El gran sospechoso

James Kelly constituyó uno de los mayores sospechosos de haber sido el nunca identificado asesino en serie Jack el Destripador. Este hombre nació el 20 de abril de 1860 en Preston, Lancashire, siendo hijo natural de Sarah Kelly, quien dejó al infante al cuidado de su madre Therese. Aunque la mujer se desentendió de su vástago, cuando menos le legó al fallecer –el 29 de julio de 1874– una pequeña fortuna valuada en veinticinco mil libras esterlinas a ser administrada por una reserva fiduciaria, de la cual el beneficiario podría disponer al cumplir veinticinco años. 

A los quince años descubrirá que su abuela no era su madre, y que esta última le habría dejado una herencia. A esa edad, comienza a aprender labores de oficina y rudimentos de contabilidad. Tras morir su abuela se emplea en Liverpool en la casa de empeños de Isaac H. Jones. De aquella época datan los iniciales reportes sobre su comportamiento errático e irracional, que se traducían en frecuentes reyertas con camaradas de tareas. A términos de 1878, abandona su faena administrativa y pasa a dedicarse al oficio de tapicero. Se muda a la capital británica, donde se contacta con los abogados que administran su fondo fiduciario y estos acuerdan anticiparle un porcentaje del dinero a fin de que lo aplique a sus estudios y manutención. Durante esos días intercala a su actividad de tapicero la práctica de trabajos portuarios ocasionales. 

Desde principios de 1879 se desempeña en una tapicería en el número 37 de la calle Collinwood y hace nuevos amigos. Entre estas amistades resalta un estibador de treinta y cinco años llamado John Merritt, del cual se convierte en compinche inseparable, y con el que Kelly sale de parranda recorriendo los bares del East End de Londres, dando rienda suelta a su afición por el alcohol y por el trato con meretrices. 

El siguiente hecho de transcendencia tiene efecto en la Navidad de 1881 cuando conoce a Sarah Brider, de diecinueve años, moza recatada y de familia religiosa, quien presenta su novio a sus padres. James le cae en gracia al matrimonio Brider, pues se muestra como un joven trabajador, bien educado y católico. Al poco tiempo, le permiten que venga a vivir con ellos como huésped a su finca del número 21 de la calle Lane. Allí James deberá compartir una habitación con un inquilino de los Brider, mientras que en el resto de la vivienda habitan, Sarah, sus padres, una hermana y tres hermanos de ésta. El joven difiere el matrimonio sirviéndose de diversos pretextos, y se presume que por entonces contrajo una enfermedad venérea, producto de sus relaciones con rameras. 

En abril de 1883 obtiene un empleo estable en la tapicería de John Hiron. Entre tanto, el comportamiento de este hombre se torna cada vez más raro y explosivo. Cuando le echan en cara su mala conducta aduce en su descargo que no sabe lo que hace, y que sufre martirizantes jaquecas y dolores insoportables en sus oídos. A todo ello, se fija para el 4 de junio la fecha de su boda y la ceremonia se lleva a cabo en la parroquia de San Lucas, pese a que tres días atrás al tapicero lo habían despedido. Al parecer disputaba de continuo, sin razones válidas, con compañeros de labor y clientes, por lo que el señor Hiron se vio obligado a echarlo pues «era evidente que no estaba bien de la cabeza», según declararía este patrono en la ulterior instrucción judicial. 

Ese testimonio, sumado a un informe médico, contribuyó a salvar al ex empleado al cual le conmutaron la pena de muerte, reemplazándola por la de confinamiento por tiempo indeterminado en un hospital psiquiátrico. 

James Kelly se había casado con la muchacha que aparentemente amaba, pero estaba destinado a no ser feliz con ella. Los cónyuges seguían conviviendo con los padres de la esposa en un ambiente de opresiva ausencia de intimidad. Hasta se rumoreó que el matrimonio no llegó a consumarse. Lo cierto era que el sujeto estaba más paranoico que nunca. Reñía con la chica y, desplegando celos obsesivos, le recriminaba por su pretendida infidelidad. En la más violenta de sus peleas el flamante marido tildó a su mujer de «prostituta barata», y la acusó de haberle transmitido la enfermedad venérea que le aquejaba –días antes su suegra había localizado, por casualidad, las jeringuillas con que James Kelly se inoculaba inyecciones curativas–.

