La mascota
Tenían su guarida en la cripta oculta en el abandonado camposanto. No podían haber dado con un refugio tan seguro como aquel, y el rumor de que la zona estaba maldita los ayudaba todavía más; ningún lugareño osaba husmear por esos lares. Durante el día, al contacto con la luz solar, estaban vulnerables. Por la noche devenían invencibles, incluso cuando reposaban inermes dentro de sus ataúdes.
Solo si les perforaban el corazón con una estaca, previamente impregnada en agua bendita, podrían acabar con ellos. Pero aunque eran casi inmortales, necesitaban ingerir sangre fresca para proseguir con su macabro ciclo. Y sentían algo parecido al hambre (un recordatorio de su pasado como vivientes) que les impelía a salir de cacería en busca de su alimento.
Para su fortuna los humanos resultaban muy fáciles de engañar. Solían estar desprevenidos ante el mordisco asesino. Y los hombres, cegados por el deseo carnal, constituían la víctima propicia para una hermosa vampiresa como ella.
Atardecía, y se le había abierto el apetito. Tras levantar la tapa de su féretro fue hacia el arcón y extrajo una larga falda dorada, que ciñó a su cintura.
Observó en el espejo su bello rostro, mientras entretejía una cola con su cabellera azabache. Luego cubrió sus senos mediante un sostén negro, quedando al desnudo la piel de su tórax, brazos, hombros y espalda. En un gesto de coquetería, colocó en torno a su cuello una fina gargantilla de cuero. Satisfecha, comprobó que lucía atractiva y sensual. Sonrió al recordar el mito popular de que los vampiros no reflejaban su imagen en los espejos.
—Una estúpida superchería— pensó.
Dejó atrás el panteón subiendo la escalera de piedra que conducía al pórtico rematado por un farol. Desde las ramas de uno de los árboles los cuervos graznaron al verla. Una vez fuera de la cripta, ya en el cementerio, cruzó en medio de una fila de sepulturas y lápidas, bajo la lumbre de la luna llena que se abría paso entre las nubes. Debía ir rumbo a las bulliciosas calles del pueblo, para abatir a la presa masculina que la confundiría con una prostituta.
Para llegar hasta sus objetivos forzosamente tenía que internarse en una región boscosa. Había alimañas allí pero nada malo podían hacerle, ella era inmune. A la distancia oyó un sonido. Se trataba de una nave que surcaba por el cielo nocturno. Aunque apenas la vio un instante, no parecía un helicóptero, ni una avioneta; y resultaba evidente que aquel aparato venía fallando. Lo siguió con la mirada hasta que el objeto quedó oculto por los árboles.
Al rato, retumbó una explosión que, seguidamente, dio lugar a una gran fogata.
La mujer vampiro se encaminó hacía el foco del siniestro; no por curiosidad, sino a la caza de los tripulantes muertos o desfallecientes. Esa debía ser su noche de buena suerte, creyó. Disfrutaría de una comida rápida y fácil en esta ocasión. Le fastidiaba acudir al pueblo, y desperdiciar energías seduciendo a aquellos idiotas. Avanzó ansiosa entre el ramaje hasta localizar el sitio chamuscado y humeante por la caída del objeto. Aunque estaba deshecha, la estructura mantenía su extraña forma ovalada. Sobre la maleza, retorciéndose de dolor y muy heridos, yacían dos sujetos despedidos del platillo volante tras el terrible impacto.
Ella se aproximó y le bastó un vistazo para comprender que no pertenecían a este planeta. Su piel de color gris y sus abultadas cabezas de sombríos ojos sin párpados, no dejaban dudas de su origen extraterrestre. Aún vivían, y podían salvarse si recibían asistencia médica. Al verla llegar la miraron, y de su pequeña boca sin labios emergió un murmullo inentendible. Esos alienígenas, en su idioma y a su modo, le pedían auxilio, le imploraban ayuda. Tal vez en su desesperación creyeron que esa joven los salvaría, pero no podían saber que no era humana.
La vampiresa se agachó para examinar a los caídos. ¿Tendrían sangre? Sólo había una manera de saberlo. Introdujo la mano diestra en su sostén, y sacó la pequeña y filosa daga escondida en esa prenda íntima. Un par de decididos tajos rasgaron la frágil piel de los seres grises, y sajaron la carne.
De las heridas no salió el anhelado líquido rojo, sino una sustancia viscosa. Tras un espasmo, seguido de un quejido desgarrador, aquellos negros ojos sin párpados se tornaron blancos. Estaban muertos. Lo malo del caso era que no tenían sangre. Esa sustancia que escurría de esos cadáveres no servía para nada, se dijo la vampiresa, con una mueca de asco y desprecio.
Iba a alejarse cuando escuchó ruidos procedentes del platillo volante. Un golpe seguido de otro y luego varios más, hasta que una de las escotillas se desprendió. A través del hueco producido dos ojos escrutaron a la mujer, que aún empuñaba la daga, y de cuyo fijo goteaba el líquido manado de sus víctimas. Aquella cosa saltó desde la nave. Era una especie de reptil gigante, de escamas verdosas. Reptó acercándose, y dirigió la mirada a los alienígenas asesinados. Una lágrima se escurrió de sus ojos rasgados y un chillido de angustia brotó de sus fauces, que comenzó a abrir, dejando a la vista dos hileras de colmillos.
Entonces, una rara sensación invadió a la vampiresa; una emoción olvidada, un borroso recuerdo de su pasado humano: el miedo. Intentó huir, corrió atravesando la maleza. Ya no le importaba el alimento, debía llegar al cementerio y ponerse a salvo en la cripta. La bestia se movía con lentitud, lograría escapar. Pero sus pies se enredaron en su largo faldón, trastabilló y rodó por el suelo.
Cuando intentó erguirse, el monstruo le había dado alcance. Abrió sus horribles fauces y la cabeza femenina quedó atrapada dentro. Los colmillos se cerraron cercenando el cuello. El cuerpo mutilado se derrumbó hacía atrás, lanzando un chorro de sangre.
La mascota alienígena escupió la testa decapitada, no había podido tragarla. Pero tenía hambre, y sed de venganza. Con parsimonia, comenzó a devorar el resto del cadáver.
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