Desafiando al mal

 

La bella y joven arqueóloga sintió un escalofrío y buscó a su alrededor con mirada temerosa. Nada ni nadie a la vista; pero el rostro cadavérico parecía acechar detrás suyo flotando en el cielo nuboso. Desde que salió de la derruida iglesia, y avanzó por el bosque rumbo al campamento científico, esa sensación opresiva la perseguía. Comenzaba a nevar y ella apuró el paso. Debía llegar lo antes posible e informar a sus colegas del gran descubrimiento. 

Minutos atrás se había armado de valor y, empujando con todas sus fuerzas, logró desplazar la pesada tapa del viejo ataúd. En su interior, con los parpados cerrados, yacía él; ese cadáver incorrupto de piel cenicienta. Sin dudas estaba muerto, llevaba muchos años difunto pero su carne no terminaba de corromperse. Pronto lo haría sin embargo. La estaca impregnada en agua bendita, con la cual la chica le atravesó el pecho, no tardaría en efectuar su obra de destrucción. Gracias a ella los aldeanos ya no tendrían que esconderse temblando dentro de sus cabañas, con ristras de ajo atadas en las puertas. 

La joven divisaba a la distancia las tiendas donde sus compañeros levantaron el asentamiento. Su corazón latía ahora con euforia, el pánico que la dominaba se había desvanecido, y sentía una enorme satisfacción. Volvería junto con ellos a la iglesia abandonada, y así todos comprobarían que la leyenda del vampiro asesino era cierta. Aquellos escépticos tendrían que reconocer al fin que ella tenía razón, que las extrañas muertes que investigaban eran producto de ataques vampíricos. Gritó anunciando su regreso; una, dos, tres veces. Nadie acudía a su llamado. La nieve seguía cayendo y el viento soplaba con furiosa intensidad. 

¿Qué estaba ocurriendo? Entre las carpas hechas jirones vislumbró aquellos cuerpos caídos en posiciones grotescas. Ninguno de sus colega mostraba signos de vida. Hilos de sangre brotaban desde los cuellos perforados, y sus ojos desorbitados reflejaban asombro y terror. La arqueóloga detuvo su marcha, el miedo volvía a recorrerla. No se trataba de un único vampiro, comprendió. El bosque estaba plagado de ellos. Y esos seres de las tinieblas acababan de cebarse con sus compañeros. 

De repente el chillido de un murciélago resonó sobre su cabeza, al tiempo de que un rumor de pies agitados se aproximaba entre la arboleda. Los seres tenebrosos se avecinaban. Habían retornado tras su expedición sangrienta. Descubrieron a su amo con la estaca clavada en el corazón dentro del sarcófago abierto; pudriéndose debido a la luz solar que se colaba por las rendijas. La chica introdujo su mano dentro de su camiseta buzo de lana marrón y extrajo el collar con el crucifijo. Dios estaba con ella y le brindaría el coraje preciso para desafiar al mal. Se abriría paso entre los engendros malignos y llegaría hasta el pueblo; allí estaría a salvo. 

* Texto de Gabriel Antonio Pombo.




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