Prisionero en el castillo

Relataré en pocas palabras lo que me ha ocurrido en los últimos dos días. En mi ensoñación creí que la hermosa mujer estaba cerca y que tiraba de mí hacia hacia ella. Me susurraba palabras cargadas de dulzura; me besó y me pidió con cariño que me quitase el crucifijo del cuello. Mis manos se alzaron para hacer lo que me pedía, pero en el último momento logré controlarme. No estoy seguro de cuánto tiempo había transcurrido, cuando de repente oí la voz del conde hablando con desprecio. 
-- ¡Lárgate de aquí! Tu esfuerzo es en vano. Aún no ha llegado el momento. Espera unos días. Cuando yo ya no lo necesite, podrás tenerlo para ti, y entonces... 
Me levanté del sillón donde me había quedado adormilado. Haciendo un gran esfuerzo, casi arrastrándome, llegué hasta la ventana de la sala y miré hacia el balcón. Bajo la luz de una enorme luna llena creí verlos. El conde estaba rejuvenecido y la tomaba por la cintura en gesto posesivo. Luego ella entregaba su cuello y el joven conde la mordía allí, pero era claro que no se trataba de un ataque, sino de un juego erótico, en vista de la expresión de placer que la bella mujer experimentaba. 
Acto seguido la niebla inundaba todo y ya no podía verlos. Sentí un revoloteo y un chillido provenir desde donde antes viera al conde y la mujer. 
Al disiparse las brumas advertí que un murciélago enorme venía desde el exterior hacia mí. El animal volador se detuvo en el alféizar y replegó sus alas. Su pequeña cabeza de puntiagudas orejas era espantosa, parecía humana, sus ojos brillaron malévolos y abrió el hocico dejando a la vista sus colmillos. Aterrado, me aparté de la ventana para no ser descubierto. 
Seguidamente oí una risotada extraña y estridente, como el sonido de una campana de cristal. Era la voz de ella. Aún me estremezco al recordarla, no era una voz humana en absoluto. Poco después escuché que el conde decía: 
-- Buenas tardes, amigo mío. Veo que se quedó dormido mientras realizaba su tarea-. 
Abrí los ojos y le vi al otro lado de la mesa, frente a mí y dirigiéndome una mirada punzante. Me sentía cansado y débil, y cuando me dijo que me fuera a la cama le obedecí sin rechistar. Al pensar en ello, me resulta difícil discernir si había estado soñando o había estado despierto. Si era un sueño, tal vez se tratara de un presentimiento, pero no creo que fuera un sueño.


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