El verdadero hombre caimán

Aquel afiche al lado de la entrada del local era gracioso, y constituía el gancho ideal para atraer a los clientes. La pintura mostraba a un humanoide verde, con forma de inmenso reptil, abrazando entre sus patas delanteras a una bonita joven, desnud* y asust*da. El simpático engen5ro miraba hacia el espectador con una sonrisa socarrona en sus fauc3s, y lucía un sombrero texano sobre la cabeza.
Escrita sobre la fachada del antro se contaba la leyenda del «Hombre caimán»; un pescador mujeriego aficionado a espiar a las mujeres que se bañaban en las aguas del río. Previendo que podría ser descubierto entre los arbustos, el mirón pagó a un bru4o para que lo transformase temporalmente en un caimán, de modo que las bañistas no sospecharan y poderlas admirar a placer. El hech1cero le preparó una pócima roja que lo convertía en animal, y otra blanca que lo volvía humano de nuevo.
Un par de muchachas recibían en el pórtico de ingreso a los visitantes, y los conducían hacia el interior del local donde eran atendidos por su dueño: el corpulento Joe Ball.
Años atrás, aprovechando sus conocimientos en el negocio del licor, ese hombre había decidido abrir una cantina. A tal fin adquirió un terreno a las afueras de Elmendorf, pueblo situado al sudeste de San Antonio, Texas, y edificó allí una taberna con dos habitaciones traseras, a la cual dio el nombre de «Sociable Inn».
El lugar consistía en una espaciosa habitación, con sus respectivas mesas, y un piano, en donde los parroquianos bebían alcohol, y apostaban en riñ*s de gallos.
Aun cuando el negocio le reportaba aceptables ganancias, consideró que debía agregar otra atracción para conseguir más clientes. Por tal razón construyó detrás del bar un pequeño lago artificial, circundado por una valla de tres metros de altura, y trajo a ese hábitat a cinco yacarés. La prosperidad comercial no demoró, y sus flamantes mascotas captaron a muchos nuevos clientes.
Los sábados eran los días de mayor concurrencia, pues el comerciante exponía un show impactante y m*cabro: lanzaba a las aguas del lago animales vivos, como perros, mapaches o gatos, que sus reptiles devoraban. Además de los caimanes, el éxito de la taberna radicaba en que Joe contrataba como meseras a jóvenes vistosas y afables para atender a los parroquianos.
Sin embargo en septiembre de 1937 su buena suerte comenzó a declinar cuando familiares de Minnie Gotthardt denunciaron a las autoridades de Elmendorf su desaparición. La joven extraviada tenía veintidós años y había trabajado para Ball; quien, al ser interrogado, afirmó que ésta se había marchado a trabajar en otro lado. La explicación dejó satisfecha a la policía, y se cerraron las pesquisas. No obstante otra nueva ausencia, esta vez la de la camarera Julia Turner, puso en alerta a los sheriffs del condado. El sujeto volvió a negar saber algo al respecto, pero los policías ubicaron en su negocio las ropas de la fémina desaparecida.
A pesar de esa delatora prueba Joe se salió con la suya al argüir que la ida de la joven fue tan apurada que olvidó llevarse su equipaje. De nuevo la desidia policial determinó que se dieran por clausuradas las indagatorias. Pero las curiosas ausencias siguieron acumulándose y, un par de meses después, se perdió la pista de otras dos chicas. Esta devino literalmente la «gota que derramó el vaso».
La policía especializada (los «Rangers de Texas») intervino y comenzaron sus pesquisas rastreando el paradero de las empleadas ausentes. Aunque algunas mujeres fueron localizadas sanas y salvas, una docena de ellas seguían con destino desconocido; incluyendo a dos de las ex esposas del dueño.
El 23 de septiembre de 1938 un vecino declaró a las autoridades que había visto a Joe sobre su bote cor4ando tr*zos de c*rne humana, que luego arrojaba a las aguas del lago para dar de comer a sus cocodrilos. Un equipo de investigadores llegó a la taberna y, tras encontrar carne humana putref*cta en el lago de los yacarés, y un hacha con sangre y cabellos, concluyeron que aquel individuo desm3mbr*ba a sus v1ct1mas y alimentaba con ellas a sus mascotas.
El día siguiente los Rangers irrumpieron en el «Sociable Inn» con el propósito de examinar a profundidad la taberna y el lago. Mientras efectuaban el registro, de improviso, el a$e$ino cogió una pistola, y se suicidó de un bal*zo en el crá3eo.

Los caimanes, involuntarios cómp4ices de los h*micid4os de Joe Ball, fueron donados al zoológico de San Antonio. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Una noche de furia

La mansión condenada

La última confesión