Hambre de luna llena

 

Entró al bar y la vio sentada bebiendo un martini, mientras ocupaba solitaria la mesita más alejada de la barra. Ella era una morocha hermosa que vestía muy elegante, toda de color negro, como habían acordado para no equivocarse de persona, en su primera cita a ciegas. Se presentó y comenzaron a dialogar, martini tras martini. 

No cabía dudar que era culta por los temas de los cuales insistía en hablar, pero al poco tiempo el joven empezó a hartarse. No se notaba ninguna señal de atracción de ella hacia él. No iría a llevársela a su apartamento esa noche de luna llena. Pura pérdida de tiempo. Las citas a ciegas por alguna buena razón son a ciegas, pensó. Entonces ella le confió que vino vestida con ropa oscura por ser fanática de las leyendas góticas sobre vampiros y seres terroríficos. ¡Y vaya coincidencia! Precisamente, respecto de vampiros, monstruos y licántropos versaba la novela de horror gótico que él venía elaborando. O al menos, eso le aseguró a ella, cuando advirtió su entusiasmo. Demasiado fervor mostraba por esos sórdidos temas, se dijo el seductor. Pero su técnica de enganche consistía en seguir la corriente a sus conquistas amorosas. Cuanto más chaladas fueran más fácil caían. 

—¿Cuándo me dejarás ver la historia que vienes escribiendo? 

—- Después de que nos acabemos esta botella de Martini— respondió el joven, esbozando su mejor sonrisa, y llenándole de nuevo el vaso. Anochecía y desde la ventana del local se veía entre las nubes una brillante luna llena. Noche ideal para brujas, vampiros y hombre lobos, susurró él, y comenzó a narrarle una historieta de terror, plagada de esos personajes siniestros; al percatarse de que su cita femenina parecía estar cada vez más interesada. 

Al rato consintió en acompañarlo a su guarida; quería que le leyera las escenas más macabras de la novela que venía elaborando. Deseaba oír su relato a la luz de unas velas y con música tenebrosa como fondo; después de culminar la sesión literaria se daba por sobreentendido que la pareja pasaría a acciones más íntimas. Una vez que ingresaron en la guarida de soltero del conquistador, este puso música suave en su estéreo, y se sentó en el sofá al lado de su invitada. Al apretarse contra ella percibió un respingo de rechazo en el cuerpo femenino, al producirse el contacto. Volvía a estar fría y distante, pero toleró sus caricias con aire ausente. Al cabo de unos instantes, la mujer se apartó del ansioso galán. 

—Prometiste que me enseñarías tu relato de terror, pero ahora comprendo que estabas mintiendo. Habría jurado que eras un escritor... confié en ti—. Tenía la mirada de desilusión de una doncella engañada. El joven casi no podía esconder ya su malhumor. La noche soñada se estaba convirtiendo en un fiasco. No se acostaría con ella después de todo. Pero decidió hacer un último intento buscando persuadirla. Tomó entre las suyas las manitas de la atractiva morocha. 

—Encanto. ¡Te dije esa mentira porque te quiero muchísimo! Estoy enamorado de ti. Desde que te vi sentada en el bar, y supe que iría a concretarse nuestra cita a ciegas, quedé impactado por tu belleza y tu personalidad.— Las palabras casi se le atragantaban al pronunciarlas, aunque consiguió darles un tinte de sinceridad. 

—¿Entonces todo fue un engaño para que me entraran ganas de venir contigo? 

—Claro que no soy un escritor de obras góticas— repuso él, con apenas contenida exasperación. —En lo que no te miento es al confesar que estoy perdidamente enamorado de ti. Te deseaba con tantas ganas que tenía que decirte cualquier cosa para lograr traerte aquí, para poder pasar un rato a solas contigo. Pero no voy a insistir ni forzarte a nada, puedo llevarte ahora mismo a tu casa si así lo quieres. 

Las pupilas de ella lo taladraron con una intensa mirada. 

—Por supuesto que sé que estás enamorado de mí— le soltó de repente, aproximándosele. Parecía excitada y, gratamente sorprendido, el seductor creyó que, al fin y al cabo, sí iba a tener éxito. Los brazos femeninos lo rodearon y ambos quedaron frente a frente. Mirándole a los ojos, asertivamente, la chica preguntó: 

—¿Entonces, no eres un escritor de obras góticas?— Sus labios carnosos y sensuales estaban a centímetros, y el triunfo le parecía inminente. Sonriendo satisfecho, él sacudió la cabeza. 

— No, confieso que no soy el sucesor de Stephen King— se burló. —No soy capaz ni de escribir una carta de amor. Es más, ni siquiera me gustan para nada las novelas góticas. Espero no haberte desilusionado demasia… 

El muchacho nunca llegó a terminar la frase. Sintió abruptamente el latigazo de unos colmillos agudos que se le clavaban en la carne de la garganta y los apasionados brazos de la mujer vampiro sujetándole con firmeza mientras saciaba en él su frenética sed de sangre fresca. 

Un rato más tarde la joven se encaraba al espejo de su lavabo. Oscuras manchas rojas salpicaban la piel de su tórax, sus hombros y la parte superior de su negro disfraz. Había regresado a su apartamento tras su exitosa incursión nocturna. Sin embargo, a pesar de la estúpida presa masculina que había liquidado, aún sentía mucha hambre. Sería por causa de la luna llena, supuso. Las noches de plenilunio le daban un apetito fatal. Contempló su hermoso rostro y sonrió al recordar el mito popular de que los vampiros no reflejan su imagen en los espejos.

 —Una tonta superchería, otro bulo en el que creen los ignorantes— pensó. Sus labios se veían ahora más rojos que la sangre extraída a su víctima. También sus ojos se enrojecieron de súbito, delatando su naturaleza no humana. Acomodó sus cabellos azabache dentro de la capucha y, luciendo su sensual atuendo vampírico, salió de su guarida. Afuera lloviznaba y una espesa bruma invadía la ciudad. La redonda luna colgando en el cielo nocturno alumbraba su silueta femenina.

 Los peatones que deambulaban por esa oscuridad creyeron ver junto a la mujer de negro a un espectro con cuerpo de esqueleto y rostro de calavera. La muerte acompañaba a esa criatura del averno que, paulatinamente, se fue desvaneciendo entre las calles. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo. 



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