La traición de Diana
Diana tenía una doble personalidad. En su vida social era una aristócrata inglesa de la época victoriana, que en el año 1888 conservaba su belleza bien entrados sus cuarenta años. Era soltera y amante de un político británico de más de cincuenta años, casado y muy acaudalado. Con tanto dinero contaba este que podía financiar los gastos de la secta satánica de la cual era el "Maestro". Y es que Sir Gerard -tal era su nombre y su título nobiliario- también tenía una doble personalidad. Era un sádico igual que ella, quien enfundada en un vestido escarlata y ocultando su rostro bajo un antifaz lo asistía en los rituales impíos.
La mujer no solo participaba en el culto perverso, sino que disfrutaba captando víctimas, a las que engañaba con suma astucia. ¿Qué muchacha pobre iría a desconfiar de esta noble dama, que tan bondadosa parecía?
Diana era la araña que atraía a las moscas hacia la red ponzoñosa de la "Orden del Macho Cabrío" que su amado Gerard lideraba.
Esta vez había engañado a una bonita chica que vivía en la indigencia. La hizo narcotizar mientras la transportaban en un carruaje, con la excusa de llevarla hasta una casa de campo. Allí se le proporcionaría abundante comida y lindas prendas, a cambio de realizar labores domésticas, le había prometido Diana.
No bien llegó a esa finca fue recibida por un grupo de sujetos que se hacían pasar por sirvientes. A los pocos minutos la droga que, sin saber, había consumido hizo efecto y la muchacha cayó desmayada.
Cuando se despertó ya estaba aferrada. Unas manos le liaron sus muñecas a la espalda. Otras capturaron sus tobillos y la levantaron en vilo. Rumbo a aquel túmulo cubierto con un paño rojo. Presidido a un lado por la escultura de esa cabra repugnante, y al otro por la cruz invertida tallada en ébano.
La joven traicionada gritó y gritó. Luego únicamente pudo emitir sollozos ahogados por la mordaza. Como no se quedaba quieta y, a despecho de los amarres, se revolvía espasmódica sobre la tosca mesa donde la acostaron, procedieron a inmovilizarla totalmente. La ataron tanto que sólo podía alzar su cabeza, torciendo hacia arriba el cuello, que le dejaron sin apoyo.
Desde esa incómoda posición logró ver que había también una mujer entre aquellos dementes. Alta, cabellera azabache, vestido escarlata y rostro oculto tras un antifaz. Llevaba en sus manos un cuenco de oro. Se agachó a su vera y dejó en el suelo ese recipiente, centímetros debajo del cuello colgante de la amarrada.
De soslayo, en el paroxismo de su terror, la pordiosera creyó reconocerla; pese al disfraz y al embozo que la ocultaba. ¡No era posible! aquella mujer parecía ser Diana.
Acto seguido, uno de los captores se ubicó detrás y la jaló por los cabellos de su nuca obligándola a erguir la cabeza. Le ajustó todavía más la mordaza.
La prisionera no podía dejar de ver a quien, sin duda, era el jefe del malvado grupo. Aquel gigante enfundado en una oscura capa azulada bajo cuya cogulla exhibía la máscara con semblante de pájaro diabólico. Lo oyó canturrear en una lengua exótica.
La pérfida dama que la había traicionado también profería sonidos broncos, que retumbaban ensordecedores. Un intenso mareo fue apoderándose de su conciencia. El griterío cesó. El ave rapaz enorme se le aproximaba. Sostenía un puñal reluciente, de tan afilado. Ella apretó los ojos con todas sus fuerzas.
—Es solo un mal sueño, una pesadilla. No puede ser verdad— se dijo. Tal vez se habría quedado dormida dentro del coche durante el prolongado trayecto. Sí, eso tenía que ser. Un esfuerzo de voluntad y lograría al fin despertarse. Abrió los párpados. Pero no; no se hallaba en el interior del carruaje. El hombre enorme con máscara de ave rapaz continuaba allí y blandía el mismo cuchillo.
A su vez, la artera empleadora se había aproximado y colocó una vela blanca encendida sobre un tosco túmulo puesto a los pies de la mesa de sacrificio.
La chica no podía evitar contemplar la ardiente lumbre, y tampoco el rostro de la perversa Diana que, con estudiada lentitud, iba quitándose la careta tras la cual lo escondía. Ahora al fin iba a reconocer su cara verdadera.
¡Pero no! Lo que vio no fue la faz de esa crápula, no fueron esas facciones delicadas, casi pálidas, ni esos hermosos ojos color castaño.
—Estoy drogada— pensó la cautiva. No fue solo agua lo que el cochero le dio a beber por el camino. Seguramente la bebida contenía un narcótico muy potente bajo cuya influencia ella seguía, y que la trastornaba más y más
¡No! no podía ser cierto lo que sus ojos se empeñaban en mostrarle. Las bellas pupilas de Diana se ennegrecían y titilaban feroces hasta tornarse de un tono rubí sangriento.
En la cara de la traidora un maquillaje negro le cubría la nariz, los pómulos y la frente. Sus largos dedos, de cuidadas uñas, también lucían tiznados de negro, al igual que sus labios.
El rostro demoníaco de Diana se acercaba más y más a su presa, mirándola voraz por detrás de la flama de la vela. En medio de su espanto la chica imaginaba que cráneos blancuzcos flotaban, mientras todo a su alrededor daba vueltas enloquecedora. Ahora volvía a oír el cántico retumbante.
La joven indigente yacía inerme, amarrada a merced de las calaveras, de la mujer de ojos rojos cuya mirada demente la hipnotizaba, del hombrón con la careta de ave rapaz que esgrimía el afilado cuchillo de sacrificio en su mano.
El acero cortante del arma bajó implacable, mutilándole la garganta. Tras el inicial borbotón, la sangre se fue escurriendo hacia abajo.
Diana recogió el fluido vital robado a la víctima traicionada. Se arrodilló ante la estatua del macho cabrío y depositó allí el cuenco sangriento, brindando así su ofrenda al Maligno. El iris de sus ojos destellaba con una roja e inhumana lumbre.
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.
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