Ladrones de almas

 
LADRONES DE ALMAS
Era un pueblo rodeado por un bosque ancestral, donde la leyenda se entrelazaba con la realidad. Decían que cuando el reloj marcaba la medianoche el bosque cobraba vida propia y, entonces, unos entes fantasmales poseían los cuerpos y robaban las almas de quienes se adentraban por allí. 
Un equipo de jóvenes investigadores, decididos a dejar en evidencia que tal rumor era una superchería, se aventuró a internarse. Su viaje comenzó por la tarde con un sol radiante y un cielo celeste brindando alegría a ese sendero de árboles y pastos muy verdes a orillas de un arroyuelo de agua cristalina. Los jóvenes no podían ocultar su gozo al contacto con la naturaleza amable. 
La pequeña comitiva se componía de Juan Carlos, el investigador jefe, su asistente y pareja, la bella pelirroja Sandra, y el amigo de ambos, Mauricio. Al caer la noche, mientras el trío se adentraba por la espesura se fue notando que los sonidos familiares de la naturaleza se desvanecían. Los susurros del viento entre las hojas y el crujir de las ramas se extinguían, dando paso a un silencio sepulcral que oprimía los sentidos. 
De improviso, un extraño resplandor iluminó el camino, revelando sombras danzantes entre los árboles. Esas figuras parecían humanas, pero sus rostros eran solo manchas informes. 
Sin decir una palabra, los jóvenes investigadores continuaron su avance, sintiendo la inquietante sensación de ser observados por ojos invisibles. Mientras penetraban más profundamente, el bosque se cernía sobre ellos, como si las ramas retorcidas se entrelazaran para sellar su destino. Un murmullo apenas audible se filtró en sus mentes, cual el eco lejano de voces ululantes. 
La realidad parecía desdibujarse, y aquellas apariencias fantasmales se multiplicaban adoptando formas incomprensibles. Juan Carlos, el líder del grupo, advirtió que esas sombras empezaban a imitar sus movimientos. Cada paso, cada gesto que hacían, era replicado en una copia perfecta por las figuras penumbrosas que los rodeaban. 
La paranoia se apoderó de ellos, mientras el bosque se volvía un laberinto en constante cambio. De repente, las sombras tomaban forma humana adoptando los rasgos de cada uno de los tres jóvenes. Uno a uno los duplicados espectrales se les aproximaron; sus ojos sin pupilas fijos en los tres originales. Sin emitir sonido alguno, esos fantasmas tocaron a sus contrapartes humanas, absorbiendo sus esencias en medio de un estremecedor silencio. 
Juan Carlos, que ahora era el último sobreviviente, se encontró cercado por las sombras de quienes en vida fueran Sandra y Mauricio. Los duplicados lo observaban con ojos hambrientos, esperando su turno. El bosque se cerró sobre él, los espectros lo envolvían, y aquel silencio de muerte se rompió con su grito ahogado por la angustia. Cuando la luz del amanecer se filtró entre las ramas, el bosque recuperó su quietud habitual. Las sombras usurpadoras de cuerpos habían desaparecido. 
Ahora tan solo se oía el susurro del viento. Los espectros ancestrales habían cobrado su tributo de almas y aguardaban al acecho, en el interior del siniestro bosque. 
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.
https://www.youtube.com/shorts/87bA7Rb2U4E
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