Enfrentamiento mortal

Entre 1873 y 1889 un misterioso asesino sembró el terror en la Inglaterra victoriana. Los fragmentos de sus víctimas aparecían flotando en el río Támesis, lo cual le valió en la historia criminal el mote de "Descuartizador del Támesis". El responsable de tal matanza, el aristócrata Sir Gerard, lideraba una secta satánica que sacrificaba mujeres, y desde su barco arrojaba a las aguas los cuerpos. El 10 de septiembre de 1889 sería hallado el último de esos restos humanos en un baldío bajo un arco ferroviario del distrito londinense de Whitechapel. La noche anterior él, junto a sus secuaces, fue a plantar en aquel lugar el torso de la occisa inmolada a Satán. Ahora se dirigía hacia donde estaba su buque, y luego de abordarlo lanzaría los otros restos, que dos de sus acólitos disfrazados con ropas demoníacas ya habían llevado a ese navío custodiado por su hijo James. Pero James había sido sorprendido y reducido tras una lucha con los dos disfrazados quienes en realidad no pertenecían a la secta, sino que eran la pareja de detectives formada por Arthur Legrand y Bárbara Doyle, que llevaban años investigando aquellos crímenes y persiguiendo a los culpables. En el trayecto hasta su embarcación, el jefe de los asesinos satánicos miró hacia el piso al costado de su asiento, mientras el carruaje traqueteaba. Dentro de la espaciosa valija guardaba los miembros no desechados en aquel baldío. Piernas, brazos y cabeza. Habría que deshacerse de ellos a partir de esa noche. Debían botar esos pedazos humanos desde la borda. A todo esto, el viaje llegaba a su término. Estaba arribando a su destino. El cochero cómplice jaló de las bridas frenando el carro. Los equinos relincharon. Desde su habitáculo, el pasajero descorrió la cortina de la ventanilla para contemplar el exterior. Como telón de fondo, en medio de la penumbra, se distinguía la construcción en ciernes del Puente de la Torre de Londres. Más cerca, en un recodo del puerto, yacía amarrado ese solitario navío. Oteó con su catalejo hacia el casco, cuya vaga silueta se insinuaba entre el ramaje de la ribera. Dirigió luego su visión a la quilla y los vislumbró moviéndose allá arriba. Su hijo y el maquinista. ¿Por qué aún llevaban puestos aún los trajes rituales, esos dos torpes? Se ufanaban vistiéndolos aun cuando no debían hacerlo. Al principio el atuendo ceremonial exclusivamente lo lucía él, en su calidad de jefe supremo. A veces se lamentaba de haber autorizado que los compinches principales también empezaran a portar aquel ropaje. El morro en forma de ave carroñera, que la mascarilla aparentaba, producía horror en las víctimas a sacrificar. Cuando comprendió que el pavor se les tornaba más intenso si se veían rodeadas por varios «monstruos» así disfrazados, permitió a otros lacayos ceñirse su mismo ornamento. Pero esa licencia no quitaba que se adoptasen las pertinentes precauciones. Por ejemplo, el uso de la contraseña a fin de ingresar al recinto del sacrificio o ascender al buque. Y también la destrucción total, o el incendio, de la edificación de madera, una vez ejecutada la impía labor. Debía abordar su barco. Previo a abandonar el transporte, se quitó los zapatos de cabritilla -único lujo que esa vez se permitiese- y los reemplazó por botas de caucho. Se le mojarían los pies y se le ensuciarían con el lodo antes de poder penetrar en la macabra embarcación. Colgó alrededor de su cuello el farol de ojo de buey para iluminar en la oscuridad y acomodó la daga dentro de su chaqueta. Con su mano diestra prensó el asa de la gran valija que contenía los trozos de cadáver a esparcir por las márgenes del río y acarreó aquel voluminoso fardo. Se apeó del coche y despidió al chofer. Debía transitar esa distancia atravesando el follaje hasta alcanzar la orilla y abordar su nave. La escalerilla estaba dispuesta y por ella trepó. Escaló a la cubierta, dejó la maleta y volvió a encender la lámpara que había apagado, por cautela, al ingresar. Recorrió el interior y no tardó en percibir los dos disfraces tendidos sobre el maderamen. Algo andaba mal. Unos metros más adelante, la escotilla abierta de la sala de máquinas. Su instinto le avisó que no debía llamar a su hijo en voz alta. Antes tenía que indagar por sí mismo qué diantres