Vampira de cacería

Atardecía, y se le había abierto el apetito. Tras levantar la tapa de su féretro fue hacia el arcón de donde extrajo una chaqueta roja de cuero y una corta falda. Una vestimenta ideal para su propósito, pensó. Esa ropa sexi acentuaba su fisonomía de muchacha desenfadada que no despertaría sospechas, ni menos aún, temor. Contempló en el espejo su delicada belleza, al tiempo de que peinaba y formaba dos colitas laterales con su rubia cabellera. Satisfecha, comprobó que lucía atractiva y sensual. Sonrió al recordar el mito popular de que los vampiros no reflejaban su imagen en los espejos. 
—Una estúpida superchería— se dijo.
 Los humanos resultaban muy fáciles de engañar. Solían estar desprevenidos ante el mordisco asesino. Y los hombres, cegados por el deseo carnal, constituían la víctima propicia para una hermosa vampiresa como ella. Dejó atrás el panteón subiendo la escalera de piedra que conducía al pórtico rematado por un farol. Desde las ramas de los árboles los cuervos graznaron al verla. 
Una vez fuera de la cripta, ya en el cementerio, cruzó por una fila de sepulturas y lápidas. Dirigió su faz hacia la lumbre de la luna llena, tomándose los pechos mientras sus caninos se transformaban en colmillos. Segundos después, sus dientes retornaron a su pequeño tamaño. Debía acudir hacia a las bulliciosas calles del pueblo, donde abatiría a la ingenua presa masculina que la confundiese con una prostituta. Para llegar hasta sus objetivos tenía que atravesar por una región boscosa. Había alimañas allí pero nada malo podían hacerle, ella era inmune. 
Al arribar al poblado lloviznaba y una espesa bruma invadía el ambiente mientras la redonda luna, colgando en el cielo nocturno, alumbraba su silueta femenina. Los peatones que deambulaban por esa oscuridad creyeron ver, junto a la mujer vestida de negro, a un espectro con cuerpo de esqueleto y rostro de calavera. La muerte acompañaba a esa criatura del averno cuyo contorno, paulatinamente, se fue desvaneciendo entre las callejuelas. 
Horas más tarde, consumada su exitosa incursión nocturna, el monstruo con apariencia femenina volvió hacia su guarida oculta en el abandonado cementerio. Para combatir el frío nocturno, ahora cubría su semi desnudez vistiendo la capa y la cogulla negras. Sin embargo, a pesar de la presa humana cobrada y del abundante flujo hemático ingerido, aún no estaba saciada. Sería por causa de la luna llena, supuso. Las noches de plenilunio le daban un apetito fatal. Sus labios parecían ahora más rojos que la sangre succionada a su víctima. De súbito, sus pupilas se enrojecieron, delatando su macabra naturaleza no humana. 
Cuando los cuervos vieron a su amiga regresar entre las lápidas bajo el tupido ramaje del cementerio volaron para posarse sobre sus hombros. El rostro de ella ya no era bello. Estaba lívido, con la mirada hundida bajo profundas ojeras, y un hilillo sanguinolento escurría de sus labios. Manchones de rojo fluido recorrían sus desnudos hombros y antebrazos, como testimonio de que su ataque letal había sido muy feroz aquella noche. 
Al reflejo fantasmal de la luz lunar, el barroso suelo por el que caminaba parecía un lecho de sangre. En unas horas amanecería y, a toda costa, la vampira debía evitar recibir la luz solar. Se internó por los pasillos del tenebroso edificio, rumbo a la cripta. Debía volver a guardarse dentro de su ataúd. En la penumbra sus ojos brillaban amarillos, perversos y enajenados. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
 


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