Las máscaras del horror
Tras revisar aquel lugar la policía localizó una mascarilla similar a las utilizadas en obras teatrales y, para colmo de horrores, una careta de piel humana.
Más tarde, él confesó que disfrutaba al colocárselas y mirarse en el espejo, viendo así cómo cambiaba su apariencia.
Primero se quitaba la caretilla teatral y debajo aparecía la máscara de carne humana, tras cuyos orificios asomaban sus gélidos ojos celestes. Luego se despojaba también de ésta, quedando al descubierto el rostro real de ese asesino enajenado.
Los espantos salieron a la luz al proseguir los agentes su búsqueda dentro de la granja. El cuerpo decapitado se balanceaba desde las vigas del cobertizo, suspendido por los tobillos. Estaba abierto en canal y, más que el cadáver de una mujer, parecía una res recién faenada. Al menos eso creyó el oficial ayudante al mirar por primera vez entre las brumas de ese recinto apestoso. Sin embargo, cuando enfocó el haz de su linterna advirtió su error. La viuda que desde días atrás buscaba ya no sería una persona desaparecida. Debía avisar al sheriff, quien se hallaba registrando otro sector de la residencia. Pero, antes de ir en procura de su superior, su revuelto estómago ya no pudo aguantar más, y vomitó.
Aguardaron al dueño de casa con sus revólveres desenfundados. Cuando aquél llegó, no opuso resistencia. Se libró de ir a la cárcel, dado que la justicia lo declaró insano y ordenó su encierro en un manicomio.
El culpable era un granjero solterón que siempre había vivido con su madre, una fanática religiosa que dominaba toda su vida. Tras morir ésta, el hijo comenzó a desenterrar cadáveres en los cementerios. Los transportaba a su vivienda, donde los examinaba, tenía sexo con ellos, y se los comía. Con los cráneos fabricaba cuencos para beber sopa, y con el pellejo confeccionaba brazaletes y vestidos. Cubrir su desnudez con la piel de las fallecidas le daba placer. Pero pronto la carne descompuesta dejó de saciarlo, y necesitó sentir la calidez emanada de cuerpos humanos recién cortados.
A su propiedad los vecinos la llamaron «Granja de los cadáveres». Corrió el rumor de que estaba maldita, habitada por espíritus malignos que forzaron al asesino a cometer esas aberraciones. Una vez recluido el culpable, el establecimiento fue quemado hasta los cimientos.
Esta sórdida historia había comenzado años atrás, y su protagonista fue un sujeto menudito e insignificante que parecía incapaz de matar a una mosca. No obstante, su apariencia engañaba pues se trató de uno de los homicidas secuenciales más macabros y escalofriantes de que se tenga memoria, lo cual le valió el mote criminal de «El carnicero de Planfield».
Edward «Ed» Gein -pues así se llamaba- nació el 27 de agosto de 1906 en el seno de una familia particularmente perturbada. Su progenitora padecía de esquizofrenia, su hermana fue internada de por vida diagnosticada como orate incurable, dos de sus tíos también sufrían desarreglos psíquicos, y su único hermano era alcohólico.
Este hombre siempre residió en una pequeña granja de Estados Unidos en la localidad de Planfield, Wisconsin, y se ganaba la vida haciendo reparaciones para sus vecinos. Nunca se casó, y compartió su vivienda hasta ser un adulto junto con su madre, mujer de religiosidad exacerbada que no permitía a su hijo mantener relaciones sexuales normales.
En el año 1945 la señora falleció víctima de un ataque cardíaco, y el ya por entonces inestable Ed caería en un declive aún más pronunciado de su frágil razón.
Comenzó a merodear por el cementerio local con su vieja camioneta.
Los lugareños veían esa costumbre como otra de sus excentricidades. No podían imaginarse, claro está, el verdadero motivo que lo impulsaba a emprender aquellas raras excursiones: desenterrar cadáveres femeninos, para ejercitar sobre ellos lúgubres actos de necrofilia.
El 8 de diciembre de 1954 la apacible tranquilidad del poblado colapsó luego de que un granjero ingresó a la taberna regentada por una viuda de apellido Hogan. La propietaria no se hallaba presente, pero lo que sí se observaba muy nítido, esparcido en el piso del establecimiento comercial, era un impresionante reguero de sangre que llegaba hasta la puerta de entrada.
Tras darse noticia del hecho al sheriff, este comenzó a trabajar de inmediato, junto con su personal, en la búsqueda de la desaparecida, y se llevó a cabo una minuciosa investigación partiendo de la creencia que la señora había sido reducida mediante golpes que le ocasionaron pérdida de sangre. Acto seguido, él o los atacantes la habrían secuestrado, introduciéndola a la fuerza dentro de un vehículo que se habría estacionado frente a su comercio.
En las indagatorias fueron interrogadas decenas de personas, pero a pesar de los esfuerzos policiales nada se sabía respecto del paradero de Mary Hogan.
El nuevo crimen perpetrado por Edward Gein se produjo el 16 de noviembre de 1957. Entró a la ferretería del pueblo y realizó una compra. Una vez concluida la operación mercantil, en lugar de entregar el dinero, con su rifle calibre veintidós le disparó en la cabeza a Bernice Worden, la madura dueña de ese negocio.
Después, y tal como había hecho con su primera víctima, arrastró el cuerpo inerte y sangrante hasta su furgoneta partiendo rumbo a su casa.
En esta ocasión le resultaría fácil a la policía localizar al culpable puesto que la víctima, al registrar la compra efectuada, había anotado el nombre del asesino en la boleta.
Raudamente el sheriff y sus subordinados se apersonaron en la granja del principal sospechoso con la intención solo de interrogarlo pues, pese a la delatora evidencia que había dejado en la ferretería, a los agentes aún les costaba concebir que el aparentemente pacífico campesino fuera responsable de la violenta agresión.
La opinión de los pesquisas cambiaría abrupta y dramáticamente cuando, al revisar el galpón del solitario granjero descubrieron, con horror, aquel mutilado cuerpo colgado del techo mediante un gancho.
Esparcidos por allí, además de las tétricas máscaras, hallaron basura, revistas pornográficas y toda suerte de deshechos, incluidos trozos de cadáveres, dentaduras postizas y fundas de cuchillos fabricadas con piel humana; a su vez, en la cocina fue ubicada una colección de cráneos aserrados que se usaban como ceniceros.
Los médicos forenses detectaron los restos de únicamente dos mujeres victimadas. Los otros despojos humanos pertenecían a cadáveres que el psicópata había desenterrado tras profanar sus tumbas.
Resultaba notorio que, a despecho de la inaudita crueldad exhibida, el causante de tan monstruoso zafarrancho estaba -según menta el dicho popular- «Más loco que una cabra».
El tenebroso homicida Ed Gein lograría ascender a un elevado sitial dentro de los anales del espanto y serviría de modelo para la exitosa novela «Psicosis» nacida de la inspiración literaria de Robert Bloch, y que fue trasladada a la gran pantalla por el extraordinario cineasta Alfred Hitchock.
La justicia admitió que este individuo había cometido sus crímenes en estado de aguda demencia, y gracias a ello no fue ejecutado sino que concluyó calmadamente su existencia tras pasar largos años recluido en un hospital psiquiátrico.
El 26 de julio de 1984 falleció como consecuencia de insuficiencia cardíaca.
Sus restos mortales terminaron sepultados junto a los de su querida madre bajo la tierra del cementerio de Planfield que tiempo atrás fuera mudo testigo de sus aberrantes incursiones.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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