pasaba allí. Palpó el arma blanca oculta entre sus ropas. También recogió una barra metálica que halló a su paso y la blandió con su mano hábil. A pesar de su corpulencia descendió con sigilo, pisando muy suave los peldaños, cuidando de no hacer ruido. Una gran cerrazón opacaba aquel ambiente. Enfocó la tenue luz del farol hacia el extremo donde se instalaban las tuberías. Había oído un rumor provenir desde ese sector. Allí estaba un hombre agachado, de espaldas a él. Movía enérgicamente sus manos; ataba a las cañerías, valiéndose de una cuerda, las muñecas de otro sujeto. Aquel se hallaba exánime. Ahora su agresor le liaba ese bramante por los antebrazos contra la nuca. Se acercó conteniendo la respiración. En puntillas su enorme cuerpo. Al final, comprendió quién era el desmayado: su hijo. El intruso debía ser un atracador, que tuvo el tupé de colarse dentro del barco para robar y el idiota se dejó sorprender. Sir Gerard se abalanzó contra el invasor, que se había incorporado y dado vuelta hacia él, percatándose por fin de su presencia. ¡James en peligro, maniatado por ese puerco! Temblaba de rabia y odio. Atacó atizando con la barra de hierro. Su oponente, el detective Arthur Legrand, esquivó el primer envite, que resonó estrellándose contra la tubería. Eludió también un segundo aporreo, denotando una agilidad poco común. Pero no pudo evitar recibir el tercer lance, que le golpeó de lleno en su cabeza. Cayó atontado. El impacto sufrido había sido brutal. Su visión nublada. Su conciencia que se extraviaba entre un remolino de dolor. En un gesto automático quiso dirigir las palmas hacia su faz para protegerse. Fue inútil. Los músculos de sus brazos no le respondían. Se esforzó por levantarse. Logró erguirse a medias, pero carecía de equilibro. Al instante, volvió a caer cual si fuese un peso muerto. Con parsimonia, regodeándose en su triunfo, el jefe satánico hurgó dentro de su chaqueta. Extrajo de un bolsillo la daga ceremonial. Se dirigió hacia su adversario tumbado empuñando el arma, cuyo filo aún guardaba rastros secos de fluido hemático. Legrand lo vio venir, pero su voluntad le fallaba. Su cuerpo permanecía inmóvil, a merced de su ofensor. Un solo tajo y todo termina, se dijo aquel. Esta vez una víctima masculina para ofrendarle al Gran Satán. Inerte desde el suelo, Arthur lo desafió sosteniéndole la mirada. Pero no podía hacer más que ello; estaba indefenso. Sus brazos y sus piernas continuaban negándose a obedecerle. Su atacante se arrodilló a su costado y alzó el brazo armado hacia el cuello inerme para cercenar la vena yugular, como era su costumbre. El Descuartizador del Támesis se aprestaba a inferir a su nueva presa el golpe de gracia. Sin embargo, no fue el miedo lo que hizo que Arthur cerrara los ojos. Ya había enfrentado a la parca en el campo de batalla en sus tiempos de soldado. Y en estos desesperados instantes también la había aceptado ahora. Moriría peleando. No fue el terror, fue la sangre. El borboteo denso del líquido rojo salpicando su cara, tiñendo su barba rala y entrecana. Tenía que ser su sangre fluyendo desde su garganta mutilada. ¿Por qué no sentía dolor entonces? Abrió los párpados. Desde abajo vio ese rostro malvado gravitándole encima. Pero aquellos rasgos estaban congelados, sin vida. Dos ojos muertos en una cara estupefacta, de mirar perdido. El grueso cuello rajado a un par de centímetros por debajo de la mandíbula cuadrada. El cuchillo de acero toledano, que se curvaba a mitad de su afilada hoja, saliendo de la espantosa herida causada en aquel pescuezo de toro. El corpachón del asesino, ahora asesinado, derrumbándose como plomo a su vera. Atrás de aquel, en cuclillas, la figura humana cuyos engarfiados dedos retenían el arma. Una mano muy blanca y delicada. La mujer que lo había salvado. Bárbara. Ella sí había percibido el sonido de las pisadas descender desde la escalera y se agazapó entre las sombras sin ser vista, aguardando su oportunidad. La muchacha ayudó a ponerse en pie a su conmocionado amante. Y, para sorpresa de este, tomó en forma decidida el mando. –¡Ven! Debemos subir, vestirnos de nuevo con los disfraces y poner en marcha la nave – le ordenó. * Texto de Gabriel Antonio Pombo.

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