El hombre lobo español

 



Los aldeanos estaban aterrados. Por eso se apretujaban en torno a aquella gran casona, que en el pueblo hacía las veces de iglesia. Miraban de reojo la luna llena, oculta entre negras nubes de lluvia. Los más aprensivos creyeron distinguir figuras monstruosas en el brumoso cielo, y no faltaron quienes afirmaron haber visto la silueta del Maligno flotando en el horizonte. Algunos campesinos llevaban cruces de madera, otros llameantes antorchas. Algunos temblaban, otros alzaban sus voces clamando venganza, por sus niños y mujeres asesinados. 
El engendro malvado que desde meses atrás provocaba esa tragedia no era humano, según se decía. En un tiempo había sido uno como ellos pero un aciago día, por codicia y despecho, le había vendido su alma al diablo. Durante las noches de plenilunio, como esta en la cual se congregaban, el criminal se transformaba en un lobo y destrozaba a los infelices que sufrían la desgracia de cruzarse en su camino. Ellos habían salido en tropel hacia el centro del pueblo; iban muy juntos, formando una compacta masa humana. Llenos de pavor rodearon el camposanto. Solo la misericordia del Señor tenía el poder suficiente para preservarlos de la abominable bestia.
 Por tal razón, todas las noches de luna llena los aldeanos repetían idéntico ritual. Se agolpaban exhibiendo cruces y antorchas alrededor de la iglesia. Algunos pedían a gritos la protección divina, otros maldecían y rezaban para que se diera muerte al licántropo, y terminara aquella pesadilla. Cuando al fin fue atrapado, intentaron asaltar la comisaría. Querían tomar justicia por mano propia y aniquilar al monstruo. Pero en cuanto lo vieron no podían dar crédito a sus ojos: aquel enano enclenque no podía ser el culpable. Era imposible que ese frágil sujeto fuera el asesino bestial; no podía serlo a menos de que en verdad hubiera pactado con las tinieblas, a menos de que ese hombre llamado Manuel Romasanta realmente fuera un hombre lobo.
 Manuel Romasanta no era muy agraciado, medía apenas un metro y cuarenta centímetros y tenía poco pelo. Además, quizá por los rumores en el pueblo sobre su nacimiento como niña, sus vecinos creían que era afeminado, y que servía para realizar trabajos propios de ambos sexos. Tras quedar viudo y sin hijos se dedicó a su oficio de buhonero y como vendedor ambulante de baratijas recorría las tierras de Galicia, Portugal, León, Asturias y Cantabria comprando paños y manteca para su reventa. Parecía inofensivo pero, según se supo después, fue responsable de perpetrar el asesinato de nada menos que nueve seres humanos, entre adultos y niños de dos familias.
 Romasanta se ofrecía a ayudar a quienes quisieran emigrar del campo a la ciudad, explicando que tenía amistades dispuestas a proporcionarles trabajo en Santander y otros lugares, y se ofrecía para conducirlos hasta allí. Sin embargo, a poco de iniciar la marcha con los emigrantes, cometía el crimen (casi siempre mediante mordiscos y asfixia) y robaba las escasas, pero las más valiosas, pertenencias de las personas que dejaban atrás el pueblo. Cuando la falta de noticias de los emigrados extrañaba a sus parientes, inventaba historias, e incluso cartas falsas, aprovechando que muchos no sabían leer ni escribir. 
Tras su captura declaró ser un hombre lobo que consumaba esos desmanes cuando la luna llena le hechizaba, y le hacía perder la consciencia hasta transformarlo en un ente maligno que despedazaba a sus víctimas para saciar una irrefrenable sed de sangre. Sus versiones no convencieron al juez y, el 6 de abril de 1853, el juzgado de Allariz dictó contra él la pena capital por garrote vil, como autor de los homicidios de Manuela, Benita y Josefa García Blanco y los de Antonia Rúa y sus hijos, nueve en total; otros cuatro crímenes, que también se supuso había cometido, no se pudieron probar. 
Un indulto le salvó la vida, aunque siempre quedó en duda si finalmente fue liberado o si falleció en la cárcel. El rastro del licántropo se perdió en el penal de Allariz. La versión oficial asegura que falleció de muerte natural poco tiempo después de ingresar en la prisión, pero las leyendas se dispararon. Algunas de estas aseguraban que se escapó convertido en un feroz animal, y que volvía para esconderse en los bosques. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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