gran Maestro se preparaba, encarándose a la imagen que le devolvía el espejo, antes de partir rumbo a la salaceremonial. Su rostro tenso bajo la careta de craneo de cabra con ranuras ovaladas, tras las cuales destellaban sus pupilas enrojecidas. Aunque esta vez había inhalado poco opio, lo consumido alcanzaba para provocarle ese desagradable efecto. Cubría su cabeza con una capucha de cuero negro, y una capa de igual color y textura colgaba desde sus hombros cayendo sobre su robusto pecho. Sus brazos cruzados, con su mano diestra cerrada en torno a la zurda, en gesto de concentración suprema. Volvió a mirarse en el amplio espejo.
El cristal reflejaba a su espalda el intenso tono rojizo de las paredes.
Salió de su estado de ensoñación. Afuera, la noche cerrada, sin luna, se cernía sobre la ribera sur del río, en Battersea. Un viento gélido silbaba agitando ramas y hojas. La choza de madera camuflada entre el follaje dentro de la cual tendría efecto el ritual era un buen escondite. La patrulla policial del río Támesis no solía allegarse hasta aquel territorio. Sólo se preocupaban por reprimir a los contrabandistas, y precaver que los trabajadores del muelle no robasen a sus patronos.
El hombre corpulento había escogido hábilmente el lugar de la ceremonia. Luego lo incendiarían todo. Bastaría con conservar el altar de los sacrificios, la estatua del macho cabrío, la cruz invertida y, por supuesto, los disfraces. Eran necesarios para infundir terror. Ya habría tiempo para cambiarlos por ropa más tradicional: pantalones, camisas, levitas y gabanes corrientes. También suplantaría esas rústicas botas por zapatos de cabritilla, sus preferidos. Pero allí precisaba portar aquel atuendo; y así se había vestido, mientras aguardaba impaciente a sus acólitos, que ya no podrían tardar mucho más.
Era hora de actuar. Se dirigió hasta donde reposaba el cofre, del cual extrajo la daga de acero con empuñadura bronceada, tan filosa como para degollar venados y otros animales. Por primera vez la utilizaría con humanos.
En el habitáculo ceremonial se hallaba su muy joven ayudante. Cabeza rapada y túnica marrón que le llegaba hasta los pies. Estaba encendiendo los cirios e hizo una reverencia al advertir su ingreso.
–¡A su servicio, mi Maestro!
Su superior se aproximó, y le musitó al oído la contraseña a tener en cuenta en aquella ocasión.
–«Satán»
El subalterno comprendió, y fue hacia la dependencia trasera. A través de la rejilla del portón de hierro ahí instalado, atisbó en espera de los cofrades. No transcurrió mucho. Ya venían. La mujer maniatada, con la prieta mordaza sellándole la boca, nada podía hacer frente a sus dos captores. Pese a que estos pertenecían a su clan, el discípulo debía obedecer la orden impartida.
–¡La contraseña! – exigió, cuando se anunciaron desde fuera.
–¡«Satán»!
Les abrió y entraron. La cautiva cayó desvanecida. Se agachó para levantarla, y percibió el olor acre que despedían sus labios. El brebaje era muy potente y luego de tenerla dominada, como precaución extra, la habían obligado a beberlo.
–¿Y los niños?, preguntó a los esbirros.
–Escaparon. Tanto el chico como la niña.
–El Gran Maestro se pondrá furioso, con este trabajo hecho a medias – los reprendió.
Agacharon sus cabezas. El joven rapado de la túnica marrón se desentendió de ambos. Agarró a la desvanecida por los tobillos, pero, a despecho de su frágil apariencia, pesaba demasiado. Pidió ayuda para cargarla. El matón más robusto la izó desde los hombros y entre ambos la transportaron hasta la antecámara. Aquel recinto resplandecía con fulgor infernal, por la llama de multitud de velas negras. Encaramado sobre la tarima, el amo presidía.