 Así fue como el 21 de junio de 1883, a apenas diecisiete días de su casamiento, el tapicero extrajo de sus ropas una navaja de muelle con la cual rasgó profundamente el cuello de su desdichada esposa en el curso de un estallido de cólera tan absurdo como incontrolable. Ante los gritos de la violentada acudió su madre, quien forcejeó con el atacante tomándolo por el cabello. El flamante marido golpeó a su esposa y la arrojó al suelo. Luego, en vez de huir o de brindar asistencia a Sarah, que aún vivía, se encerró en su habitación. La señora Brider se reincorporó y salió corriendo en busca de socorro. Trasladaron a la herida al hospital de San Bartolomé. A su vez, el ofensor fue derivado a la comisaría barrial, sin oponer resistencia. Interrogado acerca de los móviles de su agresión, expresó a los policías: «-No sé por qué lo hice. Debo estar loco.-» 

El 23 de junio John Maynard, inspector de Scotland Yard, lo condujo al hospital donde convalecía Sarah a fin de establecer un careo entre el agresor y la agredida, pero los médicos manifestaron al detective que ello resultaba imposible, pues la paciente agonizaba. 

El 24 de junio se verificó el deceso de la joven, y al día entrante, el uxoricida fue acusado formalmente de homicidio de primer grado. Incluso el doctor Oliver Treadwell, primer profesional que lo examinó, concluyó que el peritado gozaba del pleno uso de sus facultades mentales. El veredicto emitido por el jurado fue de culpabilidad sin atenuantes, y se lo condenó a expiar su crimen en la horca. Enfrentado a la ominosa posibilidad de morir, el encausado aseguró a la prensa que ese no podía ser su destino, y que creía, que todavía no había llegado su hora, en tanto sabía que: «Dios tiene una misión para que yo cumpla».

 El 2 de agosto apeló la sentencia, declarándose inocente bajo alegación de padecer locura, mediante un libelo interpuesto ante la corte por sus abogados. Al pie de ese escrito, lucían las firmas de varios conocidos del matador quienes rogaron al tribunal de Old Bailey, donde se juzgaba su causa, que le concediesen la vida por tratarse de un desequilibrado. Sorprendentemente, entre los firmantes de la petición de clemencia se contaban los progenitores de la víctima. El descargo no funcionó.

El 3 de agosto el Ministerio del Interior británico denegó el pedido de perdón, y se confirmó la imposición del castigo máximo fijándose fecha a efectos de su ejecución, la cual quedó dispuesta para el próximo 12 de agosto. La salvación del condenado devino por entero providencial. 

A último momento, el 7 de agosto, el doctor W. Orange, médico psiquiatra y superintendente de Broadmoor, lo sometió a revisación clínica y dictaminó que estaba irremisiblemente orate. Las declaraciones de su antiguo jefe, el señor John Hiron, aportando una narración pormenorizada de las actitudes anormales de su empleado, también resultaron decisivas lo cual, adicionado a que sus defensores –o el propio Kelly– sensibilizaron a los padres de Sarah, al extremo de que los principales damnificados pidieron que se perdonara al reo, forjaron un ambiente propicio a la indulgencia.

 Finalmente, le fue cancelada la pena capital y se ordenó, en sustitución, su enclaustramiento en el manicomio. Durante su reclusión, aparentó ser un prisionero modelo. Trabajaba en la carpintería del internado y tocaba el piano. Parecía resignado a su suerte, y ni los custodios ni los facultativos imaginaban que planeaba fugarse. En realidad, estuvo durante años pergeñando su evasión, y la forma en que la llevó a cabo dio prueba de suma astucia. Con enorme paciencia y gran habilidad manual, valiéndose de un trozo de metal, confeccionó una llave que encajaba exactamente con la cerradura del portón de ingreso del establecimiento. 

