Hallazgo bajo el puente
El disfraz del jefe supremo era macabro. En especial su máscara en forma de calavera siniestra, con una abertura para respirar y dos huecos bajo los cuales asomaban sus malignas pupilas oscuras. Una sombría cogulla cubriendo su cabeza enmarcaba esas facciones monstruosas, cumpliendo a cabalidad con el objetivo de aterrorizar.
Incluso sus seguidores, que le conocían en persona, cambiaban de súbito su expresión cuando él aparecía enfundado en su atuendo ritual. Y si los suyos le temían, cuán enorme no sería el horror y los escalofríos que causaba a las víctimas.
Gozaba provocando miedo.
Esa noche de plenilunio todo le había salido a pedir de boca. La presa inerme sobre el altar (aquella joven pordiosera a la que habían atraído mediante engaños) de tan drogada que estaba casi no sufrió cuando el puñal segó su garganta.
Aquel rito fue perfecto, consumado en medio de llameantes antorchas, presidido por la estatua del macho cabrío y la gran cruz invertida.
Tras la invocación al amado satán, los acólitos cargaron el organismo sin vida hasta el taller anexo, en el cual ejecutarían la próxima etapa de la ceremonia. Luego abandonarían en un espacio público los trozados restos, para que toda Inglaterra temblase al conocer el resultado de la obra demoníaca.
El líder se fue cambiando de indumentaria dentro de su carruaje mientras el chofer lo dirigía hacia el muelle, donde estaba anclada su embarcación a vapor. Ya era tiempo de quitarse esas burdas ropas de obrero. Le resultaba un fastidio vestirse con ellas, pero habían sido necesarias.
En los míseros distritos del este de Londres siempre lo eran para mimetizarse. Un caballero que se exhibiera abiertamente como tal por aquellos villorrios hubiese quedado demasiado expuesto.
Por lo demás, todo había salido conforme a lo planeado, sin sobresaltos.
El dato de que, durante aquel horario, ese desolado baldío carecía de custodia, era cierto. Solo un rato atrás, al socaire de las sombras, sus esbirros habían tirado el torso de la mujer ofrendada.
Él se limitó a suministrar cobertura a los otros dos. A los que transportaron el bolsón que contenía la sórdida entrega. Se había apostado en una esquina, silbato en mano, por si se aproximaba algún testigo. A escasa distancia estaba el coche, presto para emprender la fuga. Pero nadie los importunó.
La gestión se concretó sin tropiezos.
Los adeptos se escabulleron cruzando el puente y, segundos después, él ya ascendía al vehículo tirado por caballos que ahora lo dirigía rumbo al río Támesis. No tenía por qué arriesgarse en demasía. Los depósitos de trozos humanos podían realizarlos sus cómplices.
Su especialidad consistía en infligir la rajadura ritual en los cuellos, y aserrar los cuerpos. Aunque en ocasiones lo aburría el trabajo de desmembrar, y entonces cedía serruchos, cuchillas y sierras a sus subalternos. Sin embargo, la técnica de los cortes para amputar los miembros, hasta dejar limpio el torso del cadáver, le incumbía en exclusiva; constituía su firma. No fueron en balde los años de destazar venados, al término de las cacerías en que asistía a su difunto padre.
Se habían dispuesto esos restos bajo el arco del puente; tan ostensibles que no cabía dudar que ya al amanecer de ese 10 de septiembre de 1889 los irían a descubrir.
¿Cómo denominarían los periódicos británicos a este flamante hallazgo? se preguntó.
Tal vez lo tildarían «El misterioso caso del Torso de la calle Pinchin», en atención al nombre del paradero donde se plantó aquel despojo; y también sería posible que los titulares simplemente dijeran: «Hallazgo bajo el puente» Cuenta una leyenda que en los días siguientes a ser cometido este crimen, durante las noche de luna llena, los lugareños se topaban con esa aparición. Veían a la chica vestida de blanco sentada a un costado del puente. Siempre parecía sumida en tristes pensamientos, con el mentón apoyado entre sus manos tratando de recordar, como si quisiera reencontrarse con su cuerpo allí perdido.
Otro rumor aseguraba que su asesino, el perverso jefe satánico, murió aquella misma noche. Cuando subió a su barco fue sorprendido. Le cortaron el cuello, y su cadáver arrojado a las frías aguas del río jamás fue identificado.
*Texto de Gabriel Antonio Pombo.


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