Muerte en el Támesis

En el otoño de 1888 un sicópata al cual la prensa llamó "Jack el Destripador" se ensañó con las prostitutas del Este de Londres y, además de cortarles el cuello, las abría en canal y diseccionaba los cadáveres. Su objetivo era llevar los órganos para los rituales de la secta satánica que integraba, pues era el hijo del jefe o "Maestro" de esa orden diabólica, un aristócrata pervertido que, a su vez, había cometido otra serie de homicidios sacrificando víctimas femeninas a Satán. Esos crímenes se conocieron como "Los asesinatos del Támesis", pues los restos humanos se esparcían en ese río, y al culpable se lo motejó "Descuartizador del Támesis". El primero de aquellos homicidios ocurrió en la zona de Battersea en septiembre de 1873, y la mujer sacrificada fue una campesina que tenía dos hijos menores. Tanto el Maestro como su hijo Jack el Destripador habían mandado a sus esbirros a secuestrar a ambos niños para inmolarlos, pero estos lograron escapar. La niña tuvo la suerte de ser adoptada por una familia adinerada que le brindó una nueva vida. Pero, ya convertida en una joven, no podía olvidarse del injusto asesinato de su madre a manos de aquellos malvados. Con el tiempo conoció a un valeroso detective empeñado en perseguir a Jack el Destripador y al Descuartizador del Támesis, y se unió a él. Así llegamos al 10 de septiembre de 1889 cuando la chica y el detective, disfrazados con el ropaje usado por la secta, sorprendieron a Jack el Destripador y al Maestro (Descuartizador del Támesis) en el barco desde el cual estos se aprestaban a arrojar al río los trozos de su última víctima. Tras una refriega mataron al jefe satánico cortándole el cuello y, en otro enfrentamiento, la chica usando una aguja hipodérmica narcotizó a su hijo (Jack el Destripador) mientras este forcejeaba con el detective. Una vez desmayado lo trasladaron a la sala de máquinas del buque y lo ataron a una cañería. Aguardaron a que despertara. La droga había surtido el deseado efecto. El hombre apodado Jack el Destripador salía lentamente del sueño inducido por el narcótico. Yacía de espaldas y una terrible jaqueca atravesaba su cabeza, como si se la estuviesen martillando desde adentro. Sus sienes latían. Pugnó por alzar los párpados que, de tan pesados, imaginó que una densa cortina cernida encima de ellos le impedía moverlos. Realizando un esfuerzo de voluntad supremo, consiguió entornarlos. Instintivamente quiso restregar sus ojos procurando espabilarse, pero no pudo. Cuando intentó guiar sus manos a la cara algo lo lastimó, rasgando sus muñecas. Fue el tirón seco del cordel que también enrollaba sus antebrazos y se los inmovilizaba contra la nuca. Con enorme incomodidad enderezó su cuello hacia arriba. Su mirada turbia, proyectada desde unos ojos abotargados, por fin abiertos, acompañó la corta trayectoria del bramante liado al tubo metálico de la cañería. Entonces comprendió que se hallaba dentro de la sala de máquinas de la embarcación. No localizó su pistola, ni su cuchillo favorito de acero toledano. Ese de hoja recta que a mitad del trayecto curvaba su filo y se ensanchaba sutilmente, volviéndolo ideal para degollar. Oyó un trepidar de pasos sobre la cubierta. Alguien destapaba la escotilla. Sintió el eco producido por dos pies bajando la estrecha escalera. La luz del amanecer se colaba mortecina a través del hueco mínimo dejado en aquel acceso. Al instante, otro estrépito que también procedía desde el mismo sector y nuevas pisadas haciendo chirriar los peldaños. Un segundo cuerpo más grande que descendía. Irguió con dificultad su cabeza torciendo hacia lo alto el cuello dolorido, de tan atosigado que se encontraba. Sólo pudo advertir sus borrosas presencias cuando los tuvo a corta distancia. Se comunicaban entre en sí mediante susurros. Tramaban algo aquellas dos figuras humanas recortadas en la penumbra. El más fornido se le aproximó aún más y encendió la llama del farol que portaba. Entonces sí lo pudo visualizar con nitidez. No su cara, sino la máscara cernida sobre esta. Aquel morro de ave rapaz, que él tan bien conocía. –¿Quién es usted? –No soy tu maestro; o sea, no soy tu padre– contestó una voz masculina. –¡Mi padre te matará, hijo de perra! – exclamó desde el piso, dando rienda suelta a su ira. –A los traidores también se los sacrifica, y me aseguraré de que sufras más torturas que las mujeres ofrendadas– remató. Al verlo así disfrazado creyó que estaba frente a uno de sus cofrades. Esos dos sujetos