Aventura en la taberna
Aquel sujeto se había puesto demasiado cargoso. Cierto que ella, acodada contra la mesada de la taberna mientras saboreaba su segunda ginebra de la tarde, se veía por demás insinuante. Sus senos restallando debajo del ajustado vestido color lila chillón sobre el sedoso corsé.
–No estoy en horario de trabajo, querido. ¿Por qué mejor no te largas?
–Te haces la difícil cuando en realidad no eres más que una puta barata. Y las putas están a la venta, ¿verdad?
El hedor rancio a alcohol que exhalaba alcanzó la cara de la pelirroja, forzándole un mohín de asco. Ese pelmazo estaba parado a su vera, y desde aquella sesgada posición le hablaba. También sin enfrentarlo, de soslayo, la muchacha lanzó una mirada de odio cuando advirtió que el individuo, de a poco, iba deslizando sus codos por la tarima del bar en dirección a ella, al tiempo que empujaba su vaso lleno de cerveza.
–¡No te me acerques!
Él, sin paladear su bebida, tragó un largo buche que corrió a través de su garganta, produciéndole una cálida sensación de mareo. No es que necesitase hacerse de coraje para abordar a esa furcia presumida. Conocía al dedillo cómo funcionaba aquel antro. Sabía que por esas horas el dueño no estaba. Atendía su gorda mujer, y esta era ciega, sorda y muda. Nadie iría a causarle problemas si él usaba la fuerza para llevarse de allí a la ramera. A sólo una cuadra de distancia se localizaba ese baldío, donde la obligaría a darle sexo gratis. Más le valdría no hacerse la dura con él. De cualquier forma, resultaba preferible tratar de obtener su propósito por las buenas:
–Ya son más de las siete de la tarde. Se viene la noche. ¡Asegúrate los primeros cuatro peniques de la jornada! – gruñó. Acto seguido, arrojó con desprecio las monedas arriba del mostrador. Ese argumento hubiese bastado para persuadir a cualquiera de las otras prostitutas que estaban en ese lugar. Pero la mocosa necia se resistía:
–Mira, allá en el fondo, alrededor de aquella mesa, tienes sentadas esperando a dos compañeras mías; quizás ten gas mejor suerte con ellas.
–El cliente paga y manda, nena. Yo soy quien elijo-.
Le frotó la palma áspera por el revés del vestido, sobando su espalda hasta alcanzar el pronunciado escote trasero que la dejaba al descubierto. Consiguió introducir tres dedos rozándole la piel. Fue lo máximo a lo que pudo llegar. Otros dedos más fuertes que los suyos, y que cierta mente no eran los de la joven, prensaron su muñeca retorciéndole el brazo mediante un brusco agarrón.
–¿Qué diablos? – gritó, más que preguntó, al sentir que alguien lo inmovilizaba.
–Cuida los modales con mi amiga– le requirió el otro. El que, apareciendo desde la nada, encepó su brazo derecho hasta doblárselo hacia atrás, forzándolo a reclinarse contra la barandilla de la cantina.
–¡Mierda! – volvió a insultar el agredido. Pero imprecar era lo único que podía hacer. Aquel individuo, aunque no era más corpulento que él, lo había tomado por sorpresa y sacaba partido de esa ventaja.
–¡Cretino de porquería! – gritó en su oído el atacante, haciéndole retumbar los tímpanos. –¿Crees acaso que mi chica vale nada más que cuatro míseros peniques?
Sin dejarlo replicar –en caso de que el vapuleado hubiese querido decir algo– le oprimió aún más el brazo y lo empujó contra la mesada, hasta cortarle la respiración. Tras tenerlo a merced aflojó la presión, aunque apenas lo imprescindible para permitirle farfullar:
–Perdona amigo. No sabía que era tuya. Te doy seis peniques más por ella. Es todo lo que tengo – gimió.
–No está en venta hoy. ¡Y no me tutees, cabrón! - Se lo exclamó con un susurro musitado contra su oído. Nadie más lo oyó, pero las palabras repicaron dentro de su cabeza cual andanadas de fusil. El maniatado cliente hizo un esfuerzo por dar pelea. Forcejeó una y otra vez, sin poder escaparse de la llave que su antagonista le había aplicado con rigor profesional. Cada espasmo que daba tratando de zafarse le generaba más sufrimiento. Dolor intolerable. Se maldijo al darse cuenta que las lágrimas empañaban sus ojos y que, sin poderlo evitar tampoco, un chorro de orina se escurría desde su vejiga cargada de alcohol y manchaba sus pantalones.
–Voy a soltarte ahora. Te vas a dar vuelta y a largarte de aquí muy despacito. No pruebes hacer nada raro, o te quedarás sin dientes-.
A la amenaza escupida en su oreja le siguió una punzada en los riñones. Un ardor paralizante. Ese condenado le había atizado duro usando una porra de policía. Era verdad que iría a romperle los dientes con ese palo, si él buscaba revancha. Por tal motivo, aun cuando se vio libre del cepo que atenazaba su brazo, no ofreció resistencia. De reojo, por primera vez lo vio. Un fugaz vislumbre de aquel rostro de tez clara, furiosos ojos grises y cerrada barba negra, bajo un gastado sombrero de fieltro, calado contra la frente. Se echó a andar con paso vacilante, procurando salir de la taberna. Para mayor escarnio, durante su trayecto de retorno, percibió el cuchicheo de las dos desgarbadas busconas cuyos servicios había despreciado.
–Esta vez sí que encontraste la horma de tu zapato, Hutchinson, ja, ja – se burló la más desdentada. –Sí, vaya que te apalearon como a un perro, pedazo de idiota. Eso te pasa por buscar carne fresca en vez de venir con nosotras – remató, con timbre pastoso, su compinche.
Irguió la cabeza que llevaba gacha, y miró hacia dónde procedían las mofas y risotadas. Conocía a esas dos golfas. Iba a insultarlas, pero se frenó. Con su mala suerte tal vez hasta aquellas mugrosas contarían con un defensor y, con su brazo diestro tan machacado, hoy ya no se atrevía a batirse contra nadie.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