Había también otra presencia humana: una mujer alta que lucía un atavío escarlata, y disimulaba su rostro bajo un antifaz. Depositaron a la prisionera arriba de la mesa de sacrificio, dejando que su cabeza colgase. Tras esto, los tres adeptos quedaron rígidos, paralizados ante la escultura del macho cabrío, que los contemplaba con semblante maligno y estúpido. Dio inicio a la liturgia. Voces guturales emergieron de la garganta del supremo jefe y de su cómplice femenina. Un lenguaje desconocido para los otros que, por incomprensible, más intimidante resultaba aún.
Cuando cesó el cántico, la secuaz fue por un cuenco color oro y lo ubicó en el piso, centímetros abajo del cuello de la víctima. Esta comenzó a sacudirse de improviso. El sopor inducido por el narcótico se diluía. Debían apresurarse. Era una ofrenda al Gran Satán, no una carnicería. Por lo menos no lo sería mientras la persona a inmolar estuviera con vida. Luego habría que esparcir sus restos trozados por el río, conforme preceptuaba el libro sagrado. Pero ahora no había por qué infligir dolor inútil.
La asistente rogó con su mirada al encapuchado que no se retrasase más. Los enrojecidos ojos bajo la máscara asintieron. Ya había aferrado por el cabello a la mujer tendida. Dirigió el filo de la daga a la vena yugular y cortó.
Habían sido semanas de intenso trabajo en el laboratorio de aquel científico inglés de la era victoriana. Pero finalmente creyó que había creado la droga perfecta. Ahora debía hacer las veces de conejillo de indias. Volcó el líquido ambarino de la retorta llenando un vaso hasta el borde. Temeroso, aferró este con su mano izquierda y, mediante un rápido movimiento, lo llevó a sus labios sin pensarlo, vaciando la pócima amarillenta de un trago. El brebaje le causó un efecto tremendo. Lo primero que sintió fue un profundo dolor de cabeza. Luego un violento deseo de vomitar, que le provocó mareos. Los latidos de su corazón se aceleraron y, lentamente, sus músculos se aflojaron y cedieron hasta que desfalleció cayendo al suelo, como atacado por un síncope cardíaco. —¿Se siente usted bien mi amo?— exclamó, más que preguntó, su asistente femenina. Él oyó la voz de la mujer, pero no podía contestarle, todo su cuerpo estaba paralizado. Aquel terrible alucinógeno recorría sus entraña...
En lo profundo del bosque, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las espesas ramas, se alzaba una edificación decrépita conocida como «La casona del atardecer». Su fachada destartalada y sus ventanas rotas contaban historias de decadencia y desolación. La leyenda que rodeaba a esa finca hablaba de un turbio pasado, marcado por la tragedia, y por un siniestro pacto con lo sobrenatural. Un grupo de jóvenes aventureros, atraídos por la mística de «La casona del atardecer» decidieron explorarla en una noche fría y lúgubre. La luna se asomaba entre las nubes arrojando luces fantasmales sobre el terreno desolado que rodeaba a la vieja casa. A medida que se acercaban, el crujir de las ramas secas bajo sus pies producía murmullos inquietantes. La puerta de la casona se abrió con un chirrido desgarrador, como si la estructura misma se quejase por la intrusión. Una vez dentro, el grupo se encontró con un ambiente cargado de polvo y decadencia. El aire estaba impregnado ...
—Primero pensé que se trataba de un saco flotando. Después me di cuenta de que era el cadáver de una joven.— declaró a la agencia de noticias A.P Walter Arnold, el hombre que descubrió en Texas (E.E .U.U.) el cuerpo sin vida de Irene Garza el 21 de abril de 1960. Los periódicos de entonces calificaron a la joven mexicano-estadounidense como "una belleza de cabello negro" y "profundamente religiosa". La víctima, una maestra de primaria de 25 años y reina de belleza, había desaparecido hacía seis días tras visitar la iglesia católica del Sagrado Corazón en la ciudad texana de McAllen, con el propósito de confesarse. Jamás regresaría a su casa. Según su autopsia, fue violada, golpeada, asfixiada y arrojada a un canal de irrigación. La bonita chica solía presentarse a los concursos de belleza locales, y en el año 1958 había devenido coronada Miss Sur del estado de Texas. De acuerdo indicó la prensa: —"Tenía una encantadora combinación de belleza e inteligenci...
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