El castillo sangriento


 

Mientras los vampiros chillaban revoloteando en derredor del castillo, en las noches de luna llena una guardia de esqueletos vivientes reptaba entre el ramaje del bosque que lo rodeaba. Los vampiros y los esqueletos eran vigías prestos para dar aviso si algún intruso osaba acercarse. 

Ese tétrico rumor, aunque era falso, servía para aterrorizar a los lugareños y mantenerlos a distancia. Pero, aunque la leyenda de los vampiros y los esqueletos malditos solo constituyese una fábula, sí era cierto, en cambio, que el interior de aquella fortaleza albergaba a la muerte.
El castillo imponía su sórdida presencia ya al ser contemplado desde lejos. Al atardecer, y durante las noches de plenilunio, era cuando más macabro se veía el majestuoso edificio. Producían escalofríos sus cúpulas y sus torretas puntiagudas rematadas por dos enormes alas de murciélago talladas en piedra. Esta fortaleza encaramada en las alturas de una montaña se transformaría en el escenario de los crímenes perpetrados por la mujer que pasaría a la historia como «La Condesa Sangrienta», y a ese antro se lo conocería por el mote de «El Castillo Sangriento», pues en su enorme recinto se ejecutaban sanguinarias tropelías.
La dueña de aquel sitio se llamaba Erzebeth Bathory y representó una asesina serial de tiempos pretéritos, cuyos crímenes devinieron tan absurdos y despiadados que se llegó a creer que eran fruto de la fantasía. Sin embargo los hechos, aun cuando poco creíbles, resultan plenamente acreditados.
El personaje histórico en cuestión fue una patricia húngara de singular belleza nacida en el año 1560, que pertenecía a la más rancia estirpe de su país. Era prima del Primer Ministro de Hungría y sobrina del Rey de Polonia, además de poseedora de una inmensa fortuna. Contrajo nupcias a sus quince años con Ferencz Nadasy, uno de los magnates de la región, y tras celebrada la boda la pareja se instaló en Csejthe, zona de los Cárpatos, en uno de sus diecisiete castillos.
Si bien siempre mostró un temperamento cruel y solía azotar sin motivo a sus criadas, su furia homicida y demencial se desató a sus cuarenta años ante el temor de ir perdiendo su belleza y lozanía. Ya para ese entonces se había aficionado a las prácticas de brujería y satanismo, y llegó a convencerse de que solo quedaba un remedio para conservar su atractivo y lograr la eterna juventud. 
Esta receta mágica estribaba en bañarse con la sangre de sus juveniles doncellas, en especial si éstas eran vírgenes. A tal efecto, dispuso que sus numerosos secuaces le proporcionaran mozas para su servicio a quienes atraían mediante falsas promesas.
Una vez prisioneras en el castillo, Bathory las sometía a diabólicos tormentos. Su ideal consistía en tomar un baño producido por la sangre de estas desgraciadas, y para ello mandó construir un muñeco mecánico hueco abierto al medio cuyas dos planchas metálicas se cerraban. En el interior de la trampa estaban fijados múltiples pinchos agudos que desangraban atrozmente a las víctimas que eran introducidas a la fuerza. Ese vesánico artificio era izado a través de unas poleas, y la aristócrata se colocaba abajo del mismo desnuda dentro de una tina de porcelana. Allí recibía su anhelada ducha sangrienta, haciendo caso omiso a los ruegos de clemencia y a los alaridos de dolor y desesperación proferidos por las jóvenes torturadas.
No obstante todo llega a su fin, y también tuvieron su término las inconcebibles maldades cometidas por la pérfida noble. Los pobladores comenzaron a quejarse frente a las autoridades y -aunque el monarca húngaro al principio hacía oídos sordos- emprendieron una revuelta tan extensa que el mandamás se vio obligado a tomar cartas en el asunto para impedir el caos en sus tierras.
Así fue como en el año 1610 el rey Mathías envió una tropa capitaneada por el propio primo de Erzebeth a fin de aclarar qué era lo que en realidad estaba sucediendo allí dentro. Detuvieron a la condesa y a sus súbditos, y prontamente se encontraron pruebas concluyentes de las prácticas horrendas que se verificaban en el castillo sangriento. Fue arrestada junto a sus esbirros y condenada a sufrir una dieta de hambre que la llevó a la tumba cuatro años más tarde. 
 * Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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