Por ende, una vez que tuvo listo el duplicado, se limitó a aguardar una desatención de los vigilantes, y cuando la oportunidad sobrevino –el 23 de enero de 1888– abrió con tranquilidad la puerta, escapando fantasmalmente. Se arguyó que afuera del recinto lo esperaba su compinche John Merritt, y que utilizó dinero que aún restaba de su fondo fiduciario a fin de sobornar a los guardias y obtener cobijo una vez libre. Fuere como fuere, lo cierto es que el fugado acreditó que no estaba loco y jamás lo volvieron a capturar. Se mantuvo en el anonimato a lo largo de treinta y nueve años burlando la orden de arresto pronunciada por las autoridades. 

El hecho de que Scotland Yard recelaba del desaparecido quedó patentizado porque al otro día del homicidio de Mary Jane Kelly –o sea, el 10 de noviembre de 1888– un grupo de agentes concurrieron a su antiguo domi cilio –el que compartía con la familia Brider– y su ex suegra le informó a los policías que el tránsfuga no había regresado por allí. Lo habrían buscado asimismo por alojamientos en donde moró previo a vivir con la chica que asesinara, pero quienes atendieron a los detectives tampoco sabían de su paradero. La pesquisa cesó prácticamente al tiempo de comenzar. Se desinteresaron de James Kelly, sin saber que –atento éste confesaría mucho más tarde– aún habitaba en tierra inglesa.

 Pasarían casi cuatro décadas, y el 11 de febrero de 1927, cifrando sesenta y siete años aunque aparentando muchos más, un envejecido James Kelly llamó a la puerta del asilo de Broadmoor suplicando que lo volviesen a admitir, pues aseguró: «-Estoy muy cansado y quiero morir junto a mis amigos-». 

El inesperado retorno del fugitivo despertó el interés de algunos periódicos. Entre estos del The News of the World, que en su edición de la jornada entrante le dedicó unas escuetas líneas describiendo al arrepentido como: «Un pequeño hombre enjuto, de pelo gris y cara arrugada con los pies doloridos y medio muerto de hambre.» Dos años después intentó escapar de nuevo pero fracasó. Estaba viejo y achacoso. Expiró a los sesenta y nueve años el 17 de setiembre de 1929 de neumonía lobular doble, conforme se relacionara en su acta de defunción.

Aunque tiempo atrás los escritores James Tully y Jim Morrison postularon por primera vez a este hombre a la candidatura de Jack the Ripper, su nominación experimentó un rebrote muy mediático.
En una reciente investigación, visible en Discovery Channel, el policía estadounidense Ed Norris presentó presuntas pruebas de la culpabilidad de James Kelly, y de la comisión de otros homicidios facturados con el sello del Destripador en tierra de Norteamérica.
Norris accedió a una copia guardada en los archivos del asilo de Broadmoor sobre un relato efectuado por el propio sospechoso meses antes de fallecer.
En esas notas, el redactor confiesa que estuvo en Londres durante las fechas de la matanza. También se prueba que el sujeto emigró a Estados Unidos, luego de andar por Europa en ciudades como Paris y Rotterdam. De esta última ciudad partió rumbo a Nueva York en el mercante Zaandam, arribando al puerto el 7 de octubre de 1890.
Por ello el prófugo pudo haber asesinado a Carrie Brown en abril de 1891, muerte que algunos adjudicaron al Depredador de Londres.
Ese desalmado crimen configuró el punto de arranque de la pesquisa del detective Norris, quien afirmó que el sospechoso ultimó a nueve prostitutas antes de matar a Carrie, la cual fue su décima víctima, y sobre el cuerpo de esta desdichada el ejecutor trazó el sangriento dibujo de un diez en números romanos.
La indagatoria culmina con un golpe de efecto cuando -magia de la tecnología mediante- el detective exhibe una imagen de James Kelly joven, tal cual se lo vería en 1888, recreada a partir de una fotografía que le tomaron en el asilo en 1927.
A esa imagen reconstruida se la confrontó con un boceto mostrando la fisonomía del Destripador, de acuerdo con descripciones de testigos contemporáneos a las mutilaciones de Whitechapel. No puede negarse que el parecido entre ambos rostros resulta notorio e impactante.

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

 

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