La noche del Destripador

Ese atardecer, el asesino que la prensa bautizaba con el alias de "Jack el Destripador" estaba decidido a atacar de nuevo. Se vistió muy despacio con elegantes ropas oscuras: pantalón, chaleco y saco negros, corbatín de seda anudado a su camisa, y guantes de cuero. Por último, cubrió su testa con su sombrero de copa favorito. Se observó en el espejo comprobando cada detalle de su perfecta apariencia. Nadie sospecharía de lo que era capaz este sobrio caballero británico, dijo para sí, con maliciosa satisfacción. 
Por la ventana se vio el fogonazo de un relámpago iluminar el brumoso cielo londinense. Salió de su residencia con paso firme, casi presuroso, sin olvidar llevar consigo el maletín de cuero, similar al que usaban los médicos, en cuyo interior escondía un juego de cuchillos de recia empuñadura que, con mucho esmero, acababa de afilar. 
Mientras avanzaba sobre las adoquinadas calles llamó su atención la cerrada oscuridad que inundaba todo a su alrededor, aunque aún no había caído plenamente la noche. ¡Maldito apagón!, exclamó, contrariado. Esperaba que la ausencia de luz no perjudicara el trabajo en las tabernas. Allí era donde solía ir a beber una copas, y desde las barras de esos antros escudriñaba a las prostitutas. 
Cuando las mujeres se marchaban con algún cliente las acechaba sigilosamente, y aguardaba a que el ocasional compañero de aquellas se retirase. Instantes después, por sorpresa y sin darles tiempo a oponer la menor resistencia, se abalanzaba sobre ellas y les cercenaba la garganta. 
Esta noche no sería la excepción- pensó, y una cruel sonrisa se dibujó en su rostro. Pero antes de llegar a la taberna observó a una sombra que le venía de frente entre la niebla. Aguzó la mirada. Para su sorpresa, esa menuda figura se dirigía hacia él. 
– Hola, guapo, ¿quieres pasar un buen rato? – ¡Una ramera!- exclamó para sus adentros Jack. Debía de ser nueva por allí o tener mala vista si no lo había reconocido. A punto de contestar, vio como la mujer se detenía de golpe y se llevaba las manos a la boca, ahogando un grito. Al aproximarse a él la veterana prostituta logró verle con claridad la cara, y algo en su interior le dio la voz de alarma. Supo que este no era un cliente más, por muy bien vestido que estuviese. Llevaba años ejerciendo en el oficio, y había desarrollado su intuición, sabía olfatear el peligro. Y de aquel individuo emanaba una aura siniestra Debía alejarse rápido. Dio media vuelta para volver sobre sus pasos y escapar presurosa. Sin embargo él fue más veloz. 
Estaban en plena calle, a oscuras, ni un alma rondaba por los alrededores. Lo aprovecharía. La agarró desde atrás por el cuello y, con frenética violencia, la derribó. Ahora ambos forcejeaban sobre los adoquines húmedos. El cazador montado a horcajadas encima de la espalda de su presa, y ésta revolviéndose con desespero, tratando en vano de quitarse de arriba el musculoso cuerpo de su atacante. Sintió una fornida mano cerrarse como un cepo en torno a su garganta, mientras el peso de aquel desquiciado la inmovilizaba. Esos dedos apretaban más y más, todo se nublaba. 
Tumbada e inerme advirtió un chisporroteo. El leve resplandor provenía desde el filo del cuchillo que él empuñaba con su otra mano, y que ya rasgaba su cuello. Era el final. 
* Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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