debían ser unos desertores que se habían sublevado, pero aún se podía ponerlos en vereda recordándoles quien mandaba Por toda respuesta su captor se agachó y le aferró la nuca tirando de sus pelos, forzándolo a virar el rostro hacia un costado. Su visual se tropezó con aquel grotesco bulto que, arropado con una arpillera, yacía a un par de metros. Con la mano libre el agresor hizo una seña a su compinche. Esta comprendió de inmediato y se arrodilló al lado de la forma exánime. Tomó el borde de la tela que oficiaba de tosca mortaja y, con lentitud, fue descorriéndola. Aquel rostro con sus ojos en blanco apareció y, al jalar un poco más ese improvisado velo, quedó al desnudo la garganta cercenada. Desde allí goteaban unos grumos opacos y densos. El líquido rojo que aún fluía desde la carne rajada. Empapaba la cuadrada mandíbula y chorreaba, anegando las mejillas mal afeitadas. –Ya no puede ayudarte. Palideció de súbito y, pese a estar tan amarrado, empezó a temblar. –¡No me haga daño! – rogó. Pero todavía tuvo ánimo para fingir y proferir, por instinto, una amenaza vana. –¡No saldrá vivo de aquí si lo hace! El otro le soltó el cabello y se levantó. Buscó con la vista a su cómplice y repuso: –Mi compañero decidirá tu destino. La segunda figura humana se le aproximó. Desde atrás de una mascarilla idéntica un par de pupilas lo escudriñaban. Ese extraño callaba, aguardando a que el cautivo hiciera uso de la palabra. –¿Quién eres tú? – le interrogó este. Sin saber por qué, aun en tan desesperada situación, la apariencia débil del invasor lo indujo a dirigirse a él mediante un tuteo, alentando una vaga esperanza. La voz femenina que le respondió, aunque sonaba fría, también lo trató con familiaridad. –Soy una niña que escapó de vuestras garras, y creció. Transcurrieron dieciséis años. Battersea 1873, ¿te acuerdas? Entonces llevabas la cabeza rapada y vestías una toga marrón, según me contaron. Querías también mi sangre para el sacrificio. No te bastaba con la de mi madre. Asombro y miedo. Era una mujer quien le hablaba. Recordó el timbre de esa voz… claro, la prostituta. Aquella se despojó del retal de piel de zorro moteado y del antifaz y acercó hacia sí la lumbre para que el otro pudiese identificarla. La delicadeza de sus rasgos contrastando con el fulgor acerado de su mirada. –¿Cómo te llamas? ¿Quién eres tú?- repitió él con desespero. La joven esgrimía un puñal. Con él cortó el cordel ligado a la tubería, liberándolo de ese encierro. Tras dejar caer el arma, con inesperado vigor, tironeó desde el extremo de la cuerda que ataba las muñecas y comenzó a arrastrar a su presa. Su compinche se agachó y le ajustó a los tobillos una cadena, con un ancla de porte mediano adosada a su extremo. Cerró ese grillete usando un candado y, hecha esa maniobra, la ayudó a transportarlo. Él adivinó hacia dónde lo izaban. A la esclusa que momentos atrás habían abierto. Desde afuera podía oírse el rugido del río. La nave a vapor cursaba canal adentro. Un tercer atacante había tomado su control y la guiaba. El zumbido de las calderas a carbón; las paletas girando contra las olas, internándose con destino a la región más profunda del cauce. Mientras tanto, entre ambos lo habían colocado más allá de la abertura; reposando sobre la tapa de madera enfrentada hacia el exterior. –¿De verdad quieres saber quién soy? Te lo diré. A los condenados a muerte no se les debe negar su último deseo. Hizo una pausa tomando aliento. Su acompañante se ubicó al costado suyo y le tocó con suavidad el brazo, pidiéndole que mostrara clemencia. Ella lo ignoró y volvió a encararse con su enemigo, observándolo desde arriba. Sus ojos llameaban. –Te lo explicaré. Soy una mujer cobrándose justa venganza. Y para los asesinos de tu especie… la mujer es el animal más peligroso. Apoyó la planta de su pie izquierdo contra un hombro del prisionero y, reuniendo todas sus fuerzas, empujó. El cuerpo resbaló sobre el tablón inclinado, despeñándose al vacío con un sordo chapoteo. Al abrir la boca buscando respirar tragó agua. Se fue hundiendo. El peso del ancla, encadenada en derredor a sus tobillos, lo impelía hacia el abismo oscuro. Cuando días más tarde el cadáver emergió estaba demasiado irreconocible. Otro suicida anónimo, se dijeron los pescadores del muelle. El segundo atrapado entre sus redes en aquella jornada. Dos enigmas más devueltos por el Támesis. * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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