La bella del castillo
Cuando me volví me sobresalté al descubrir que no estaba solo. Anochecía, y aunque no había tanta claridad como durante el día, el brillo de la luna era suficiente para iluminar la escena. Junto a la mesa en el centro de la habitación había una mujer, esbelta y vestida con colores suaves. Apoyaba una mano en el respaldo de una silla, mientras con la otra sostenía un chal sobre su hombro. Era joven y su piel era pálida, y parecía estar observándome con curiosidad. Incliné la cabeza y, con mi mejor alemán, le dije:
—Por favor, discúlpeme, señorita. Estaba esperando al conde.
Cuando hablé, ella se acercó y me respondió también en alemán, embadurnado de un acento exótico:
—Usted es el extranjero al que esperábamos. Sea bienvenido. Este castillo es muy solitario, como también lo son estas montañas.
Su voz resultaba curiosamente clara. Tuve la impresión de que el sonido de sus palabras penetraba hasta tocar todos mis nervios, pero no podría decir si la sensación era placentera o desagradable. Lo único que sabía era que había acariciado algo en mi interior que hasta entonces nadie había tocado, y eso me aturdió un poco. Noté que los latidos de mi corazón se aceleraban, como si sufriera un acceso de fiebre.
No suelo quedar abrumado ante la belleza femenina, al contrario, me considero más bien impasible y reservado, y desde que era niño no me he enamorado de nadie aparte de Wilma. Pero mientras contemplaba a aquella mujer y ella me hablaba, era incapaz de apartar mis ojos de su rostro. Estaba frente a mí, bañada por la luz de la luna, y no puedo recordar haber visto antes chica alguna de tan sobrecogedora hermosura.
No la describiré, pues las palabras no pueden hacerle justicia, pero diré que tenía el pelo rubio dorado, peinado en un moño. Sus ojos eran grandes y azules. Su vestido hacía pensar en los que lucían algunos iconos de belleza del cambio de siglo, como la reina Josefina, y dejaba a la vista el cuello y la parte superior del pecho. En el cuello llevaba un collar de relucientes diamantes.
—Admire el paisaje —me dijo—. Dicen que nuestras montañas son hermosas. Y realmente lo son. Pero son muy áridas, demasiado. Aquí una vive como prisionera, deseando salir al mundo, al inmenso mundo... conocer gente. No hay nadie aquí, y a mí me encanta la gente.
Extendió la mano hacia delante al decir esto, como abrumada, y sus ojos parecieron centellear a la luz de la luna.
— Me alegro de que haya venido usted. Parece atractivo y masculino; eso es una ventaja aquí en los Cárpatos. Será un placer para nosotros conocerle.
No supe qué responder, pues me hallaba desconcertado; no deseaba otra cosa que abrazarla y besarla. Avancé hacia ella, pero desapareció en el momento en que el conde entró en la habitación con una lámpara en la mano. Debía de haberse deslizado furtivamente detrás de él, o haber salido por una puerta secreta de la habitación.

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